IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El episodio en que Salomón pide sabiduría para gobernar a Israel no es simplemente un relato de humildad regia; es una ventana al corazón de Dios. Cuando el joven rey reconoció su incapacidad ante un pueblo numeroso y complejo, no pidió riquezas, larga vida ni victoria sobre sus enemigos. Pidió discernimiento. Y la respuesta divina fue inequívoca: «Fue del agrado a los ojos del Señor que Salomón pidiera esto» (1 R. 3:10). Dios no solo concedió lo pedido; se complació en ello.
Esta historia nos revela algo profundo: el discernimiento no es un accesorio espiritual opcional. Es una cualidad que todo creyente debiera anhelar, y algo en lo que Dios mismo se deleita. La petición de Salomón fue genuina, y Dios supo reconocerla como tal. Esa misma genuinidad es la que Dios busca en nosotros hoy.
Salomón percibió, antes de asumir el trono, que gobernar a Israel requería algo que él, por sí solo, no poseía. Su conciencia de la magnitud de la tarea lo llevó a buscar la asistencia de Dios. Ese mismo principio aplica a nuestra vida cotidiana: cuando aumentan las opciones y la complejidad, aumenta la necesidad de discernir.
Basta con comparar el paisaje cultural de hace algunas décadas con el de hoy. Hace cincuenta años, incluso entre las opciones disponibles en los medios de comunicación, había ciertos valores morales compartidos que ofrecían alguna garantía sobre el contenido. Hoy ese marco ha desaparecido casi por completo. Las alternativas se han multiplicado de forma exponencial, las estructuras familiares enfrentan presiones sin precedentes, y las naciones lidian con tensiones éticas, políticas y sociales de enorme complejidad. En ese contexto, el cristiano que desee caminar en integridad de corazón no puede darse el lujo de vivir sin discernimiento.
Y este discernimiento, conviene subrayarlo, no es automático. Es una característica del hijo de Dios que ha alcanzado cierta madurez espiritual. Y esa madurez no llega sino a través del alimento sólido de la Palabra (He. 5). No basta con la «leche» de las verdades elementales; se requiere una inmersión sostenida y deliberada en las Escrituras.
El libro de Proverbios articula con precisión esta dinámica. El llamado es directo: «Hijo mío, si recibes mis palabras, y atesoras mis mandamientos dentro de ti, da oído a la sabiduría, inclina tu corazón al entendimiento» (Pr. 2:1-2). La imagen es la de alguien que busca un tesoro enterrado, que excava con determinación porque valora lo que sabe que encontrará.
En ese texto se identifican al menos dos condiciones fundamentales para el desarrollo del discernimiento. La primera es la recepción de la Palabra como revelación autoritativa, es decir, aceptar la Biblia como la brújula que orienta la vida. La segunda es atesorar los mandamientos de esa Palabra en el interior de la persona. Ese proceso de interiorización forma y afina la conciencia, que es uno de los instrumentos mediante los cuales el creyente discierne.
Pero hay además una condición del corazón que Proverbios no deja pasar por alto: el aprecio. «Si la buscas como a plata, y la procuras como a tesoros escondidos» (Pr. 2:4). Quien no ama el discernimiento no buscará la sabiduría de Dios. No se esforzará por entender su Palabra ni se disciplinará para estudiarla. Su capacidad de discernir permanecerá estancada. En cambio, quien valora el discernimiento amará el estudio de las Escrituras, porque sabe que allí está la fuente: «El Señor da sabiduría, de su boca vienen el conocimiento y la inteligencia» (Pr. 2:6).
Aquellos que no aman el discernimiento no van a buscar la sabiduría de Dios, y por tanto su discernimiento va a permanecer estancado, o no desarrollado.
Todo lo anterior —la disposición del corazón, el estudio fiel de la Palabra, la interiorización de los mandamientos— sería insuficiente sin un elemento que lo atraviesa todo: la iluminación del Espíritu Santo. El apóstol Pablo lo expresa con claridad: «El hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente» (1 Co. 2:14).
No se trata únicamente de que el hombre no regenerado carezca de aprecio por la sabiduría divina. El problema es más profundo: aunque la lea, no puede entenderla. Las cosas de Dios requieren ser iluminadas por el Espíritu para ser comprendidas correctamente. El discernimiento espiritual, en última instancia, es la capacidad de ver la vida a través de la revelación de Dios; pero esa revelación necesita ser encendida desde adentro por el mismo Espíritu que la inspiró.
Por eso el cultivo del discernimiento no es un proyecto de autosuperación intelectual ni una disciplina meramente académica. Es el fruto de una vida en dependencia del Espíritu, alimentada por la Palabra, orientada por la conciencia formada en la verdad, y animada por un genuino amor a la sabiduría que viene de Dios.
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