IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La muerte nos obliga a tomar decisiones que revelan lo que realmente creemos. Una de ellas —poco discutida en los círculos evangélicos— es qué hacer con el cuerpo de quienes fallecen. La pregunta sobre la cremación parece menor a primera vista, pero toca algo profundo: ¿cuánto valor le asignamos al cuerpo humano a la luz de lo que Dios ha revelado sobre él?
La distinción inicial es importante: si la pregunta es si un cristiano puede ser cremado, la respuesta es que ya ha ocurrido, incluso entre mártires. Pero si la pregunta es si debe serlo, hay razones serias para pensar que no es el camino más adecuado para quienes confiesan la fe cristiana.
El cuerpo humano no es un envase desechable. Fue creado directamente por Dios, llevó la imagen de su Creador, sirvió de templo del Espíritu Santo durante la vida del creyente y, según las Escrituras, será reunido con el alma en la glorificación final. Pablo escribe en 1 Corintios 6: «¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ustedes, el cual tienen de Dios, y que ustedes no se pertenecen a sí mismos?» (1 Co. 6:19). Este es el mismo cuerpo que Dios promete resucitar y transformar.
Dada esta realidad, resulta difícil justificar que algo tan sagrado reciba el mismo trato que se da a los residuos en un basurero. No se trata de comparaciones superficiales, sino de una coherencia básica entre lo que creemos y cómo actuamos. Si Dios le ha dado un valor extraordinario al cuerpo humano, el trato que le damos tras la muerte debería reflejarlo.
Vivimos en una sociedad que tiende a reducir el valor de las cosas. Con frecuencia se argumenta, con razón, que ciertas formas externas —la ropa, los ritos, las tradiciones— no determinan la santidad de una persona. Eso es correcto. Pero existe el riesgo de que, al rechazar el formalismo vacío, terminemos descartando también las expresiones visibles que Dios ha usado para comunicar reverencia y respeto.
Desde el Antiguo Testamento, Dios instituyó formas concretas para que su pueblo distinguiera lo sagrado de lo profano. El pueblo de Dios enterraba a sus muertos y les daba sepulturas honrosas. Estas prácticas no eran arbitrarias: eran una declaración visible de que aquellos cuerpos habían pertenecido a alguien creado a imagen de Dios.
La razón principal por la que la cremación se ha popularizado —especialmente en países como Estados Unidos— es económica: es más barato. Eso, en sí mismo, debería darnos pausa. Cuando las decisiones sobre lo sagrado se toman principalmente por pragmatismo, algo se ha perdido en nuestra comprensión de lo que Dios valora.
Cuando uno reduce a la nada lo que son las expresiones visibles que Dios ha usado desde el Antiguo Testamento para transmitir respeto o reverencia, se pierde todo valor de este lado de la gloria.
Este tema no está aislado. La forma en que tratamos los cuerpos de nuestros muertos está conectada con la forma en que tratamos la vida humana en general. En una cultura que ha llegado a considerar que un feto de dieciocho semanas no merece protección —y que desecha ese cuerpo como si fuera basura—, la iglesia tiene la responsabilidad de levantar constantemente el valor de todo lo que Dios ha creado y declarado sagrado.
El cuerpo del creyente fallecido no tiene ya un alma, pero sigue siendo creación de Dios. Es más: lleva la imagen divina como ninguna otra creación lo hace. Quemarlo sin más reflexión puede contribuir, aunque de manera sutil, a esa lógica reductora que el mundo aplica a la vida humana.
Esto no significa que quien haya sido cremado esté en peligro espiritual. Como bien señala Héctor Salcedo en la misma conversación, si alguien genuinamente cristiano ya fue cremado, eso no tiene impacto alguno en su destino eterno. La gracia de Dios no depende de cómo se disponga del cuerpo tras la muerte. Pero lo que hacemos con los cuerpos sí comunica algo sobre lo que creemos, y ese mensaje importa, especialmente en un mundo que ha aprendido a tratar la vida como un recurso desechable.
La pregunta final que vale la pena hacerse es sencilla: si Dios tiene planes para este cuerpo —si lo quiere resucitar, transformar y glorificar—, ¿por qué habríamos de quemarlo? Dios puede hacer lo que quiera con cualquier cuerpo, independientemente del estado en que se encuentre. Pero nuestra actitud hacia ese cuerpo revela si realmente hemos comprendido lo que la Escritura enseña sobre la dignidad humana, la resurrección y el cuidado de lo que pertenece a Dios.
Hablar de estas cosas con seriedad es una forma de seguir levantando el valor de la vida —desde el vientre materno hasta la tumba— en una cultura que lo ha olvidado.
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