IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Hay etapas de la vida que lo transforman todo. Una de ellas es el momento en que una madre sostiene por primera vez a su hijo recién nacido. En ese instante, algo se reordena por dentro: se comienza a vivir menos para uno mismo y más para otro. Con el tiempo, si llegan más hijos, se descubre una verdad que al principio parece casi imposible: el amor de una madre no se divide ni se fracciona. Se multiplica. Y con él, también crece la responsabilidad.
Esa responsabilidad no es trivial. Es un llamado. Y las Escrituras lo ilustran con una historia que muchos conocen, pero que pocas veces se examina desde el ángulo de la madre: la historia de Sansón.
Cuando se lee Jueces 13 con atención, llama la atención un detalle que pasa desapercibido con facilidad: el ángel del Señor se apareció a la madre, no al padre. Le anunció el embarazo y le dio instrucciones precisas sobre cómo debía criar al niño que nacería. Cuando Manoa, el padre, solicitó que el ángel se le apareciera nuevamente para recibir él mismo las instrucciones, la respuesta fue inequívoca: «Que la mujer atienda a todo lo que le dije» (Jue. 13:13). Dios le había confiado a ella una encomienda de proporciones extraordinarias: criar a quien libraría a Israel de los filisteos.
Sin embargo, algo falló. Al leer los capítulos siguientes, comienza a percibirse un silencio inquietante en esa familia. Sansón despedazó un león con sus propias manos y no contó nada (Jue. 14:5-6). Destrozó un panal de abejas con las mismas manos y tampoco lo mencionó. Llegó a casa con miel para compartir con sus padres, y ninguno de ellos preguntó de dónde venía. Es razonable imaginar que aquel joven llegó con la ropa manchada, el cuerpo impregnado de miel, señales evidentes de algo extraordinario y peligroso. Y la Biblia registra que no hubo pregunta alguna, ninguna reacción perceptible, ningún cuestionamiento (Jue. 14:9).
¿Qué pasaba en esa familia? La ausencia de comunicación es estruendosa. Y el final de Sansón, que todos conocemos, es el resultado amargo de una vida sin vínculos que sostuvieran su alma: murió ciego, aplastado por las mismas columnas que derribó con la fuerza que Dios le había dado para un propósito completamente distinto. «El Señor se había apartado de él» (Jue. 16:20). No hay forma de leer ese versículo sin preguntarse qué habría pasado si aquella madre, a quien Dios le habló directamente, hubiera estado atenta, presente y conectada con su hijo.
El amor materno, por su naturaleza misma, inclina a la observación. Las madres suelen percibir con mayor facilidad los cambios emocionales de sus hijos, detectar cuando algo está fuera de lugar, advertir señales que otro podría ignorar. Pero esa capacidad solo es útil si se ejerce de forma activa y deliberada. No basta con estar físicamente presente; es necesario estar disponible, atenta, dispuesta a escuchar incluso lo que a primera vista parece insignificante.
El psicólogo Carl Rogers lo expresó con precisión: «Escuchar es la forma más fina de amar, porque cuando escuchas estás expresando: lo que dices es importante, por tanto, eres importante para mí. Lo que dices tiene valor, por tanto, eres invaluable. Escucharte no es perder el tiempo porque tú vales más que mi tiempo. Pero si quieres en verdad amar a tu hijo tienes que hacerlo, no a tu manera sino a la manera de la necesidad de él». Esta verdad psicológica coincide plenamente con la sabiduría bíblica: los hijos tienen necesidades que muchas veces no se expresan con palabras directas, sino a través de detalles pequeños, preguntas aparentemente sin importancia o conversaciones que parecen triviales.
Hay madres que han descubierto secretos significativos y han podido evitar problemas graves precisamente porque prestaron atención a los «disparates» que sus hijos conversaban entre ellos o con ellas. La comunicación abierta y constante no es un lujo relacional; es una herramienta de protección espiritual.
Escuchar es la forma más fina de amar, porque cuando escuchas estás expresando: lo que dices es importante, por tanto, eres importante para mí.
Vivimos tiempos en los que las influencias que amenazan a los hijos son numerosas, sutiles y persistentes. El enemigo no descansa, y la distancia emocional en el hogar puede convertirse en una puerta abierta. El caso de Sansón no es solo una historia del pasado; es un espejo que interpela a cada madre y a cada padre en el presente.
El llamado es concreto: habla con tus hijos, escúchalos aunque lo que digan parezca una tontería, interésate por sus estados de ánimo y sus necesidades, dedícales tiempo real, y ora por ellos con constancia. Dios entregó una encomienda sagrada a la madre de Sansón; a ti también te ha confiado vidas que dependen, en parte, de tu obediencia a ese llamado. Usa el poder que Él te ha dado: el poder del amor, el poder de la comunicación, el poder de la observación. Que ningún hijo tuyo se pierda por falta de atención. Que nunca sea el silencio en el hogar lo que le abra la puerta al enemigo.
Viola Núñez de López anhela servir al Señor hasta el final de sus días. Educadora por profesión y vocación. Miembro de la IBI, donde sirve como consejera y mentora de mujeres. Madre de cuatro, abuela de diecisiete y bisabuela de trece.
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