Integridad y Sabiduria
Descansando en Su fidelidad para los frutos en la crianza
Descansando en Su fidelidad para los frutos en la crianza
Familia y relaciones

Descansando en Su fidelidad para los frutos en la crianza

Charbela Salcedo 18 mayo, 2021

Dos más dos son cuatro. Una verdad ineludible en matemáticas, pero no en la crianza de los hijos. Esta es una realidad que inquieta a todo padre y madre: el esfuerzo invertido y las enseñanzas transmitidas no garantizan al cien por ciento que los hijos las hayan absorbido ni que estén dispuestos a aplicarlas.

La Biblia nos ofrece un ejemplo que ilustra esto con honestidad y profundidad. Se encuentra en Jueces 13, donde se relata cómo a una mujer estéril se le concedió el regalo de la maternidad. Las Escrituras no registran su nombre, pero sí el de su esposo: Manoa. Y lo que el texto revela de este hombre merece toda nuestra atención.

El ejemplo de Manoa: un padre diligente y enfocado

Al recibir la noticia del embarazo, la primera reacción de Manoa no fue la celebración, sino la oración. No pidió salud para la madre ni larga vida para él mismo; oró para que el Señor enviara nuevamente al ángel que les había dado la noticia, a fin de recibir instrucción sobre cómo debían criar al niño (Jue. 13:8). El Señor lo complació, y Manoa aprovechó la segunda visita para preguntar sobre la vocación de su hijo. Por su insistencia y sus palabras, resulta evidente que este hombre era consciente de que su tarea era formar a un hijo útil para los propósitos de Dios.

Ese mismo anhelo late en el corazón de muchos padres hoy. Deseamos criar a nuestros hijos de tal manera que sean útiles para su Creador, y sabemos que eso implicará tiempo, esfuerzo desmedido, paciencia y constancia. Como nos encomienda Deuteronomio 6:7, la instrucción del Señor debe ser transmitida en todo tiempo y de manera continua. Sin embargo, una pregunta a veces nos asalta: ¿Todo este esfuerzo dará resultado? ¿Al final del camino veré los frutos?

Proverbios 22:6 nos dice: «Instruye al niño en el camino que debe andar, y aunque sea viejo, no se apartará de él». Pero es importante recordar que el libro de Proverbios no es un libro de doctrina ni de promesas absolutas, sino de sabiduría. Lo que este versículo enseña es que instruir a los hijos en el camino correcto es una conducta sabia que, con alta probabilidad, producirá buenos frutos. No es una garantía matemática.

Sansón: el hijo de padres fieles que tomó su propio camino

El hijo de Manoa es, precisamente, el ejemplo más ilustrativo de esta tensión. Su nombre era Sansón, y aunque fue uno de los jueces de Israel y la mano de Dios estuvo con él, su historia personal no reflejó la crianza que con toda certeza sus padres se esforzaron en darle. Sus debilidades carnales, su conducta y su rebeldía lo convirtieron en un personaje que difícilmente inspira a un padre a decir: «Quiero que mi hijo sea como él».

Ninguno de nosotros queremos eso. Y, sin embargo, puede suceder. Podemos ser como Manoa —diligentes, enfocados, fervientes en oración por nuestros hijos— y aun así, que ellos, en el uso de su voluntad, tomen un camino distinto.

Esto no significa que el esfuerzo de los padres sea en vano. Significa que hay un límite claro en lo que corresponde a los padres y lo que solo le corresponde a Dios. Nosotros hacemos lo ordinario: instruimos, educamos, persuadimos hacia el bien. Pero lo extraordinario —la conversión del alma, que es lo único que produce verdadera piedad— solo Dios puede concederlo.

Nosotros como padres hacemos lo ordinario: instruimos, educamos, persuadimos para el bien, pero al final, es a Dios a quien le toca hacer lo extraordinario: la conversión del alma.

Como lo afirma con claridad la Palabra: «Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Rom. 9:16). Sin ese ingrediente en la vida de nuestros hijos, podrán llegar a ser medianamente funcionales, pero la piedad genuina solo Dios la concede.

Descansar en Dios es también parte de la crianza

Dado que la conversión depende de Dios, padres y madres estamos llamados a descansar en Su fidelidad, incluso cuando los frutos no son visibles. Por eso, cuando veamos a un niño con mala conducta, resistamos la tentación de juzgar rápidamente a sus padres. En cada niño hay una naturaleza pecadora heredada que se manifiesta cada vez que la carne lo requiere, independientemente del hogar en que haya crecido.

Lo que nos corresponde es orar por la conversión del alma de nuestros hijos, porque esa es la única garantía de que el pecador se aparte del mal. Y no desmayar. Seguir instruyendo en todo tiempo, porque Dios puede concedernos lo que le concedió a Eunice, madre de Timoteo: un hijo lleno de fe, porque ella le dio a conocer a su Dios (2 Tim. 1:5).

Criemos con fidelidad. Oremos con persistencia. Y en cuanto al resultado final, descansemos en Dios: en Su bondad, en Su justicia y en Su misericordia.

Charbela Salcedo

Charbela Salcedo

Chárbela Salcedo es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo, donde forma parte del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con el pastor Héctor Salcedo y juntos tienen dos hijos, Elías y Daniel. Sirve junto a su esposo en el ministerio de jóvenes adultos solteros MAQUI. Posee una maestría en Formación Espiritual y Discipulado del Moody Theological Seminary de Chicago.

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