IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Ladislav Stercell en Unsplash
Viola Núñez de López • 27 septiembre, 2022
Un día ordinario, sin celebración ni reunión familiar prevista, dos de mis nietos —ya hombres de empresa— llegaron de sorpresa a casa. La visita tenía un motivo concreto: convencerme de que cierto negocio en el que pensaban involucrarse no tenía nada de indecoroso. Yo ya les había escrito expresando mis reservas, pues aunque ellos lo consideraban inocente, estaba convencida de que no sería del agrado del Señor. Conversamos largo, pero al despedirnos en la puerta uno de ellos me preguntó: «O sea, ¿que tú no nos das tu bendición?». Mi respuesta fue directa: «A ustedes sí, pero al negocio no. Tranquilos, que yo continuaré orando para que Dios sea quien les guíe».
A pesar de la conversación, ellos siguieron adelante. El negocio comenzó aparentemente bien, pero con el tiempo surgieron situaciones que los obligaron a cerrarlo y perdieron todo lo invertido. En una reunión familiar posterior, uno le dijo al otro entre risas: «Oye, la próxima vez que vayamos a hacer un negocio no podemos decírselo a Tita, porque ella empieza a mandar oraciones para arriba y todo lo daña». Todos reímos, claro está, pero en esa anécdota hay una enseñanza profunda: ¿qué hace que una abuela tenga tal influencia sobre sus nietos, que a ellos les importe su opinión y busquen su consejo antes de tomar decisiones importantes?
Las abuelas desempeñan un papel muy singular en la vida familiar. Si bien deben mantenerse en la retaguardia para no interferir en la relación de los hijos después de que se casan, están llamadas a ser el remanso de paz y la fuente de sabiduría a la que los nietos puedan acudir cuando se sienten solos o incomprendidos por sus padres.
El ritmo de vida que impone la sociedad actual hace que muchos padres dispongan de poco tiempo para estar con sus hijos. Cuando además no saben manejar los conflictos, llega un momento en que los hijos los perciben como contrincantes y difícilmente aceptan la disciplina sin protestar, sobre todo en la adolescencia, etapa de mayor rebeldía y mayor exposición a la influencia de la calle y de las redes sociales. En ese contexto, los jóvenes necesitan a alguien que tenga tiempo, sabiduría y madurez; alguien que los escuche, que los ayude a digerir la disciplina de sus padres y a obedecer sin enfrentamientos. Porque aunque parezca difícil de creer para algunos adultos, ellos también tienen sus propios problemas.
Una de las grandes diferencias entre padres y abuelos reside precisamente ahí: los padres, a menudo tan enfocados en las reglas, se olvidan de conectar con sus hijos; los abuelos, en cambio, tienen el privilegio de consentirlos y, por eso, suelen establecer vínculos más cálidos y duraderos. Las abuelas, en particular, casi siempre están disponibles, los disfrutan, los extrañan, y encuentran en sus juegos y conversaciones una fuente de vitalidad y de sentido. A la edad en que se llega a ser abuela, ya no pesan tanto las horas ni las presiones del mundo laboral; lo que abunda es la disposición y la experiencia acumulada.
Llama la atención que la única vez que la palabra abuela aparece en la Biblia sea en la mención que Pablo hace a Timoteo, refiriéndose a su abuela Loida (2 Tim. 1:5). El padre de Timoteo era griego, y Grecia era entonces la cuna del paganismo, por lo que se asume que de él, Timoteo no recibió ninguna enseñanza en materia de fe. La fe es, ciertamente, un don sobrenatural de Dios, pero también es enseñable. La Palabra afirma que «la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Rom. 10:17). Nadie se da la fe a sí mismo, así como nadie se da la vida a sí mismo. Aun siendo un acto personal, casi siempre el creyente la recibe a través de otro —generalmente un padre, una madre o alguien cercano que se ha ganado su amor y su confianza.
Todo indica que la enseñanza y el ejemplo de Loida fueron determinantes en la vida de su nieto. Timoteo, al encontrarse con Pablo, llegó a ser su hijo espiritual y terminó siendo pastor en Éfeso. Pero fue su abuela quien puso en él los primeros cimientos de fe, quien supo ganarse no solo su amor, sino también su confianza. Gracias a eso, cuando Timoteo se encontró con Pablo, le fue relativamente fácil aprender a relacionarse con Dios, incluso dentro de una cultura profundamente pagana.
No hay nada más reconfortante para un nieto o nieta que saber que cuenta con el amor y el apoyo de una abuela, que puede recurrir a ella cuando siente que nadie le comprende.
El gran desafío de toda abuela es aprender a entrar al mundo de sus nietos: mostrarles que los comprende y que está dispuesta a descender hasta donde ellos están. Los jóvenes, y sobre todo los adolescentes, no responden a reglas sino a relaciones. Más que sermones, necesitan conexiones íntimas y afectuosas; se sienten reafirmados cuando alguien se identifica genuinamente con lo que sienten y cuentan.
La brecha generacional no tiene por qué ser un obstáculo. Es, más bien, la mejor oportunidad para contemporizar, para tender puentes entre la sabiduría de los años y la energía de la juventud. Ni Dios ni la vida ha jubilado a las abuelas; su misión continúa, y es poderosa.
Los nietos son un doble regalo de Dios: son los hijos de los hijos. Y la Palabra es clara al respecto: «Los nietos son corona de los ancianos» (Prov. 17:6a). Si has sido bendecida con algunas de esas coronas, llévalas con hidalguía. Tu presencia, tu oración fiel y tu amor constante pueden ser el primer cimiento de fe en la vida de quienes llevan tu apellido y, algún día, llevarán tu legado.
Viola Núñez de López anhela servir al Señor hasta el final de sus días. Educadora por profesión y vocación. Miembro de la IBI, donde sirve como consejera y mentora de mujeres. Madre de cuatro, abuela de diecisiete y bisabuela de trece.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit