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Unas breves palabras sobre el ecumenismo
Unas breves palabras sobre el ecumenismo

Foto de Mick Haupt en Pexels

Apologética y cosmovisión

Unas breves palabras sobre el ecumenismo

Miguel Núñez 20 marzo, 2013

La palabra ecumenismo deriva del griego oikoumene, que significa «lugar habitado por la humanidad». En el Imperio romano, el término designaba la totalidad de las tierras conquistadas. Dentro del ámbito cristiano, pasó a referirse a un movimiento que busca unificar las distintas denominaciones, y en sus expresiones más liberales, incluso reunir diversas religiones bajo una misma sombrilla. A primera vista, el ecumenismo parecería ofrecer ventajas evidentes. Sin embargo, sus consecuencias son tan devastadoras que cualquier beneficio aparente se desvanece con rapidez.

El problema de fondo es que las iglesias interesadas en construir este tipo de movimiento han intentado enfatizar la unión basada en el amor de Cristo, pero a expensas de la verdad. Diferentes denominaciones, apelando exclusivamente al mandato de amarnos unos a otros y dejando de lado verdades cardinales de la fe, han procurado formar alianzas estratégicas entre personas que en ocasiones difieren de manera sustancial en lo que creen. Algunas iglesias que se han desviado de forma significativa de la verdad han pretendido unirse con otras de corte ortodoxo bajo ese mismo paraguas, lo cual representa una imposibilidad real.

La unidad que Cristo pidió no sacrifica la verdad

Cristo oró, horas antes de su crucifixión: «para que todos sean uno, como Tú, oh Padre, estás en Mí y Yo en Ti» (Jn. 17:21). Sin embargo, esa misma oración contiene una petición inseparable: «Santifícalos en la verdad; Tu palabra es verdad» (Jn. 17:17). Es decir, la unidad que Jesús pidió no puede entenderse al margen de la verdad que Él mismo es y proclama. Cualquier interpretación que divorcie ambas peticiones distorsiona el sentido de la oración.

El apóstol Pablo fue igualmente categórico. En su carta a los Gálatas advirtió con severidad:

«Me maravillo de que tan pronto hayan abandonado al que los llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente; que en realidad no es otro evangelio, sino que hay algunos que los perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, les anunciara un evangelio contrario al que les hemos anunciado, sea anatema» (Gál. 1:6-8).

El movimiento ecuménico ha avanzado sobre la base de un liberalismo teológico que acepta como cristiano a cualquiera que así se proclame, sin que la Palabra juzgue sus convicciones ni su práctica. Es cierto que los creyentes no están llamados a vivir juzgando a los demás; pero es la Escritura la que juzga nuestras acciones y creencias. Y cuando la Palabra de Dios descalifica a un grupo por haber abandonado la verdad del evangelio, no es posible estrechar lazos fraternales con quienes dicen ser discípulos de Cristo sin abrazar Su verdad.

Comunión genuina y verdades innegociables

Vale la pena hacer una distinción necesaria. Es completamente normal que dos iglesias no coincidan en cada punto de su teología. Diferencias en aspectos secundarios no impiden la comunión, la hermandad, el trabajo conjunto ni el amor mutuo. Iniciativas como The Gospel Coalition y Coalición por el Evangelio son evidencia viva de que la colaboración entre iglesias de distintas tradiciones es posible y fructífera, siempre que las verdades fundamentales del evangelio permanezcan intactas.

Lo que sí resulta inaceptable es negociar las verdades que constituyen la columna vertebral de la fe cristiana. Las Cinco Solas de la Reforma —Sola Scriptura, Sola Gratia, Sola Fide, Solus Christus y Soli Deo Gloria— con todas sus implicaciones, son innegociables. Lo mismo puede decirse de la encarnación de Cristo, su vida sin pecado, su muerte sustitutiva y su resurrección corporal. En cambio, diferencias sobre aspectos escatológicos de segundo orden —como las posiciones premilenialista, amilenialista y posmilenialista— no tienen por qué mantenernos separados. La distinción entre verdades de primer y segundo orden es clave para una eclesiología sana.

Negociar las verdades fundamentales implicaría la destrucción del movimiento cristiano, y de ahí nuestra resistencia a formar parte de un movimiento ecuménico como muchos otros lo han hecho.

Una unidad verdadera que la verdad misma sostiene

Cuando una iglesia que se llama cristiana negocia las verdades fundamentales del evangelio, el único camino honesto es separarse de esa asociación y pedir a Dios que restaure la verdad en su seno. No se trata de desprecio ni de sectarismo; se trata de fidelidad. La unidad cristiana genuina no se construye cediendo terreno doctrinal, sino edificando sobre el fundamento común que Cristo mismo es: la verdad encarnada. Una unidad que prescinde de ese fundamento no es unidad cristiana; es, en el mejor de los casos, una alianza humana que lleva el nombre de Cristo sin sustentarse en Él.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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