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Las cinco solas para la iglesia de hoy: Sola Fide
Las cinco solas para la iglesia de hoy: Sola Fide

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Teología y doctrina

Las cinco solas para la iglesia de hoy: Sola Fide

Miguel Núñez 27 octubre, 2023

Si le preguntáramos a personas que caminan por las calles de cualquier ciudad latinoamericana si creen que irán al cielo, lo más probable es que respondan algo parecido a esto: «Creo que sí, porque nunca he hecho nada tan malo como para ir al infierno; no he matado a nadie, nunca he robado, nunca le he sido infiel a mi esposa». He escuchado palabras similares en incontables ocasiones. Ese pensamiento refleja una comprensión común: que Dios evalúa la vida humana como muchos profesores califican un examen, considerando el desempeño general del grupo. Sin embargo, esta visión se aleja radicalmente de lo que la Biblia enseña sobre la salvación.

Al igual que la doctrina de Sola Scriptura, el principio de la salvación por fe solamente —Sola Fide— fue el corazón del movimiento de la Reforma protestante. Para Martín Lutero, la justificación por fe era el principio sobre el cual la Iglesia se levanta o se cae. Si esta doctrina se pierde, se pierde todo el resto de la doctrina cristiana. En cierto modo, es la columna vertebral de la fe cristiana. La iglesia de Roma, por su parte, enseña que la salvación se obtiene mediante una sinergia entre la gracia de Dios, la fe del creyente y las obras del hombre —una postura que contradice directamente las enseñanzas de la Palabra de Dios.

El tormento de Lutero y la luz de Romanos 1:17

Martín Lutero vivió durante años atormentado por sus pecados y aterrorizado ante la posibilidad de su condenación. No podía dormir tranquilo pensando en la justicia perfecta de Dios, que de ninguna manera lograba cumplir ni satisfacer. Llevaba una vida monástica considerablemente santa ante los ojos de los hombres, y aun así no encontraba paz para su alma, lo que lo llevaba a confesarse constantemente. Describió ese período como uno de gran desesperación: había perdido el contacto con el Cristo salvador y consolador, quien se había convertido, en su percepción, en un carcelero y torturador de su alma. Llegó a tal punto que cuando alguien le preguntó si amaba a Dios, respondió: «A veces lo odio».

Esta angustia se prolongó hasta que Lutero comprendió una frase que aparece en (Rom. 1:17), citando una verdad que Dios había revelado desde el Antiguo Testamento: «Mas el justo por la fe vivirá». Al entenderla, Lutero pronunció estas palabras:

«Finalmente, meditando día y noche, por la misericordia de Dios… comencé a entender que la justicia de Dios es aquella a través de la cual el justo vive como un regalo de Dios, por fe… con esto me sentí como si hubiese nacido de nuevo por completo, y que hubiese entrado al paraíso mismo a través de las puertas que habían sido abiertas ampliamente».

Lo que abrió esas puertas no fue un esfuerzo moral mayor, sino una comprensión más profunda del evangelio. Y esa comprensión se articula con claridad en el corazón de la epístola a los Romanos.

La justicia de Dios imputada al pecador

La salvación es solo por fe, y quizás la mejor manera de comprender esta verdad es analizando (Rom. 3:20-26). Allí Pablo enseña que «por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él; pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado» (Rom. 3:20). El mejor esfuerzo humano no alcanza a cumplir la ley a cabalidad. Lo único que la ley puede hacer es revelar el carácter de Dios y, al hacerlo, mostrar el pecado humano como el contraste entre lo que Dios es y lo que somos nosotros.

(Rom. 3:23) lo afirma con claridad: «por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios». Incluso los hombres más justos de la historia bíblica —Juan el Bautista, Job, Daniel— no pudieron ganarse la salvación. Si los más justos de la Escritura no podían entrar a la presencia de Dios por sus propios méritos, la pregunta inevitable es: ¿qué se requiere entonces? La respuesta es que se necesita un carácter moral perfecto, lo cual implica haber vivido toda una vida sin cometer un solo pecado. Y eso es, para cualquier ser humano, imposible.

Lo que Lutero finalmente comprendió fue que sí es posible poseer ese carácter moral perfecto, pero no mediante nuestras obras de santificación —ninguna de las cuales es perfecta ante el estándar de Dios—, sino porque esa rectitud moral proviene de Cristo y es otorgada por la fe puesta en Él. Por eso Pablo escribe: «Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada» (Rom. 3:21), y añade que «esta justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo es para todos los que creen» (Rom. 3:22).

El día en que Cristo murió, nuestros pecados le fueron cargados a Su cuenta de manera real; por eso sufrió en la cruz un abandono expresado en Su clamor: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt. 27:46). Y de esa misma manera, el día en que depositamos nuestra fe en Cristo como Señor y Salvador, Su santidad —Su carácter moral perfecto— es cargada a nuestra cuenta. A esto llamamos en teología imputación, del latín imputare: «cargar a la cuenta de otro». Pablo lo resume en (2 Co. 5:21): «Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él». En eso consiste la imputación: nuestros pecados son cargados a Cristo, y Su santidad es cargada al pecador que cree. Por eso Lutero afirmó que el creyente es simul justus et peccator: justo y pecador a la vez.

En la cruz, Cristo fue tratado por el Padre como si hubiera vivido la vida del pecador, para que un día, cuando ese pecador lo recibiera como Señor y Salvador, Dios pudiera tratarlo como si hubiera vivido la vida de Cristo.

La fe que califica al pecador ante Dios

Para ser salvos, necesitamos confianza absoluta —fe— en que la santidad de Cristo imputada a nuestra persona es lo único (Sola Fide) que nos puede calificar para entrar al reino de los cielos. Eso ocurre el día en que nos arrepentimos de todo corazón, pedimos perdón por nuestros pecados con base en el sacrificio de Cristo en la cruz y entregamos nuestra vida a Dios, recibiendo la Suya: la vida eterna que Él nos regala gratuitamente. No hay méritos propios que sumar, ni obras que completar. Solo la fe en Aquel que cumplió perfectamente lo que nosotros nunca pudríamos cumplir.

*Para más información sobre este tema, recomendamos leer Enseñanzas que transformaron el mundo por Miguel Núñez.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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