IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
A lo largo de las Escrituras, el caminar del creyente se describe mediante imágenes poderosas y variadas. En Romanos 6, el cristiano es presentado como esclavo de Dios, sujeto a su Señor con absoluta dependencia. En Romanos 7, la vida de fe se compara con el matrimonio: una unión con Cristo que demanda sujeción y fidelidad. En 2 Timoteo 2:3-4, Pablo habla de guerra: «Sufre penalidades conmigo, como buen soldado de Cristo Jesús. Ningún soldado en servicio activo se enreda en los negocios de la vida diaria, a fin de poder agradar al que lo reclutó como soldado». Y al final de su vida, el mismo apóstol ofrece lo que bien podría ser su epitafio: «He peleado la buena batalla» (2 Tim. 4:7).
Cada una de estas metáforas ilumina una faceta distinta del discipulado. Sin embargo, hay una imagen que captura de manera especialmente vívida la totalidad del camino cristiano: la de una carrera. No una carrera corta de cien metros que se resuelve en segundos, sino un maratón —una prueba larga, exigente y extendida a lo largo de toda la vida.
Quien ha tenido la oportunidad de observar de cerca a corredores de fondo sabe que lo que hacen no es producto del impulso del momento. El maratonista entrena bajo lluvia, con calor y con frío. Aprende a moverse en terrenos resbaladizos, rocosos y empinados. Ajusta su alimentación, reorganiza su tiempo e invierte recursos sostenidos durante meses. La agilidad que exhibe el día de la carrera no llegó de la noche a la mañana: es el resultado acumulado de disciplina, esfuerzo y muchas horas de preparación silenciosa.
Lo que resulta notable no es solo el sacrificio, sino la actitud con la que se asume. Quienes aman correr lo hacen con genuino gozo, porque el sabor de la victoria —llegar a la meta— borra el recuerdo del esfuerzo que costó alcanzarla. No corren por obligación; corren porque aman la carrera y disfrutan ganar.
Esta imagen habla directamente a la experiencia cristiana. El creyente no está inscrito en una prueba que termina pronto. Está en un maratón que abarca toda su existencia, con tramos fáciles y tramos agotadores, con días de avance y días en que las piernas apenas responden. La pregunta relevante no es si uno está en la carrera —todo cristiano lo está—, sino si está corriendo como fue llamado a correrlo.
El pasaje que mejor sintetiza este desafío es Hebreos 12:1-3, donde el escritor exhorta:
«Por tanto, también nosotros, que tenemos tan grande nube de testigos que nos rodea, despojémonos de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. Consideren, pues, a Aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no se cansen ni se desanimen en su corazón» (Heb. 12:1-3).
En este texto convergen dos grandes énfasis que merecen una reflexión cuidadosa. El primero es el llamado a correr: la exhortación a quitarse todo impedimento —en especial el pecado— y mantenerse en movimiento con perseverancia. El segundo es la instrucción sobre cómo correr: con los ojos fijos en Jesús, quien ya recorrió el camino más difícil y se sienta hoy como evidencia de que la carrera tiene meta y la meta tiene gloria.
No es menor el detalle de que el escritor mencione a «una enorme multitud de testigos» antes de dar la instrucción. Los que corrieron antes —los hombres y mujeres de fe del capítulo anterior— no son espectadores indiferentes; son prueba viva de que la carrera es posible y de que Dios es fiel a lo largo de ella.
Cuando llegan a la meta, dicen que el sabor de la victoria hace olvidar el mal sabor que conlleva la tarea.
La vida cristiana no promete facilidad, pero sí promete compañía, propósito y una meta que no defrauda. Hebreos 12 nos invita a evaluar con honestidad si estamos corriendo la carrera con el peso adecuado, con la mirada en el lugar correcto y con la perseverancia que el camino exige. En los próximos artículos de esta serie exploraremos en detalle los dos grandes llamados de este pasaje: el llamado a correr y la instrucción sobre cómo hacerlo bien. Por ahora, la pregunta inicial es suficientemente seria: ¿estás corriendo tu carrera como fuiste llamado a correrla?
Chárbela Salcedo es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo, donde forma parte del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con el pastor Héctor Salcedo y juntos tienen dos hijos, Elías y Daniel. Sirve junto a su esposo en el ministerio de jóvenes adultos solteros MAQUI. Posee una maestría en Formación Espiritual y Discipulado del Moody Theological Seminary de Chicago.
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