IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Engin Akyurt en Pexels
Aurita Gómez • 30 junio, 2022
La vida cristiana no siempre luce como esperamos. Podemos ser personas íntegras, comprometidas con la Palabra y fieles en el servicio, y aun así cargar con anhelos profundos que parecen no tener respuesta. Esta tensión entre la fe y la espera es, precisamente, el corazón de la historia que Lucas nos narra al comienzo de su evangelio.
En Lucas 1:5–24, encontramos a una pareja extraordinaria: Zacarías, sacerdote fiel, y Elisabet, descendiente de Aarón. De ambos se nos dice que eran «justos delante de Dios, y se conducían de manera intachable en todos los mandamientos y preceptos del Señor» (Lc. 1:6). Sin embargo, detrás de esa vida ejemplar había un dolor silencioso: Elisabet era estéril, y ambos eran ya de edad avanzada. La providencia de Dios no había satisfecho ese anhelo, y el tiempo parecía haberlo hecho definitivamente imposible.
En la cultura del primer siglo, la esterilidad era frecuentemente interpretada como señal del juicio de Dios. A la carga emocional de no poder concebir se añadía el peso social de la vergüenza. No es difícil imaginar los años de miradas, comentarios y preguntas que Elisabet debió soportar. Y aunque el texto no lo detalla, ese silencio narrativo habla por sí solo.
Muchos creyentes conocen esta experiencia desde adentro. Quizás no se trate de esterilidad, pero sí de otro anhelo largamente esperado que todavía no ha llegado: una restauración familiar, una puerta que no se abre, un llamado que aún no encuentra su cauce. La sociedad tiene sus propios cronogramas, y quien no los cumple suele enfrentar discriminación, presión o burla. Sin embargo, lo que el mundo interpreta como fracaso o ausencia, Dios puede estar preparando como el escenario de su mayor intervención.
Porque Dios «llama a lo que no es como si fuera» (Ro. 4:17). Él no está limitado por las circunstancias que a nosotros nos paralizan. Y fue precisamente en ese punto de aparente imposibilidad —cuando quizás Zacarías y Elisabet habían dejado de esperar— que el ángel del Señor se le apareció a Zacarías en el templo con una noticia que cambiaría el curso de la historia.
El mensaje del ángel fue contundente: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y lo llamarás Juan» (Lc. 1:13). Lo que por décadas había sido fuente de vergüenza, en un instante se convirtió en el punto de partida de una promesa de proporciones eternas. El hijo prometido no solo sería la alegría personal de esta pareja, sino el precursor del Mesías mismo, aquel que vendría a preparar el camino del Señor (Lc. 1:16–17).
Chuck Swindoll lo expresa de manera poderosa en su libro Jesús: la vida más grande de todas: «Dios estaba dando un mensaje al mundo con Juan el Bautista: "lo que hice a través de Elisabet, haré para la humanidad entera. La matriz estéril de Israel dará a luz un hijo"». Lo que parecía el capítulo más triste de su historia, Dios lo convirtió en el más glorioso. Su sufrimiento y su espera dejaron de ser una carga para volverse un testimonio.
Todo aquello que en un momento era motivo de vergüenza, ahora se convertiría en su más grande gloria y alegría.
Este principio no es exclusivo de Elisabet. Es la lógica del evangelio: Dios toma lo que está roto, lo que parece estéril e inútil, y lo transforma en instrumento de su gloria. El mismo Cristo que nació de una joven desconocida en un pesebre es el que hoy sigue obrando en vidas ordinarias para manifestar su poder extraordinario.
La historia de Elisabet y Zacarías no es simplemente un relato conmovedor del pasado. Es una invitación urgente al presente. El Dios que abrió la matriz estéril de Elisabet sigue siendo hoy el mismo Soberano misericordioso que transforma vidas. Su carácter no cambia, y su capacidad de actuar tampoco.
El apóstol Juan nos da esta certeza: «Si pedimos cualquier cosa conforme a su voluntad, Él nos oye» (1 Jn. 5:14). Nuestras oraciones no caen en el vacío; son escuchadas por un Padre que conoce el momento preciso en que debe intervenir. Y la sabiduría de Proverbios nos convoca a la postura correcta mientras esperamos: «Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento» (Pr. 3:5).
El llamado, entonces, es este: depositar los anhelos a los pies de Cristo, continuar buscando su rostro de manera intencional, escuchar con atención su Palabra y servir fielmente en lo que Él ha encomendado. Porque el dolor y el sufrimiento, rendidos a sus pies, no son el final de la historia. En las manos del Señor, en su tiempo oportuno, se convierten en el testimonio más poderoso de lo que Él puede hacer con lo que el mundo descarta como imposible.
Aurita Gómez es miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2006 y vive agradecida por haber sido alcanzada por Cristo en 2013. Sus pasiones son las misiones y el discipulado de mujeres. Actualmente estudia en el Instituto Integridad & Sabiduría y es Contador Público de profesión.
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