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Las cinco solas para la iglesia de hoy: Sola Gratia
Las cinco solas para la iglesia de hoy: Sola Gratia

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Teología y doctrina

Las cinco solas para la iglesia de hoy: Sola Gratia

Miguel Núñez 31 octubre, 2023

El texto de Efesios 2:4-9 constituye uno de los pilares más robustos de la fe cristiana: «Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados)». Estas palabras no son un adorno retórico; son la declaración más radical que puede hacerse sobre la condición humana y la iniciativa divina: estábamos muertos, y Dios actuó.

Existe una creencia que distingue al cristianismo protestante de todas las demás religiones y sistemas de pensamiento moral: la salvación es únicamente por gracia, sin ninguna contribución de las obras humanas. La necesidad de realizar buenas obras para alcanzar la salvación es parte integral de prácticamente todas las tradiciones religiosas del mundo, con excepción del cristianismo bíblico. Comprender esta distinción no es un ejercicio académico; es una cuestión de vida eterna.

La condición real del ser humano ante Dios

Muchas personas cuentan con presentarse ante Dios respaldadas por sus buenas obras. El razonamiento es comprensible: si no se ha matado a nadie, ni se ha robado, ni se ha sido infiel, quizás las buenas obras pesarán más que las malas, y Dios terminará perdonando los pecados. Sin embargo, la pregunta decisiva no es qué nos parece razonable, sino qué ha revelado Dios en Su Palabra.

El apóstol Pablo describe con precisión la condición del ser humano después de la caída: «No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Rom. 3:10-12). Esta no es una descripción de los peores criminales de la historia; es la descripción de toda la humanidad. Todas las facultades del ser humano han quedado teñidas por el pecado: la mente fue entenebrecida (2 Cor. 4:4), el corazón se volvió de piedra (Ez. 36:26) y la voluntad quedó esclavizada al pecado (2 Tim. 2:25-26). A esto los teólogos lo han llamado depravación total.

Si todas las facultades del hombre están corrompidas, también lo están sus obras. No existe, entonces, una cantidad suficiente de buenas acciones que pueda inclinar la balanza a favor del pecador delante de un Dios perfectamente santo. La lógica religiosa que deposita la esperanza en el esfuerzo humano parte de una premisa falsa: que el hombre tiene algo que ofrecer.

La gracia soberana que salva lo que estaba muerto

Precisamente aquí es donde la gracia de Dios irrumpe como la única respuesta posible. La gracia es ese atributo divino por el cual Dios concede lo que no merecemos. Pablo lo formula con una claridad que no admite matices: «Por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Ef. 2:8-9). La salvación es un don; y por definición, un don no se gana ni se merece.

Romanos 11:6 cierra cualquier posibilidad de síntesis entre gracia y obras: «Pero si es por gracia, ya no es a base de obras, de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra». Son categorías mutuamente excluyentes. Intentar combinarlas no produce un término medio; destruye ambas.

El argumento de Pablo alcanza su expresión más elaborada en Romanos 9, donde señala que Dios eligió a Jacob sobre Esaú antes de que cualquiera de los dos hubiera hecho nada, ni bueno ni malo. La elección no se basó en méritos futuros ni en condiciones previstas; fue una elección por pura gracia, para que «el propósito de Dios conforme a Su elección permaneciera, no por las obras, sino por Aquel que llama» (Rom. 9:11). Esta soberanía divina incomoda al orgullo humano, pues la criatura no tolera que la gracia de Dios opere con independencia de sus propios méritos. Sin embargo, esa soberanía es precisamente lo que garantiza que la salvación sea segura.

Hemos sido justificados solo por la fe, pero poseer esa fe es una obra de gracia de parte de Dios.

Misericordia, amor y gracia: las tres raíces de nuestra salvación

Efesios 2:4-5 revela las motivaciones que llevaron a Dios a actuar en favor de quienes estaban muertos en sus delitos. Pablo identifica tres realidades entrelazadas: las riquezas de la misericordia de Dios, el amor incondicional de Dios y Su gracia infinita. Estas tres palabras —misericordia, amor y gracia— no son sinónimos intercambiables, aunque estén profundamente relacionadas.

La gracia puede entenderse como recibir lo que no merecemos: no merecemos el cielo, pero Dios nos concede acceso a Su presencia. La misericordia, en cambio, es no recibir lo que sí merecemos: merecemos la condenación, pero Dios, en Su compasión, no envía a ella a quienes han recibido salvación. En ese sentido, el creyente ha sido receptor de ambas realidades: de la gracia que da vida y de la misericordia que perdona la transgresión.

La gracia de Dios es inmerecida —nadie ha hecho nada para ser considerado digno de ella— y es soberana, tal como Dios mismo reveló a Moisés: «Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia, y tendré compasión del que Yo tenga compasión» (Éx. 33:19). Cuanto mejor se comprende esta gracia soberana, más se reconoce que todo lo que se posee y todo lo que se ha llegado a ser no es sino el fruto de esa gracia inmerecida que Dios, por amor, ha derramado sobre los suyos.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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