Integridad y Sabiduria
Cultivando un carácter cristiano a través de la aflicción
Cultivando un carácter cristiano a través de la aflicción

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Vida cristiana

Cultivando un carácter cristiano a través de la aflicción

Cristina Incháustegui 5 octubre, 2021

Relaciones difíciles, un diagnóstico inesperado, la pérdida de un trabajo, un hijo que se ha apartado del Señor, padres mayores que demandan tiempo y cuidado. La lista podría continuar casi indefinidamente. ¿Te identificas con alguna de estas situaciones? ¿O quizás es otra circunstancia la que ha opacado tu gozo? En medio de todo eso, surge la pregunta que muchos se hacen en silencio: ¿estará Dios pensando en mí en este tiempo de aflicción?

La respuesta es un rotundo sí. Es cierto que en el diario vivir nos enfrentamos a eventos incómodos, irritantes y muchas veces dolorosos sobre los que no tenemos control. A veces son momentos pasajeros; otras veces duran días, meses o incluso años. Sin embargo, Dios tiene un propósito en todo ello. Estos tiempos difíciles son oportunidades que Él nos concede para caminar con Él, muriendo a nosotros mismos (Ro. 8:13; Gá. 2:20), para que Cristo sea formado en nosotros (Gá. 4:19).

Llamados con un propósito: anunciar las virtudes de Cristo

El apóstol Pedro lo declara con una claridad asombrosa: «Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable» (1 P. 2:9). Esta identidad no es un título honorífico vacío; es una vocación activa. Somos un pueblo adquirido a un precio altísimo, y llevamos consigo un propósito concreto: anunciar las virtudes de nuestro Señor Jesucristo.

Ahora bien, ¿cómo se anuncia ese carácter? No necesariamente tomando un megáfono para proclamar en la calle que Jesús es amoroso, paciente y misericordioso. Las virtudes de Cristo se anuncian a través de nuestro propio carácter, el cual se manifiesta en nuestra conducta en relación con los demás y en la manera en que respondemos ante cada circunstancia de la vida. Y ese carácter no puede ser formado en nosotros si no morimos a nosotros mismos, para que yo mengüe y Él crezca (Jn. 3:30).

La forma en que respondemos ante un vecino difícil, la impuntualidad de un compañero de trabajo, la crítica de un familiar cercano, el aumento de salario que no llegó o la pérdida del empleo: todo eso revela quiénes somos por dentro. ¿Cuál será nuestra decisión ante esas circunstancias? ¿Nos quejaremos y nos llenaremos de amargura, o permitiremos que Dios obre en nuestro interior a través del Espíritu Santo, cultivando virtudes piadosas como el amor, la paciencia, la mansedumbre, la amabilidad, la bondad, la prudencia y la fe?

El sufrimiento como escuela del carácter

Vale la pena detenerse a entender qué es el carácter. Según el Diccionario Webster de 1828, es «las cualidades peculiares, impresas por naturaleza o hábito en una persona, que la distinguen de las demás». El filósofo J. P. Moreland lo define de forma más directa: «La suma total de los hábitos de uno». Os Guinness, por su parte, lo describe como «la forma interior que hace a una persona lo que es —la realidad interna y las cualidades en las que sus pensamientos, habla, decisiones, conducta y relaciones están arraigadas—. Por lo tanto, el carácter determina la conducta, así como la conducta demuestra el carácter».

Es importante distinguir entre temperamento y carácter. Ciertos rasgos de nuestra personalidad son heredados a través de los genes de nuestros padres, y determinan nuestro temperamento. Sin embargo, el carácter no se hereda: se forma a través de las pequeñas y grandes decisiones que tomamos cada día, las cuales se convierten con el tiempo en hábitos. El conjunto de esos hábitos es nuestro carácter.

¿Qué papel juega entonces el sufrimiento en todo esto? La manera en que respondemos ante él irá formando hábitos en nuestro interior que, a su vez, moldearán el carácter. El apóstol Pablo nos alienta en Romanos 5:3–5 a gloriarnos en las tribulaciones, porque ellas producen perseverancia, y la perseverancia, carácter probado, y el carácter probado, esperanza. Santiago nos instruye a «tener por sumo gozo» el hallarnos en diversas pruebas, porque la prueba de nuestra fe produce paciencia (Stg. 1:2–4). Pedro, por su parte, nos exhorta a no sorprendernos «del fuego de prueba que les ha sobrevenido» (1 P. 4:12–13), pues es una oportunidad valiosa para que las virtudes de Cristo sean formadas en nosotros.

El carácter no se hereda: se forma a través de las pequeñas y grandes decisiones que tomamos cada día, las cuales se convierten con el tiempo en hábitos.

No estás solo: Dios obra en medio de la aflicción

En medio de este tiempo pasajero de aflicción, como parte del linaje escogido, la nación santa, el real sacerdocio y el pueblo adquirido por Dios, tenemos ante nosotros una decisión: amargarnos o permitir que el Señor nos transforme. Las tribulaciones no tienen la última palabra; la tiene Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable.

No estamos solos en este proceso. Él prometió estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt. 28:20), y Su palabra nos asegura que nunca nos dejará ni nos desamparará (Jos. 1:5; He. 13:5). Cada prueba, entonces, no es evidencia del olvido de Dios, sino una invitación a que Su carácter sea cada vez más visible en los nuestros.

Cristina Incháustegui

Cristina Incháustegui

Cristina Incháustegui es psicóloga escolar con un diplomado en Educación Cristiana del Seminario Teológico Presbiteriano de Mérida, México. Es esposa de José Alfonso Poy y madre de dos hijos. Miembro de la IBI desde 2010, sirve en el ministerio de misiones Antioquía y en Ezer. Además, es directora del Programa AMO para América Latina y el Caribe. Ama la enseñanza bíblica y cree firmemente en el poder formativo de la educación.

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