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Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Michelangelo Buonarroti en Pexels
Miguel Núñez • 9 octubre, 2014
La muerte de Thomas Eric Duncan en Dallas, Texas —el primer paciente diagnosticado con Ébola en suelo estadounidense—, junto con el contagio de una enfermera en España, elevaron el nivel de alarma mundial ante este brote. Más de 8.000 casos sospechados o confirmados y cerca de 4.000 muertes en África Occidental convirtieron lo que comenzó como un brote local en Guinea en una emergencia sanitaria global. Ante este panorama, surge una pregunta inevitable: ¿cómo debemos responder?
La respuesta requiere tanto información médica sólida como firmeza espiritual. El Dr. Miguel Núñez, pastor y médico certificado en enfermedades infecciosas, ofrece aquí una orientación que integra ambas dimensiones.
El virus del Ébola pertenece a la familia Filoviridae y es capaz de causar fiebres hemorrágicas severas. Se han identificado cinco especies distintas; el brote actual en África Occidental es causado por la especie Zaire, reconocida por primera vez en 1976. Desde entonces, se han registrado brotes esporádicos con tasas de mortalidad que han variado entre el 30 y el 90 por ciento. El brote presente ha arrojado una mortalidad cercana al 50 por ciento.
La transmisión ocurre principalmente por contacto directo con las secreciones corporales de un paciente infectado —sangre, orina, heces, saliva, semen o sudor—, siempre que estas entren en contacto con mucosas o piel con heridas abiertas. Hasta la fecha, no existe confirmación de que el virus se transmita por vía respiratoria, como ocurre con la influenza. Los síntomas iniciales se asemejan a los de otras enfermedades virales: fiebre, escalofríos, malestar general, dolor de cabeza y muscular, y pérdida de apetito. En etapas más avanzadas, algunos pacientes desarrollan erupciones cutáneas, vómito, diarrea y, en casos severos, sangrados. El período de incubación oscila entre 6 y 10 días, con un rango extremo de 2 a 21 días. Los pacientes no parecen ser infecciosos durante este período asintomático.
Una de las preguntas más frecuentes es por qué este brote se ha expandido con tanta rapidez en comparación con los anteriores. La explicación más probable es que los brotes previos ocurrieron en poblaciones rurales y aisladas, mientras que el actual se ha desarrollado en centros urbanos densamente poblados. Sin embargo, hay razones fundadas para el optimismo: los brotes en Nigeria y Senegal, iniciados en agosto, fueron contenidos mediante medidas básicas de control de infecciones. Nigeria no reportó un caso nuevo desde el 5 de septiembre; Senegal, desde el 29 de agosto. Esto confirma que la enfermedad es potencialmente controlable con protocolos ya conocidos por la ciencia médica.
Más allá de los datos alarmantes, existen elementos concretos que justifican una respuesta serena. El agente causante ha sido conocido por más de cuatro décadas. Brotes anteriores fueron contenidos con medidas de control de infección que rindieron resultados incluso en regiones con recursos médicos limitados. En 1998, un caso de Ébola en Sudáfrica expuso potencialmente a unas 300 personas; solo una resultó infectada gracias a la implementación oportuna de medidas preventivas. Múltiples laboratorios trabajan sin pausa en el desarrollo de tratamientos específicos, y al menos dos ciudadanos estadounidenses respondieron favorablemente al tratamiento con anticuerpos monoclonales en Nebraska.
Este contexto no elimina la gravedad de la crisis, pero sí permite encuadrarla con precisión y sin exageración. El pánico no aporta soluciones; la información veraz y las medidas adecuadas, sí.
Seamos nosotros, los creyentes, la voz de la calma en medio de este ciclón humano.
Este brote tomó al mundo por sorpresa, pero no a nuestro Dios. Su programa avanza indeteniblemente conforme a su sabiduría inescrutable. No hay una pulgada del universo que escape al control de nuestro Señor. Para quienes creemos en un Dios soberano, el llamado es claro: permanecer en calma en medio de la tormenta. No una calma fundada en la certeza de que la ciencia resolverá todo rápidamente, ni en la convicción de que nosotros no seremos afectados, sino una calma anclada en Aquel que gobierna los cielos y la tierra. Como declara el salmista: «Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones» (Sal. 46:1).
La expresión genuina de confianza en Dios en medio de la dificultad no es ingenuidad; es testimonio. Ante una comunidad que reacciona con miedo y desconcierto, los creyentes tenemos la oportunidad —y la responsabilidad— de mostrar que nuestra esperanza no descansa en las circunstancias, sino en el Señor de las circunstancias.
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