IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Aurita Gómez • 10 febrero, 2023
Vivir como cristianos en un mundo que abraza el pecado como verdad y llama bueno a lo malo tiene un costo real. Ese costo tiene nombre: persecución. A veces se presenta de forma sutil —una exclusión social, una mirada de desprecio— y otras veces toma la forma de legislaciones que buscan silenciar la Palabra de Dios en el espacio público. Sea cual sea su expresión, la persecución no es una anomalía en la vida del creyente; es, según las Escrituras, una consecuencia natural de nadar contra la corriente de este mundo caído.
El problema no es que la persecución llegue, sino que, cuando llega y se prolonga, solemos olvidar lo que Dios ya nos ha dicho al respecto. La pregunta que debemos hacernos no es «¿por qué me pasa esto?», sino «¿cómo debo responder?». Pedro nos ofrece un punto de partida: «¿Qué mérito hay, si cuando pecáis y sois tratados con severidad lo soportáis con paciencia? Pero si cuando hacéis lo bueno sufrís por ello y lo soportáis con paciencia, esto halla gracia con Dios» (1 Ped. 2:20). La respuesta cristiana a la persecución no nace del estoicismo ni de la resignación, sino de un enfoque deliberado y renovado en la verdad.
Cuando el sufrimiento se extiende y el rostro de Dios parece lejano, algo sucede en el interior del creyente: el sentido de autojusticia hace su entrada. Los sentimientos de amargura, falta de amor y de tolerancia comienzan a ganar terreno, y la verdad de la Palabra empieza a perder su peso. En esos momentos, lo que necesitamos no es más fuerza de voluntad, sino revisar el enfoque desde el cual estamos viviendo.
El primer ajuste necesario es recordar que ninguna prueba llega por casualidad. La situación que atravesamos, por dolorosa e interminable que parezca, obra para bien en la vida del creyente, porque así lo ha prometido el Señor: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito» (Rom. 8:28). Esta prueba no escapa del control de Dios. Él está obrando en este preciso momento, tanto en quien nos ofende como en nosotros mismos. Está desarrollando paciencia, enseñándonos a perdonar, formando en nosotros gracia y bondad hacia los enemigos. Sin embargo, estos frutos solo serán visibles si somos intencionales en cultivarlos: buscando el rostro de Dios, pidiendo su ayuda y poniendo por obra el amor que solo Él puede dar. Sin ese enfoque correcto, incluso el creyente puede ser endurecido por la prueba si su mirada está puesta en cualquier otro lugar que no sea Cristo.
El segundo ajuste es igualmente decisivo: necesitamos cambiar nuestras expectativas. La persecución no es la excepción; es la norma prometida para quienes viven en obediencia. El Señor mismo lo anticipó: «En el mundo tendréis tribulación» (Juan 16:33). Pablo, al escribir a Timoteo, fue igualmente directo: «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos» (2 Tim. 3:12). Saber esto de antemano no elimina el dolor, pero sí transforma nuestra disposición ante él. Como el atleta que se prepara con dedicación para una competencia —entregándolo todo, sin importar las horas de entrenamiento— el creyente debe prepararse con igual determinación, teniendo como meta el ejemplo de Cristo.
Esa preparación incluye, de manera ineludible, renunciar a la venganza. La Escritura es clara: «Amados, nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: MÍA ES LA VENGANZA, YO PAGARÉ, dice el Señor» (Rom. 12:19). Aunque la justicia de Dios parezca tardía, y aunque no lleguemos a verla con nuestros propios ojos, la fidelidad del Señor es el fundamento firme sobre el cual descansar. Esa misma fidelidad lo llevó hasta la muerte por nosotros.
Que tu prueba no apague tu amor; cada día al encontrarte con esa persona que te persigue, pídele a Dios que lo alcance con su salvación, y que te dé a ti el amor que necesitas por ella, para ser un testimonio vivo ante un mundo que se pierde.
El tercer llamado es al amor activo. El sacrificio de Cristo nos recuerda que hemos sido llamados a amar a nuestros enemigos, no de forma abstracta, sino concreta: «Pero si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, y si tiene sed, dale de beber, porque haciendo esto, carbones encendidos amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido por el mal, sino vence con el bien el mal» (Rom. 12:20-21). Ese amor no es una emoción que se genera por esfuerzo propio; es un don que se recibe de rodillas, pidiendo al Señor lo que solo Él puede dar.
Vale la pena detenerse y hacer una evaluación honesta: ¿estoy pidiendo a Dios que me ayude a amar y perdonar a mis enemigos? ¿Estoy buscando el propósito de Dios en medio de lo que me está ocurriendo? ¿Cómo estoy manejando los deseos de venganza? Si al reflexionar descubrimos que nuestras reacciones y emociones no están llevando la luz del evangelio a quienes nos rodean, ese es el momento de acudir al trono de la gracia para pedir perdón y recibir ayuda.
La persecución es real, pero también lo es la promesa: un corazón contrito y humillado, Dios no lo desprecia. Y el Dios que fue fiel hasta la cruz no dejará caído al justo. Permanezcamos firmes, con la mirada puesta en Cristo, confiados en sus promesas.
Aurita Gómez es miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2006 y vive agradecida por haber sido alcanzada por Cristo en 2013. Sus pasiones son las misiones y el discipulado de mujeres. Actualmente estudia en el Instituto Integridad & Sabiduría y es Contador Público de profesión.
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