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Iglesia Bíblica de la Gracia
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Aurita Gómez • 18 agosto, 2022
Cada día nos encontramos rodeados de una infinidad de opciones: productos, ideas, experiencias, estilos de vida. Los sentidos son constantemente bombardeados por propuestas que prometen satisfacción, identidad y plenitud. El tema de las preferencias personales ocupa hoy el centro de incontables debates culturales y sociales en todo el planeta. Sin embargo, detrás de esa búsqueda incesante late una pregunta más profunda: ¿qué es lo que realmente llena el alma?
El ser humano, por naturaleza, busca sin descanso aquello que le produzca gozo y satisfacción duradera. Pero esa búsqueda, cuando se conduce al margen de Dios, termina inevitablemente en vacío. La Escritura nos presenta una alternativa radical: no la conformidad con este siglo, sino la transformación desde adentro. «Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y agradable y perfecto» (Rom. 12:2). Este artículo explora qué significa vivir esa transformación de manera concreta y cotidiana.
En Juan 3 encontramos a Nicodemo, un hombre prominente entre los judíos, que se acercó a Jesús reconociendo en Él la señal inequívoca de que había sido enviado por Dios. Jesús, en lugar de responder a sus expectativas religiosas, lo confrontó con una verdad que lo desafiaba en lo más profundo: «En verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3). Nicodemo tenía conocimiento, posición y sinceridad, pero le faltaba lo esencial: el nuevo nacimiento.
Comprender el sacrificio de Cristo en la cruz —quien dio su vida para pagar el precio por nuestros pecados y librarnos de la ira de Dios— es lo que abre los ojos para ver al único capaz de satisfacer la necesidad más profunda del alma. El nuevo nacimiento no es una mejora del yo antiguo; es una ruptura con él. Implica despojarse del viejo hombre, saturado de las ofertas engañosas del mundo que quizás producen satisfacción momentánea, pero no un gozo permanente y duradero. Nicodemo conocía la verdad, pero ese conocimiento no estaba anclado en su corazón. Y muchos creyentes hoy enfrentan la misma tensión: han probado las opciones que la cultura presenta como aceptables y deseables, pero su fin solo deja vacío y soledad.
El nuevo nacimiento marca el comienzo, pero la transformación es un proceso continuo que requiere disciplina y dirección. Para orientar bien los afectos renovados, es indispensable pasar tiempo en la Palabra de Dios. Ella no es simplemente un manual de instrucciones, sino un espejo que revela lo profundo del ser, expone las intenciones del corazón y muestra con claridad cuál es la voluntad de Dios. Efesios 4:22-24 lo describe con precisión: «que, en cuanto a la anterior manera de vivir, ustedes se despojen del viejo hombre, que se corrompe según los deseos engañosos, y que sean renovados en el espíritu de su mente, y se vistan del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de Dios, ha sido creado en la justicia y la santidad de la verdad».
No es necesario conformarse con las baratijas que ofrece el mundo. Jesús mismo lo afirmó: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10). En Él hay plenitud real, un gozo que no se agota. La Palabra es la herramienta que Dios ha dado para identificar las creencias culturales que no tienen fundamento bíblico, reconocer las áreas donde el viejo hombre sigue ejerciendo influencia, y pedir al Espíritu Santo que obre un cambio profundo que traiga gloria a Dios y gozo genuino a la vida del creyente.
No tenemos que conformarnos con las baratijas y mentiras que nos ofrece el mundo. En Él hay plenitud y gozo que no se agota, y que realmente satisface.
Vivir una vida que agrade al Señor, alejada de las mentiras de la cultura, tiene un costo real. Puede implicar pérdida de amistades, rechazo e incluso persecución. Pero el creyente no vive para este siglo. Somos nueva criatura en Cristo (2 Cor. 5:17), y tenemos por delante una esperanza que ninguna experiencia temporal puede ofrecer: una eternidad en la presencia de nuestro Salvador. La promesa es firme: «Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Apoc. 21:4).
La pregunta que queda sobre la mesa es directa y necesaria: ¿estás viviendo por Cristo o sigues adorando los falsos dioses de la cultura? Mírate en el espejo de la Palabra. Identifica lo que debe ser abandonado. Pide perdón y clama al Espíritu Santo por un cambio total. La transformación es posible, y su fruto es una vida que glorifica a Dios y encuentra en Él su verdadera y completa satisfacción.
Aurita Gómez es miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2006 y vive agradecida por haber sido alcanzada por Cristo en 2013. Sus pasiones son las misiones y el discipulado de mujeres. Actualmente estudia en el Instituto Integridad & Sabiduría y es Contador Público de profesión.
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