IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Tima Miroshnichenko en Pexels
Viola Núñez de López • 10 agosto, 2021
Hubo un tiempo en que la autora de este artículo asistía a una iglesia sin mayor contacto con el estudio profundo de la Biblia. Fue una amiga quien la invitó a un grupo de estudio bíblico semanal que, en principio, le generó cierta resistencia por pertenecer a denominaciones distintas. Sin embargo, decidió ir —aunque fuera solo por acompañarla— y salió de aquella reunión a la vez impresionada y perturbada: perturbada por todo lo que ignoraba, e impresionada por lo que había escuchado. Aquella experiencia despertó en ella un hambre genuina por conocer la Palabra de Dios.
Lo que más la marcó ocurrió en una reunión de oración. Ese día escuchó nombres referidos a Dios que jamás había oído, y en un momento llegó a pensar que estaban invocando a dioses paganos. Su amiga le explicó pacientemente que se trataba de diferentes nombres del único Dios verdadero, y que para el judaísmo el nombre de Dios no es un simple título distinguido, sino la expresión de Su naturaleza divina. Aquella explicación no solo disipó la confusión, sino que encendió una pregunta que se volvió motor de estudio: si hay un solo Dios verdadero, ¿por qué se le atribuyen tantos nombres distintos?
El más conocido de los nombres de Dios es JEHOVÁ —escrito en hebreo como YHWH—, y aparece más de seis mil veces en la Biblia. Fue el nombre con que Dios se reveló a Moisés en el desierto, ante la zarza ardiente. Cuando Moisés preguntó Su nombre, la respuesta fue soberana y absoluta: «YO SOY EL QUE SOY» (Éx. 3:14). Y a continuación, Dios añadió: «Este es Mi nombre para siempre, y con él se hará memoria de Mí de generación en generación» (Éx. 3:15).
En ese nombre late una verdad fundamental: Dios no depende de nada ni de nadie. Es omnipresente —está en todas partes al mismo tiempo—, omnipotente —todo lo puede—, y omnisciente —todo lo sabe—. El ayer, el hoy y el mañana son lo mismo para Él, pues Él creó el tiempo y escribió la historia. La reverencia de los judíos ante este nombre era tal que preferían no pronunciarlo por temor a profanarlo, y esa actitud misma dice algo sobre la magnitud de lo que ese nombre encierra. Ningún nombre —por extraordinario que sea— puede representar a Dios en Su totalidad, pero cada uno de ellos revela algo real y preciso de Su poder y autoridad.
En la cultura hebrea, el nombre de una persona representaba su identidad. Los padres elegían para sus hijos nombres que expresaran lo que esperaban que llegaran a ser. No es extraño, entonces, que Israel invocara a Dios con el nombre que correspondía a la necesidad del momento. Cada nombre es, en ese sentido, una ventana a un aspecto distinto de Su carácter infinito.
Elohim —«Dios creador»— es el nombre con que abre la Biblia: «En el principio Dios creó los cielos y la tierra» (Gn. 1:1). Es un plural mayestático que evoca a las tres personas de la Trinidad obrando juntas en la creación, como confirma el versículo 26: «Hagamos al hombre a Nuestra imagen» (Gn. 1:26). El-Shaddai —«Dios todopoderoso»— es el nombre con que Dios se presentó a Abraham cuando este tenía noventa y nueve años (Gn. 17:1). Abraham necesitaba saber que el Dios con quien hablaba tenía poder suficiente para cumplir Sus promesas a lo largo de generaciones. Jehová-Nisi —«el Señor es mi estandarte»— fue el nombre con que Moisés consagró el altar levantado tras la victoria sobre los amalecitas (Éx. 17:15), dejando una señal visible del Dios que los había guiado a la batalla. Jehová-Rafa —«el Señor que sana»— se revela cuando el pueblo, sediento y enfermo en Mara, necesitaba restauración: «Yo, el Señor, soy tu sanador» (Éx. 15:26). Jehová-Jireh —«el Señor proveerá»— nació en el monte Moria, cuando Abraham encontró el carnero que sustituiría el holocausto de su hijo (Gn. 22:13-14). El-Olam —«el Dios eterno»— aparece en Isaías 40:28 como mensaje de fortaleza para un pueblo derrotado y a punto de ir al cautiverio: un Dios que no se fatiga ni se cansa. El-Elyon —«Dios Altísimo»— es el nombre con que Melquisedec bendice a Abraham tras una batalla ganada (Gn. 14:17-20), en una escena que prefigura a Cristo bendiciendo a Su pueblo con pan y vino. Finalmente, Adonai —«Señor soberano»— aparece con profunda significación mesiánica en el Salmo 110:1: «El Señor le dijo a mi Señor: "Siéntate a Mi diestra hasta que ponga a Tus enemigos por estrado de Tus pies"» (Sal. 110:1), una solemne invitación del Padre al Hijo a ocupar Su trono.
Conocer los diferentes nombres de Dios nos ayuda a confiar más en Él, porque cada uno de esos nombres es inherente a Su esencia y Su naturaleza, y es representativo de Su multifacético carácter.
Conocer quién es Dios transforma la manera en que nos dirigimos a Él. No se trata de memorizar nombres hebreos ni de emplear fórmulas precisas; se trata de orar con fe a un Dios real, revelado y cercano. Quien invoca a Dios conociendo Su carácter ora con convicción, porque sabe a quién está llamando y qué puede esperar de Él. Y quien aún no conoce todos Sus nombres, puede acercarse simplemente con un «Dios mío, Dios mío» pronunciado de corazón: Dios escucha a todo aquel que le implora con fe genuina. Lo que importa no es la erudición del nombre, sino la confianza puesta en el Dios que ese nombre revela.
Viola Núñez de López anhela servir al Señor hasta el final de sus días. Educadora por profesión y vocación. Miembro de la IBI, donde sirve como consejera y mentora de mujeres. Madre de cuatro, abuela de diecisiete y bisabuela de trece.
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