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Dar gracias por las personas difíciles en mi vida
Dar gracias por las personas difíciles en mi vida

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Emociones y alma

Dar gracias por las personas difíciles en mi vida

Sandra Morales Castillo 23 noviembre, 2021

Hagamos un ejercicio honesto: cierra los ojos y piensa en las personas cuya presencia te resulta pesada. Probablemente aparezcan rostros concretos: el compañero pedante, el amigo que siempre se hace la víctima, el familiar iracundo, el conocido chismoso. Es fácil construir esa galería mental. Lo que no es tan fácil —ni tan cómodo— es la pregunta que inevitablemente sigue: ¿Seré yo parte de la lista de «los difíciles» de alguien más?

Esa pregunta puede congelar el corazón. Y precisamente ahí comienza el trabajo del Maestro.

Todos somos, en algún momento, personas difíciles

Antes de examinar a quienes nos rodean, el Señor nos lleva al taller de su Palabra para recordarnos algo incómodo: también nosotros hemos antepuesto el orgullo a la gracia, también hemos estado lejos de parecernos a Cristo. El problema no es solo la persona difícil frente a nosotros; el problema es la naturaleza caída que todos compartimos. Como bien se dice, «el corazón del problema es el problema del corazón».

Desde esa perspectiva, la Escritura nos llama a una respuesta radicalmente distinta a la del juicio: la empatía. «Soportándose unos a otros y perdonándose unos a otros, si alguien tiene queja contra otro. Como Cristo los perdonó, así también háganlo ustedes» (Col. 3:13). Este versículo no es una sugerencia amable; es una instrucción que asume que las fricciones existirán, y que la respuesta cristiana a esas fricciones tiene un modelo claro e inequívoco: el perdón de Cristo. Entender que las personas actúan como actúan porque les falta más de Cristo —igual que a nosotros— nos permite cambiar el lente del juicio por el de la misericordia.

El roce que afila: el propósito redentor de las personas difíciles

Hay un proverbio que ilumina este asunto con precisión sorprendente: «El hierro se afila con el hierro, y el hombre en el trato con el hombre» (Prov. 27:17). El proceso de afilamiento no es cómodo. El hierro roza contra el hierro, hay fricción, hay chispas. Pero el resultado es un filo más agudo, más útil, más preciso.

Dios, en su soberanía, coloca personas difíciles en nuestro camino no como un castigo ni como un error de diseño, sino como parte de su obra santificadora. Esa pareja orgullosa, esos padres intensos, esos hijos desobedientes, esos colegas holgazanes o conflictivos, esos amigos que se instalan perpetuamente en el papel de víctimas: todos están en el camino para afilarnos en santidad y para ejercitar en nosotros el fruto del Espíritu. Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, dominio propio —cada una de estas virtudes se forja precisamente en el contexto del roce, no en el aislamiento cómodo.

El apóstol Pablo describe esta meta con claridad: crecer «hasta alcanzar la estatura de la plenitud de Cristo» (Ef. 4:13). Esa estatura no se alcanza rodeados únicamente de personas fáciles y situaciones sin conflicto. Se alcanza en el trato cotidiano con personas reales, imperfectas, que nos desafían a parecernos más al Señor.

Al final de cuentas, ¡termino dando gracias al Señor por ellos!

Gratitud como fruto de una perspectiva transformada

La perspectiva cristiana ante las personas difíciles no concluye en la tolerancia estoica ni en la resignación. Concluye en algo mucho más poderoso: la gratitud. Cuando comprendemos que Dios usa a esas personas como instrumentos de formación espiritual, la respuesta natural —aunque contraintuitiva— es dar gracias.

Esto implica, en la práctica, tres movimientos concretos: procurar no ser nosotros mismos una persona difícil para los demás; intentar entender por qué las personas son como son, reconociendo el peso de la naturaleza caída y las circunstancias vividas; y dirigir la mirada —la propia y la de quienes nos rodean— hacia Cristo, que es tanto el modelo del trato compasivo como la fuente de toda transformación. Cada encuentro difícil se convierte entonces en una oportunidad para identificar qué aspecto del fruto del Espíritu está siendo ejercitado en ese momento, y para avanzar, aunque sea un paso, hacia la semejanza a Cristo.

Las personas difíciles no son un obstáculo en el camino de santificación. Son parte del camino mismo.

Sandra Morales Castillo

Sandra Morales Castillo

Sandra Morales Castillo es sierva de Cristo por gracia desde los doce años. Esposa de Janly Colón, madre de Odette y Felipe. Miembro de la IBI. Pediatra endocrinóloga, certificada en Estudios Teológicos por la Academia Ministerial de la Gracia (Santiago, RD).

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