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Criando hijos piadosos en un mundo de impiedad
Criando hijos piadosos en un mundo de impiedad

Foto de Puwadon Sang-ngern en Pexels

Familia y relaciones

Criando hijos piadosos en un mundo de impiedad

Viola Núñez de López 14 noviembre, 2023

Hay recuerdos de la infancia que no se borran. Una noche, mientras veía televisión, mi padre entró a la sala, se sentó a mi lado y, mirando la pantalla, me hizo una sola pregunta: «¿Si Jesús entrara ahora y se sentara contigo, continuarías viendo esa misma película?». Cambié el canal de inmediato. No era nada escandaloso para la época, pero bastó esa pregunta para confrontarme con una realidad que él siempre quiso que sus hijos comprendieran: vivir conforme a los patrones de Dios no es algo reservado para los domingos; es una manera de ser en todo tiempo y lugar. Él no solo nos lo enseñó con palabras; nos lo mostró con su vida.

Esa misma pregunta puede orientar la crianza de nuestros hijos hoy. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar en la responsabilidad que tenemos ante Dios de formarlos en la piedad. Y la razón, con frecuencia, es que nosotros mismos tampoco vivimos piadosamente.

La impiedad que no reconocemos en nosotros mismos

Es fácil asociar la impiedad con una vida de excesos o conductas escandalosas. Pero esa definición es incompleta y, por eso mismo, peligrosa. Jerry Bridges, en su libro Pecados respetables, define la impiedad como «un estilo de vida que no toma en cuenta a Dios, ni su voluntad, ni su gloria, ni la dependencia de Él». Bajo esa definición, muchos creyentes —personas que asisten a la iglesia, leen la Biblia, diezman y realizan actos de servicio— pueden estar viviendo en impiedad sin advertirlo.

El problema no es la ausencia de prácticas religiosas, sino la ausencia de Dios en las decisiones cotidianas. ¿Pensamos si nuestras palabras agradan a Dios antes de pronunciarlas? ¿Consideramos si nuestras elecciones de entretenimiento, de trabajo o de relaciones son congruentes con su santidad? ¿O simplemente avanzamos por la vida sin incluirlo en la ecuación? La Escritura no deja espacio para la ambigüedad: «Sino que, así como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir. Porque escrito está: "Sean santos, porque Yo soy santo"» (1 P. 1:15-16). El llamado es radical: toda nuestra manera de vivir.

Modelar la piedad antes de exigirla

Quienes tienen hijos están transmitiendo algo constantemente, incluso cuando no lo intentan. Los niños aprenden a relacionarse con Dios observando cómo sus padres se relacionan con Él. Si solo oran para pedir, aprenderán a ver a Dios como un proveedor de servicios, un «sirviente divino» que existe para resolver necesidades. Si Dios está ausente de las conversaciones familiares, de las correcciones y de las decisiones importantes del hogar, los hijos lo experimentarán como algo lejano y abstracto, un ente poderoso que habita en algún lugar distante, pero con quien no es posible —ni necesario— tener una relación real.

Nadie puede dar lo que no tiene. Por eso, la crianza piadosa comienza en la propia vida del padre y de la madre, en la coherencia entre lo que se predica y lo que se practica. De poco vale llevar a los hijos a la iglesia, orar con ellos cada mañana o exigirles buena conducta, si las palabras y los hechos que observan en casa contradicen aquello que se les enseña. La congruencia no es un detalle pedagógico; es el fundamento de una enseñanza creíble.

Cada momento de corrección es una oportunidad. Cuando un hijo enfrenta una decisión equivocada, la pregunta que lo transforma no es simplemente «¿qué está bien o mal?», sino «¿esto agrada o entristece a Dios?». Incluir a Dios en los planes, en las correcciones y en las conversaciones ordinarias no es imponer una carga religiosa sobre los hijos; es enseñarles que Dios no es ajeno a la vida real, sino su guía, su norte, su brújula.

No saques a Dios de la ecuación, porque de lo contrario estarás criando hijos impíos.

El propósito que orienta toda la crianza

Existe una diferencia fundamental entre creer en Dios y creerle a Dios. La primera es una postura intelectual; la segunda, una entrega que transforma la manera de vivir. El objetivo de la crianza piadosa no es producir hijos religiosos en apariencia, sino hombres y mujeres que crean en Dios y le crean a Dios, que vivan según su Palabra y que sean capaces de contribuir a una sociedad más justa y santa.

Ese propósito es alto y demandante, pero no arbitrario. Proviene del mismo Dios que nos llamó a la santidad y que, por su gracia, hace posible lo que exige. La pregunta que aquel padre hizo una noche frente a una pantalla en blanco y negro sigue siendo válida hoy: ¿Cómo vivimos cuando creemos que nadie nos observa? La respuesta a esa pregunta es lo que, en definitiva, estamos enseñando a nuestros hijos.

Viola Núñez de López

Viola Núñez de López

Viola Núñez de López anhela servir al Señor hasta el final de sus días. Educadora por profesión y vocación. Miembro de la IBI, donde sirve como consejera y mentora de mujeres. Madre de cuatro, abuela de diecisiete y bisabuela de trece.

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