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La instrucción de como correr
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Vida cristiana

La instrucción de como correr

Charbela Salcedo 3 marzo, 2020

La vida cristiana es una carrera. No un paseo, no una caminata casual, sino una contienda agónica que exige disciplina, perseverancia y mirada puesta en la meta. El autor de Hebreos lo sabe bien, y por eso, antes de darnos instrucciones sobre cómo correr, nos ancla en algo fundamental: no somos los primeros en correr, ni seremos los últimos. Hay un precedente glorioso que nos precede y nos estimula.

En Hebreos 12:1 leemos: «Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante» (Heb. 12:1). Esta instrucción es rica y densa, pero hay un elemento que merece atención especial: ese «por tanto» que conecta todo con lo anterior. Porque antes de que podamos entender quiénes son estos testigos, hay que volver al capítulo que los presenta.

Los testigos del capítulo 11: fe en acción

El «por tanto» de Hebreos 12:1 mira directamente hacia el capítulo 11, ese gran catálogo de hombres y mujeres que vivieron confiando en Dios sin ver cumplidas todas sus promesas. Allí la fe se define así: «es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Heb. 11:1). Y lo que sigue es una galería de vidas que encarnan exactamente eso.

Noé construyó un barco en obediencia a un Dios que le advertía sobre algo que él jamás había experimentado. No conocía el diluvio, no conocía la inundación, pero creyó y obedeció. Abraham dejó su tierra sin saber adónde iba, y más tarde estuvo dispuesto a ofrecer al hijo que tanto había esperado, porque confiaba en que Dios podía cumplir su promesa incluso más allá de la muerte (Heb. 11:17–19). Moisés renunció a los privilegios de la casa del faraón, eligiendo identificarse con el pueblo de Dios antes que disfrutar los placeres pasajeros del pecado (Heb. 11:24–25). Y así continúa la lista: héroes de carne y hueso, pecadores como nosotros, que vivieron sus vidas mirando lo que no podían ver todavía.

Es precisamente ese testimonio acumulado el que constituye la «gran nube de testigos». No se trata de santos en las gradas del cielo observando nuestros movimientos; se trata de vidas registradas cuyo ejemplo habla y estimula. Su fe es el testimonio, y ese testimonio nos rodea cada vez que abrimos las Escrituras.

Una ventaja que no debemos desperdiciar

Hay algo notable en este llamado cuando se considera a quiénes estaba dirigido originalmente: a creyentes judíos que tenían, frente a los héroes del Antiguo Testamento, una ventaja considerable. Ellos contaban con testigos oculares de Jesús, con el testimonio fresco de su muerte y resurrección, con un sacrificio ya consumado y aceptado. Más aún, tenían lo que los santos del Antiguo Testamento no gozaban: la presencia del Espíritu Santo morando en ellos. Y aun así, la tentación de abandonar la carrera era real.

Si eso era así para ellos, cuánto más aplica a nosotros, que tenemos en nuestras manos la historia completa. Tenemos la Biblia entera. Tenemos el registro de cómo Dios actuó fielmente con cada uno de esos héroes, y también tenemos la obra terminada de Cristo como el fundamento más sólido posible para seguir corriendo.

El argumento del autor de Hebreos es poderoso en su sencillez: si ellos pudieron, nosotros también podemos. No hay excusa.

Ciertamente, esta carrera agónica de la fe es posible vivirla porque ya hubo hombres de carne y huesos, pecadores como nosotros, que la vivieron.

El testimonio que estimula nuestra carrera hoy

Lo que hace que esta «nube de testigos» sea tan práctica es que habla directamente a las circunstancias concretas de la vida. En los momentos de incertidumbre, el ejemplo de Abraham —que salió sin saber adónde iba— nos recuerda que Dios es suficiente guía. En los momentos de tentación, la historia de José nos convoca a la fidelidad. En los momentos de enfrentamiento y hostilidad, Elías nos muestra que es posible sostenerse. En el desánimo, Moisés —que también quiso rendirse— nos recuerda que Dios sostiene a los que perseveran. Cuando el enemigo abruma, la historia de Gedeón nos dice que la debilidad no descalifica.

Estos no fueron superhombres ni figuras mitológicas. Fueron personas reales, con dudas reales, con fallos reales, que de todas formas confiaron en un Dios real. Su testimonio sienta un precedente que no podemos ignorar. La carrera es agónica, sí; pero es posible. Y esa posibilidad no descansa en nuestras fuerzas, sino en el mismo Dios que los sostuvo a ellos y que hoy nos sostiene a nosotros.

Corramos, entonces. No solos, no sin precedente. Corramos rodeados de todo ese testimonio fiel que nos dice, con cada página de las Escrituras: se puede.

Charbela Salcedo

Charbela Salcedo

Chárbela Salcedo es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo, donde forma parte del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con el pastor Héctor Salcedo y juntos tienen dos hijos, Elías y Daniel. Sirve junto a su esposo en el ministerio de jóvenes adultos solteros MAQUI. Posee una maestría en Formación Espiritual y Discipulado del Moody Theological Seminary de Chicago.

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