Integridad y Sabiduria
Desarrollando convicciones firmes
Desarrollando convicciones firmes

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Vida cristiana

Desarrollando convicciones firmes

Aurita Gómez 6 abril, 2022

¿Qué define verdaderamente lo que somos? En gran medida, nuestras convicciones. La Real Academia Española las describe como ideas profundamente arraigadas que rigen el pensamiento y la conducta. Son ellas las que determinan los lugares que frecuentamos, las amistades que cultivamos y, sobre todo, las causas que estamos dispuestos a defender. Vivimos según lo que creemos, aun cuando no lo expresemos con esas palabras.

La historia de la humanidad registra innumerables relatos de hombres y mujeres que lucharon por sus ideales: algunos liberaron naciones, abolieron la esclavitud y dejaron un legado de bien para la humanidad; otros, en cambio, causaron un daño incalculable. Sea cual fuere el resultado, en todos ellos encontramos un denominador común: el empeño puesto en aquello que consideraban irrenunciable. Sus convicciones los movieron a actuar.

El hombre de convicciones más notables del Nuevo Testamento

En las páginas de la Biblia, ningún personaje encarna mejor el poder transformador de una convicción arraigada que el apóstol Pablo. Antes de su encuentro con Cristo en el camino a Damasco, Pablo perseguía a los cristianos con una determinación implacable, llegando incluso a aprobar su muerte. Sin embargo, ese mismo temperamento —esa misma intensidad de convicción— fue completamente rendido a Cristo. Y lo que siguió fue extraordinario.

Pablo enfrentó azotes, naufragios, peligros en ríos y ciudades, traiciones de falsos hermanos, hambre, sed, desnudez y encarcelamiento (2 Co. 11:23-28). No fue una vida de comodidad ni de aplausos. Fue una vida de resistencia constante. Y en esa resistencia se cumplió de manera palpable la advertencia que él mismo consignaría en su carta a Timoteo: «Y en verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos» (2 Ti. 3:12). Los capítulos 22 y 23 del libro de los Hechos narran con detalle algunas de esas situaciones de sufrimiento y oposición que Pablo enfrentó a lo largo de su ministerio.

Lo que sostuvo a Pablo no fue una fortaleza personal excepcional ni circunstancias favorables. Fue su confianza inquebrantable en el Dios en quien había creído. Se había apropiado de la promesa registrada en Deuteronomio: «Sean fuertes y valientes, no teman ni se aterroricen ante ellos, porque el Señor tu Dios es el que va contigo; no te dejará ni te abandonará» (Dt. 31:6). Esa Palabra no era para él un versículo decorativo: era el ancla de su alma.

Una fe que conoce a quién ha creído

La certeza de Pablo no era optimismo. Era teología vivida. Conocía profundamente al Dios en quien había depositado su confianza, y eso le permitía interpretar los acontecimientos a la luz de la providencia divina, no a la luz de lo que veían sus ojos. Sabía que sus sufrimientos tenían un propósito eterno (Ro. 8:28) y que la fortaleza para sostenerse no provenía de sus propias capacidades. Como él mismo escribió: «Bástate Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co. 12:9). La debilidad no era su enemiga; era el escenario donde el poder de Dios se manifestaba con mayor claridad.

William Henry Ward lo expresó con sobriedad: «Cada logro tiene un precio; cada meta, un oponente; cada victoria, un problema y cada triunfo, un sacrificio». Las palabras resuenan con fuerza cuando se leen a la luz de la vida de Pablo. No hay convicción sin costo.

¡Él vivió por la causa de Cristo! ¡Perseveró firme, luchando por la fe ante toda oposición, con sus ojos puestos en Su Salvador y Señor!

El precio de creer y la roca que no se mueve

Vale la pena detenerse ante estas preguntas con honestidad: ¿Cuál es el precio que hemos pagado por nuestra convicción de creer en Cristo? ¿Quiénes son nuestros oponentes? ¿Qué problemas hemos sorteado y qué sacrificios hemos hecho por defender la causa del evangelio? ¿Qué tan firme se encuentra nuestra fe para enfrentar las persecuciones que vendrán? ¿Está anclada en la Roca que no se mueve? (Sal. 89:26; 1 Co. 10:4).

Estas preguntas no buscan provocar culpa, sino claridad. La fe cristiana no fue diseñada para sobrevivir solo en tiempos de calma. Fue diseñada para resistir, precisamente porque quien la sostiene es más grande que cualquier fuerza que se le oponga. Como aprendemos del ejemplo de Pablo, es posible llegar a un nivel tan profundo de rendición que incluso las debilidades se conviertan en motivo de gloria, no porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino porque detrás de él opera la mano soberana del Dios que no abandona a los suyos. Esa es la convicción que sostiene. Esa es la fe que resiste.

Aurita Gómez

Aurita Gómez

Aurita Gómez es miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2006 y vive agradecida por haber sido alcanzada por Cristo en 2013. Sus pasiones son las misiones y el discipulado de mujeres. Actualmente estudia en el Instituto Integridad & Sabiduría y es Contador Público de profesión.

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