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El realmente soberano
El realmente soberano

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Teología y doctrina

El realmente soberano

Charbela Salcedo 15 marzo, 2022

La palabra soberanía se escucha con frecuencia en el lenguaje político. Los gobernantes la invocan para declarar que su nación posee autoridad suprema e independencia frente a las presiones externas. Sin embargo, basta observar con atención para notar que esa soberanía es frágil: tarde o temprano los intereses humanos ceden ante la presión, la ambición o el miedo. La soberanía de los hombres y las naciones es, en el fondo, una soberanía prestada.

Pero existe un Soberano cuya autoridad no depende de circunstancias, votos ni negociaciones. Su nombre es Dios, y su reinado no tiene límites ni excepciones. Quien ha recibido su gracia puede, con profunda gratitud, llamarlo Padre. Y quien lo conoce a través de su Palabra tiene razones más que suficientes para descansar en Él, incluso cuando el mundo parece desmoronarse.

Lo que implica la soberanía de Dios

C. Stephen Evans define la soberanía divina como «una característica del Creador Todopoderoso y Omnisciente, que gobierna el universo para sus propios fines». Esta definición, aunque concisa, encierra una realidad que la Escritura despliega en toda su magnitud.

En primer lugar, la soberanía de Dios implica que Él es dueño de todo. No existe rincón del universo que escape a su dominio: la tierra, los cielos, la plata, el oro y, sobre todo, sus hijos. Como lo declara Moisés: «He aquí, al Señor tu Dios pertenecen los cielos y los cielos de los cielos, la tierra y todo lo que en ella hay» (Dt. 10:14). Todo es de Él, por Él y para Él.

En segundo lugar, su soberanía implica autoridad absoluta. Evans lo expresa con precisión: Dios tiene el derecho absoluto de imponer su voluntad a todas sus criaturas, aunque sus órdenes nunca son arbitrarias, pues siempre expresan su carácter de justicia y amor santo. Su autoridad no está sujeta a debate ni negociación. El salmista lo afirma sin rodeos: «Todo cuanto el Señor quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos» (Sal. 135:6); y también: «Nuestro Dios está en los cielos; Él hace lo que le place» (Sal. 115:3).

En tercer lugar, la soberanía de Dios significa que Él tiene el control. Vivimos en un mundo caído, marcado por el dolor, la injusticia y el desorden. Sin embargo, nada desconcierta a Dios ni frustra sus planes. Al término de su largo diálogo con el Señor, Job llegó a esta conclusión irrefutable: «Yo sé que Tú puedes hacer todas las cosas, y que ninguno de Tus propósitos puede ser frustrado» (Job 42:2). Martín Manser lo resume con claridad: «Él reina sobre toda la creación, y su voluntad es la causa final de todas las cosas».

La soberanía de Dios en medio de la historia humana

La Biblia no enseña la soberanía de Dios como una doctrina abstracta, sino como una verdad viva que se hace visible en medio de circunstancias concretas, muchas veces adversas. El libro de Ester es uno de los testimonios más elocuentes de esto.

En aquellos días, el pueblo hebreo se encontraba en manos del gobierno persa, amenazado de extinción por el odio de Amán. A simple vista, la situación parecía irreversible. Sin embargo, detrás de cada evento, de cada decisión del rey y de cada acto de valentía de Ester, Dios estaba obrando, orquestando y controlando. Cambió el corazón de un rey (Est. 7:2), llenó de valor a una reina (Est. 7:3–6) y, a pesar de las consecuencias del pecado humano, protegió a su pueblo y puso al enemigo de cabeza (Est. 7:8–10).

Esta misma realidad la vivió José cuando, después de años de sufrimiento injusto, pudo decirles a sus hermanos: «Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente» (Gn. 50:20). Lo que para el hombre parece imposible, Dios lo convierte en el escenario preciso para manifestar su gloria.

Lo que para el hombre parecía imposible, Dios lo hizo posible. El Rey Soberano del universo cambió el corazón de un rey, llenó de valor a una reina y protegió a su pueblo.

Confiar en el Soberano que nadie puede detener

La soberanía de Dios no es una verdad reservada para los tratados teológicos; es el fundamento sobre el cual el creyente puede apoyarse cada día. En medio de la incertidumbre política, del sufrimiento personal o de las circunstancias que parecen estar fuera de control, esta doctrina no es una respuesta fácil, sino una ancla firme.

Por eso, todo aquel que ha puesto su confianza en Cristo puede hacer suyas las palabras del profeta Isaías: «Si el Señor de los ejércitos lo ha determinado, ¿quién puede frustrarlo? Y en cuanto a su mano extendida, ¿quién puede volverla atrás?» (Is. 14:27). Nadie puede. Y esa certeza es suficiente para confiar, descansar y seguir adelante.

Charbela Salcedo

Charbela Salcedo

Chárbela Salcedo es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo, donde forma parte del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con el pastor Héctor Salcedo y juntos tienen dos hijos, Elías y Daniel. Sirve junto a su esposo en el ministerio de jóvenes adultos solteros MAQUI. Posee una maestría en Formación Espiritual y Discipulado del Moody Theological Seminary de Chicago.

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