IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Intercambio de regalos en el trabajo, en la escuela, en la reunión familiar. La emoción por descubrir qué hay detrás del papel de colores, las carcajadas, la comida exquisita, el calor de los seres queridos. En Navidad, cada quien pide a su gusto. Pero entonces surge una pregunta que vale la pena sostener un momento antes de seguir con la lista: ¿qué pediría Dios? ¿Qué le llevaríamos a Aquel que creó todo lo que existe, incluyendo nuestros propios corazones?
Si celebramos la Navidad en honor a Cristo —si nuestra respuesta sincera es «sí» cuando nos preguntamos si lo que festejamos es a Él—, entonces importa mucho saber lo que el Señor espera de nosotros. Y para eso, el profeta Miqueas tiene algo muy preciso que decir.
Miqueas 6 abre con una pregunta que podría salir de nuestra propia boca: «¿Con qué me presentaré ante el Señor, y adoraré al Dios Altísimo? ¿Me presentaré ante Él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agradará el Señor de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?» (Miq. 6:6-7). La pregunta escala rápido: de ofrendas modestas a sacrificios masivos, y finalmente al mayor precio imaginable: la vida de un hijo.
La lógica detrás de esa escalada nos resulta familiar. Queremos impresionar a Dios. Queremos llevarle algo suficientemente grande, suficientemente costoso, suficientemente visible, como para que la deuda quede saldada y los puntos en el cielo se acumulen. Pero la respuesta del texto es tajante: no. Dios no funciona así. No requiere de nosotros grandes sacrificios para ganarnos su favor, ni horas interminables de esfuerzo espiritual para pagar un pendiente. Ya Cristo lo pagó todo. Lo que el pasaje declara a continuación no es una carga añadida, sino una liberación: «Oh hombre, Él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios» (Miq. 6:8).
Tres cosas. Solo tres. Pero no triviales.
Primero: hacer lo correcto. Nuestro corazón, por su condición pecadora y cambiante, no puede por sí solo determinar lo que es justo. Necesita una brújula externa. Por eso la Escritura nos recuerda que «toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia» (2 Tim. 3:16). Acercarnos a la Palabra y aprender los estándares de Dios —no los nuestros ni los de la cultura— es el primer regalo que podemos llevarle al Señor, en Navidad y en cada día de la vida.
Segundo: amar la compasión. No se trata de dar limosna para que nos vean, ni de ayudar a quien pueda devolvérnosla. Se trata de la motivación del corazón. Jesús, en su caminar terrenal, era genuinamente movido por el amor cuando suplía las necesidades de quienes lo rodeaban —materiales, físicas, espirituales. Ese mismo impulso es el que el Señor espera encontrar en nosotros: un amor auténtico que nos mueva a servir al prójimo con tiempo, con recursos, con oración, con presencia.
Tercero: caminar en humildad. «El Señor aborrece a todo el que tiene el corazón altivo» (Prov. 16:5), pero al corazón contrito y humillado no lo desprecia (Sal. 51:17). Cuando la perspectiva que gobierna nuestra vida es que «de Él, por Él y para Él son todas las cosas» (Rom. 11:36), la humildad deja de ser un esfuerzo y se convierte en nuestra vestimenta natural ante el Todopoderoso.
Lo que el Señor demanda de ti: que hagas lo que es correcto, que ames la compasión y que camines humildemente con tu Dios.
Esta Navidad, el mejor presente que podemos poner a los pies de aquel que nació en un pesebre —y que hoy reina glorioso y triunfante— no es un sacrificio descomunal ni una demostración de religiosidad impresionante. Es nuestra vida entera, envuelta en justicia, compasión y humildad: los regalos que a Él le agradan, y que al mismo tiempo nos van conformando a su imagen.
Que esta Navidad encuentre nuestros corazones orientados no hacia lo que podemos acumular, sino hacia lo que podemos ofrecer. Eso, al final, es celebrar a Cristo de verdad.
¡Feliz Navidad en Cristo!
Sandra Morales Castillo es sierva de Cristo por gracia desde los doce años. Esposa de Janly Colón, madre de Odette y Felipe. Miembro de la IBI. Pediatra endocrinóloga, certificada en Estudios Teológicos por la Academia Ministerial de la Gracia (Santiago, RD).
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