IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de KATRIN BOLOVTSOVA en Pexels
Charbela Salcedo • 14 junio, 2021
Dios habla, y no hay duda de eso. A quienes niegan su existencia, les habla a través de lo creado: «Los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de Sus manos» (Sal. 19:1). A sus hijos —a quienes hemos aceptado a Jesús como Señor y Salvador— también nos habla, y lo hace de manera específica: a través de su Palabra. De ella dice el Salmista que es perfecta y restaura el alma, que es segura y nos hace sabios, que alumbra los ojos y nos da amonestación (Sal. 19:7-11).
Sin embargo, todos llegamos a momentos en los que necesitamos dirección concreta. Situaciones donde ambas opciones parecen piadosas y ninguna contradice la Escritura. En esos momentos, el corazón humano tiende a buscar señales visibles o manifestaciones sobrenaturales. Algo similar vivió el profeta Elías. Quería oír la voz de Dios sobre lo que estaba atravesando, y Dios le dio una lección que cambiaría su manera de escuchar para siempre.
Elías esperaba encontrar la voz de Dios en las formas portentosas con las que el Señor solía comunicarse: el viento poderoso, el terremoto, el fuego. Pero Dios no estaba en ninguna de ellas. Fue en «el susurro de una brisa apacible» donde Elías escuchó su voz, y fue entonces cuando se cubrió el rostro con su manto y salió a la entrada de la cueva (1 R. 19:12-13). Lo que le permitió oír fue su actitud de atención: Elías estaba dispuesto a escuchar en cualquier forma que Dios eligiera hablar.
Esta historia plantea una pregunta urgente y práctica: ¿cómo aprendemos hoy a escuchar ese susurro en nuestras propias vidas? El texto bíblico sugiere cuatro principios que merecen reflexión detenida.
El primero es el más fundamental: Dios nos habla a través de la Biblia. Jesús mismo, al ser tentado en el desierto, declaró: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt. 4:4; cf. Dt. 8:3). El consumo constante de las Escrituras es lo que nos permite conocer la voluntad y el corazón de Dios. Sin esta base, cualquier otra forma de «escuchar» queda sin ancla.
El segundo principio es igualmente decisivo: el Espíritu Santo mora en todo creyente (Ro. 8:16; 1 Co. 6:19). Él es nuestro ayudador, quien nos recuerda todo lo que Cristo ha dicho (Jn. 14:26), quien nos guía por el camino correcto (Ro. 8:14) cuando nos dejamos llenar por Él (Ef. 5:18). La presencia del Espíritu no es un privilegio reservado para unos pocos; es la herencia de todo aquel en quien Cristo habita.
El tercer principio toca algo más profundo: el conocimiento íntimo de Dios es lo que permite discernir su voz. Hay una imagen sencilla que lo ilustra bien. Si alguien pregunta qué quiere beber mi esposo, yo lo sé sin necesidad de preguntarle: coca cola Zero, fría y con hielo. Lo conozco porque he pasado tiempo con él, y ese conocimiento se ha perfeccionado con los años. Con Dios ocurre lo mismo. Para discernir su voluntad en situaciones específicas, no basta con leer su Palabra; hace falta conocerlo más íntimamente, en oración y en obediencia al Espíritu. El conocimiento que nace del trato frecuente es el que afina el oído espiritual.
El cuarto principio actúa como salvaguarda: la voz de Dios nunca contradice su Palabra escrita. El Espíritu Santo jamás guiará a un creyente a quebrantar ningún mandamiento bíblico. Si una impresión o convicción apunta en esa dirección, puede descartarse con seguridad: esa no es la voz de Dios.
Para conocer su voluntad y oír su voz en algo específico en mi vida, yo necesito no solo leer su Palabra, sino también conocerlo más íntimamente, en oración y en obediencia al accionar del Espíritu en mi vida.
Hay algo más que debe decirse, sin embargo. Estos principios se vuelven especialmente urgentes en los desiertos espirituales, esos períodos de oscuridad prolongada donde la voz de Dios parece ausente y la soledad se agrava con el silencio. En esos momentos, el orgullo es herido, la incomodidad nos obliga a adaptarnos, y la tentación de creer que hemos sido abandonados se vuelve intensa. Pero la promesa es firme: Dios no nos dejará ni nos desamparará (He. 13:5). Y su propósito en el desierto no es el abandono, sino la formación: moldear el carácter, acercarnos a Él, prepararnos para lo que ha planificado hacer en nosotros y a través de nosotros. Pues «para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito» (Ro. 8:28).
El ejemplo de Moisés lo confirma con fuerza. A sus cuarenta años, huyó como homicida, dejó atrás su posición privilegiada como nieto del Faraón y se refugió en el desierto de Madián, donde vivió cuatro décadas de oscuridad, soledad y anonimato, ejerciendo un oficio considerado inmundo para su cultura: pastor de ovejas. Cuarenta años sin oír la voz de Dios. Pero ese silencio no era abandono; era preparación. Cuando llegó el momento, el Señor se le apareció en la zarza ardiente y lo envió de regreso a Egipto con una misión que solo un hombre formado en el desierto podía cumplir (Éx. 2:11-25; 3:1-10).
Jesucristo «es el mismo ayer y hoy y por los siglos» (He. 13:8). El Dios que habló en el susurro a Elías, el Dios que formó a Moisés en el desierto, es el mismo que habla hoy. Que el Señor nos conceda oídos para escucharlo con claridad, y que su nombre sea glorificado en cada etapa del camino.
Chárbela Salcedo es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo, donde forma parte del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con el pastor Héctor Salcedo y juntos tienen dos hijos, Elías y Daniel. Sirve junto a su esposo en el ministerio de jóvenes adultos solteros MAQUI. Posee una maestría en Formación Espiritual y Discipulado del Moody Theological Seminary de Chicago.
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