IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Miguel Núñez • 3 noviembre, 2023
Proclamar a Jesús como el único camino al Padre resulta irritante para muchos en una cultura que ha reducido la verdad a sentimientos y experiencias personales. El relativismo contemporáneo celebra la inclusividad y desconfía de cualquier afirmación absoluta, especialmente cuando esa afirmación proviene de una sola persona. Sin embargo, la exclusividad del evangelio no nació en los concilios ni en los credos: nació en los labios del propio Jesucristo.
Esta tensión no es nueva. Durante la Reforma protestante, los reformadores tuvieron que recuperar una verdad que había quedado enterrada bajo capas de tradición humana: que la salvación se encuentra únicamente en Cristo —Solus Christus—, sin intermediarios ni instituciones que añadir. Lo proclamaron porque las Escrituras lo afirman sin ambigüedad: «En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el cual podamos ser salvos» (Hch 4:12).
La salvación del ser humano no descansa en una filosofía ni en un conjunto de prácticas religiosas, sino en tres eventos históricos concretos: la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo.
Adán, como representante de la raza humana, pecó y violó la ley de Dios, dejando a todos sus descendientes con una deuda moral que ninguno podía saldar. Cristo vino a cumplir lo que Adán no pudo. Él mismo lo declaró: «No vine a abolir la ley, sino a cumplirla» (Mt 5:17). Cada acto de su vida, desde su presentación en el templo hasta su ministerio público, fue un cumplimiento cabal de las demandas de la ley. Al final de sus días, ni Pilato ni el Sanedrín pudieron encontrar falta alguna en Él y debieron recurrir a testigos falsos para acusarlo (Mt 26:60). En esa vida perfecta acumuló los méritos que serían imputados a nuestra cuenta.
Pero la vida sin la muerte no habría sido suficiente. Jesús definió él mismo la misión de su primera venida: vino «para dar Su vida en rescate por muchos» (Mr 10:45). Cada descendiente de Adán nace bajo la condenación del pecado (Sal 51:5), y el pecado no puede ser perdonado sin que alguien pague por él; de lo contrario, la justicia de Dios quedaría sin ser satisfecha. Por eso el Padre envió al Hijo a morir en lugar del pecador: «Él mismo llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por Sus heridas fueron ustedes sanados» (1 P 2:24). Al morir, Jesús pronunció una sola palabra que lo resume todo: «¡Consumado es!» (Jn 19:30). No había nada más que cumplir, nada más que hacer.
La muerte de Cristo fue, en primer lugar, vicaria, es decir, sustitutiva. Teníamos que haber sido clavados en esa cruz, pero Jesús tomó nuestro lugar: «Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros» (2 Co 5:21). Este mismo énfasis aparece con toda claridad en Isaías 53:5-6. Fue también propiciatoria: Dios, siendo un juez justo, estaba airado con el pecado del hombre (Sal 7:11), y Cristo vino a aplacar esa ira mediante su sacrificio (Ro 3:25; Heb 2:17; 1 Jn 2:2; 4:10).
La muerte de Cristo fue vital, pero no suficiente por sí sola. Sin la resurrección, el sacrificio habría carecido de validez. Pablo lo expresa con una claridad que no admite matices:
«Y si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es falsa; todavía están en sus pecados» (1 Co 15:17).
Sin Su resurrección, aún estaríamos sumergidos en delitos y pecados, porque la resurrección de Cristo proclama Su victoria sobre el pecado y la muerte.
La resurrección al tercer día fue la confirmación del Padre de que el sacrificio del Hijo era perfecto y aceptable. Si no lo hubiera sido, jamás lo habría aceptado como bueno y válido. Así como Cristo murió en nuestro lugar, su resurrección promete y asegura nuestra propia victoria sobre el pecado y la muerte. Sobre este fundamento nació y creció la iglesia primitiva, y sobre este mismo fundamento descansa la fe cristiana hoy.
Muchos estarían dispuestos a reconocer a Jesús como uno de los grandes maestros de la historia, o incluso como el más grande de todos. Sin embargo, cuando Jesús habló de sí mismo, no lo hizo en esos términos. El resto de los maestros solía hablar de lo que podían hacer o enseñar; Jesús habló de lo que Él es:
Solo Dios puede hablar en esos términos. Jesús no dijo: «Les digo la verdad»; dijo: «Yo soy la verdad». Como señaló A. W. Pink, «la verdad no se encuentra en un sistema de filosofía, sino en una persona; Cristo es "la verdad"». Con esa afirmación, Jesús declaró implícitamente que todos los demás caminos no acercan al hombre a Dios, sino que lo alejan de Él.
Solo Cristo fue enviado por el Padre. Solo Cristo nació, vivió y murió sin pecado. Solo Cristo cumplió las demandas de la ley. Solo Cristo se ofreció a sí mismo como sacrificio por nuestros pecados. Solo Cristo es victorioso sobre el pecado y la muerte. Por tanto, solo en Cristo hay salvación.
Para profundizar en este tema, recomendamos leer Enseñanzas que transformaron el mundo por Miguel Núñez.
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