IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La palabra diezmo proviene del latín decimus, que significa «décima parte». Tanto en hebreo como en griego —los idiomas originales de las Escrituras— los términos empleados transmiten ese mismo significado. Bajo este sistema, Dios ordenó a Israel apartar una porción de sus ingresos para sostener a los sacerdotes levitas, sufragar los gastos del tabernáculo y proveer para las viudas, los huérfanos y los pobres. Aunque este esquema no se replica de manera idéntica en la iglesia del Nuevo Testamento, hay un principio espiritual detrás de él que no ha caducado.
Comprender qué dice la Biblia sobre el diezmo exige examinar honestamente tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, sin reducir la pregunta a un mero cálculo de porcentajes, sino entendiéndola como una cuestión de mayordomía, corazón y confianza en Dios.
La base del diezmo se encuentra en pasajes como (Lv 27:30–32): «Todo el diezmo de la tierra, de la semilla de la tierra o del fruto del árbol, es del SEÑOR; es cosa consagrada al SEÑOR». Dios no reclamaba una décima parte porque la necesitara, sino porque quería enseñar a su pueblo que todo ingreso y toda cosecha procedían de su mano.
En la práctica, Israel operaba con tres formas de diezmo. La primera consistía en un diez por ciento destinado directamente a la tribu de Leví, que no había recibido heredad territorial. Como dice (Nm 18:21): «He aquí que yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel por heredad, a cambio de su ministerio en el cual sirven, el ministerio de la tienda de reunión». La segunda porción también equivalía a un diez por ciento y se destinaba al sostenimiento del templo y sus gastos. La tercera se recogía cada tercer año y se entregaba para la manutención de los más vulnerables, como indica (Dt 26:12): «lo darás al levita, al forastero, al huérfano y a la viuda, para que puedan comer en tus ciudades y sean saciados». En conjunto, el sistema podía representar hasta un veintitrés por ciento de los ingresos anuales.
Este antecedente es significativo: si bajo la ley Israel era llamado a dar con tanta generosidad, ¿cuánto más debería disponerse a dar quien vive bajo la gracia del evangelio y ha recibido mucho más?
El Nuevo Testamento no deroga la lógica del diezmo; más bien la profundiza. Cuando Jesús reprende a los fariseos en (Mt 23:23), no les dice que dejen de diezmar, sino que no descuiden «los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad», añadiendo que esas «son las cosas que debíais haber hecho, sin descuidar aquéllas». Cristo afirma el valor del diezmo y, al mismo tiempo, lo ubica en su lugar correcto: es una expresión del corazón, no un sustituto de la obediencia integral.
El pasaje más claro del Nuevo Testamento sobre la mayordomía financiera es (2 Co 9:6–7): «El que siembra escasamente, escasamente también segará; y el que siembra abundantemente, abundantemente también segará. Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre». La encomienda no es dar lo mínimo indispensable, sino dar con libertad, generosidad y gozo.
Vale notar también que Abraham pagó el diezmo a Melquisedec (Gn 14:20) antes de que la Ley de Moisés se instituyera, lo que evidencia que la disposición del corazón —no la obligación legal— es la raíz de la ofrenda agradable a Dios. El diezmo, así entendido, no es una carga, sino una disciplina espiritual que nos ayuda a soltar el control del dinero y recordar que nuestro verdadero tesoro está en el reino de los cielos.
Cada vez que alguien pregunta acerca de si el diezmo está aún vigente en el Nuevo Testamento, la idea detrás de esa pregunta es si puedo dar a Dios menos del 10%, lo cual revela las intenciones del corazón detrás de esa pregunta. Nunca hemos encontrado a un cristiano que esté en desacuerdo con el diezmo para dar un once, un doce o un trece por ciento.
Algunos creyentes se preguntan si deben diezmar sobre sus ingresos brutos o netos. Dado que el Nuevo Testamento no lo especifica, cada quien debe examinarse delante de Dios. Una postura razonable es diezmar sobre el ingreso neto, puesto que los impuestos retenidos son fondos de los que el creyente no puede disponer; no constituyen un ingreso real que haya entrado en su bolsillo.
Otros preguntan si deben diezmar sobre un préstamo. La respuesta es no: un préstamo no es un ingreso, sino una deuda que genera un déficit inmediato. Dios no llama a nadie a diezmar de su déficit. Dicho esto, la Biblia es clara en que los préstamos deben evitarse en la medida de lo posible. Como advierte (Pr 22:7): «El que toma prestado es esclavo del que presta». El endeudamiento muchas veces es fruto de una administración descuidada o de decisiones motivadas por la vanidad, y el cristiano haría bien en orar y asegurarse de que cualquier préstamo obedece a una necesidad genuina que honra a Dios.
Las razones para diezmar no han desaparecido. Los pastores necesitan sostenimiento, la iglesia genera gastos reales, el ministerio requiere recursos y los necesitados siguen entre nosotros. El diezmo no es, en última instancia, un mandato legal que cumplir a regañadientes; es una declaración de confianza: un reconocimiento de que Dios es el dueño de todo y de que vivir con las manos abiertas es más liberador que aferrarse a lo que nunca nos perteneció del todo. Dios puede construir su reino sin nuestra contribución, pero en su gracia ha dispuesto que seamos parte de esa obra. Dar con alegría es una de las formas más concretas en que esa gracia se expresa en la vida del creyente.
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