Integridad y Sabiduria
Descansando en Dios en medio de una pérdida
Descansando en Dios en medio de una pérdida

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Emociones y alma

Descansando en Dios en medio de una pérdida

Angélica Rivera de Peña 2 marzo, 2021

Hay algo que todos los seres humanos compartimos de este lado de la gloria: las lágrimas, las pérdidas, los valles que nadie elige pero que todos, tarde o temprano, deben cruzar. Cada persona carga su propia historia, y en algún punto de ese camino la vida se vuelve oscura, pesada, silenciosa. Sin embargo, lo que distingue a quienes pertenecen a Cristo no es la ausencia del dolor, sino lo que ocurre en medio de él. El salmista lo describe así: «¡Qué alegría para los que reciben su fuerza del Señor... Cuando anden por el Valle del Llanto, se convertirá en un lugar de manantiales refrescantes... Ellos se harán cada vez más fuertes, y cada uno se presentará delante de Dios» (Sal. 84:5-7).

Nuestro buen y sabio Dios, que nos ama con un amor que excede todo entendimiento, permite que atravesemos tiempos de dolor, pero no nos deja solos. Él consuela llegando hasta lo más profundo del alma, allí donde duele. Esos tiempos de pérdida no son los que hubiéramos escogido jamás, pero pueden convertirse en temporadas de comunión íntima con el Señor: a sus pies, encontramos la fortaleza para vivir un día a la vez —y a veces una hora a la vez—, confiando en que Él guía aun en medio de la oscuridad.

Lo que Dios revela en la luz sigue siendo verdad en la oscuridad

La primera verdad que sostiene al creyente en el valle es esta: no dudes en la oscuridad de tus días lo que Dios te reveló en la luz. Él es bueno, te ama, quiere lo mejor para ti y es sabio en todo lo que hace. En los tiempos de dolor existe la tentación de evaluar el carácter de Dios a partir de lo que sentimos o percibimos. Pero los sentimientos, aunque reales y válidos, no son la medida de la realidad. Lo que conocimos de Dios en tiempos de gozo y claridad —su bondad, su fidelidad, su soberanía— sigue siendo igualmente cierto en los tiempos de quebranto. «Tú eres bueno y haces únicamente el bien; enséñame tus decretos» (Sal. 119:68).

La segunda verdad es que llorar no es pecado. Sentir tristeza no es falta de fe. El error no está en el dolor, sino en pretender que nada ocurrió: tapar la herida sin tratarla solo la infecta. Los Salmos nos muestran el camino: derramar el corazón delante de Dios con honestidad total. «Estoy tirado en el polvo; revíveme con tu palabra» (Sal. 119:25). «Lloro con tristeza; aliéntame con tu palabra» (Sal. 119:28). La honestidad emocional delante de Dios no es debilidad; es adoración en espíritu y en verdad.

El soporte de la comunidad y el ancla de la Palabra

La tercera verdad es que el dolor no fue diseñado para cargarse en soledad. Dios, en su gracia, nos da una familia de fe: personas que oran, que acompañan, que llevan cargas con nosotros. Buscar ese soporte no es señal de falta de fe, sino de humildad y sabiduría. La Escritura es clara: «Es mejor ser dos que uno, porque ambos pueden ayudarse mutuamente a lograr el éxito. Si uno cae, el otro puede darle la mano y ayudarle; pero el que cae y está solo, ese sí que está en problemas» (Ecl. 4:9-10). Dejarse servir y amar por la comunidad es también una forma de recibir el cuidado de Dios.

La cuarta verdad, quizás la más práctica, es aferrarse a la Palabra de Dios con toda la fuerza disponible. Hay temporadas en que la Biblia deja de ser un libro de estudio para convertirse en medicina del alma, en el único sostén que queda en pie. Pegar versículos en las paredes, leer en voz alta, memorizar: todo recurso es válido cuando se trata de mantener la mente anclada en la verdad. «Tu promesa renueva mis fuerzas; me consuela en todas mis dificultades» (Sal. 119:50). «Si tus enseñanzas no me hubieran sostenido con alegría, ya habría muerto en mi sufrimiento» (Sal. 119:92). La Palabra no elimina el dolor, pero otorga una perspectiva desde la cual mirarlo.

Si tus enseñanzas no me hubieran sostenido con alegría, ya habría muerto en mi sufrimiento. Jamás olvidaré tus mandamientos, pues por medio de ellos me diste vida (Sal. 119:92-93).

El valle tiene un propósito más grande que nosotros mismos

La quinta verdad es la más transformadora: esta vida no gira alrededor de nosotros. Es fácil quedar absorto en los propios problemas, afanes y pérdidas, hasta perder de vista que el mundo no gira alrededor de ninguno de nosotros. Los tiempos de quebranto, orquestados por la providencia de Dios, tienen el poder de romper esa ilusión y recordarnos que de principio a fin todo se trata de Él y todo es para Él. Hay una realidad espiritual que nos sobrepasa: Dios está en su trono y lo gobierna todo. Nuestras vidas existen para darle gloria, en la abundancia y en la escasez, en el gozo y en el llanto. El profeta Habacuc lo expresó desde la fe más valiente: «Aunque las higueras no florezcan y no haya uvas en las vides... ¡aun así me alegraré en el Señor! ¡Me gozaré en el Dios de mi salvación! ¡El Señor Soberano es mi fuerza!» (Hab. 3:17-19).

Bendito sea el nombre del Señor en tiempo de abundancia, de escasez o de pérdida. El valle no es el fin del camino; es el lugar donde los manantiales brotan y donde los que confían en Dios salen más fuertes de lo que entraron.

Angélica Rivera de Peña

Angélica Rivera de Peña

Angélica Rivera de Peña es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana y sirve junto a su esposo, el pastor Joel Peña, en el ministerio de Vida Joven. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y posee un certificado en ministerio del Southern Baptist Theological Seminary a través del Seminary Wives Institute. También forma parte del equipo del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con Joel, y juntos tienen dos hijos: Samuel y Abigail.

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