IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Desde los primeros capítulos del Génesis, Dios se revela como un Dios que desea el bien de sus criaturas. Creó todas las cosas, las declaró buenas y entregó al ser humano un mundo fértil y abundante para que lo administrara con sabiduría (Gn. 1:28). Pero esa imagen de plenitud se quebró en Génesis 3: la desobediencia destruyó el bienestar, se acabó el reposo y se perdió la prosperidad que Dios había pactado con el hombre. Lo que en un principio era vida plena se convirtió en esfuerzo, muerte y vacío.
Es precisamente en ese contexto de pérdida donde cobra todo su peso la declaración de Jesús en Juan 10:10: «El ladrón solo viene para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn. 10:10). Esta promesa no es un añadido decorativo al evangelio; es su núcleo mismo. Cristo vino a recobrar y restaurar lo que el Padre había ofrecido al hombre desde el principio.
La palabra traducida como «abundancia» en Juan 10:10 proviene del griego perisso, que significa superabundancia, exceso, más que suficiente, extraordinario, mucho más de lo necesario. En su dimensión hebrea, esta realidad se describe con la palabra shalom: un estado integral de bienestar, salud y reposo; estar completo en cuerpo, mente, emociones y relaciones. Este es el tipo de vida que el Buen Pastor vino a darnos, no una existencia a medias, sino una plenitud que desborda toda expectativa humana, tal como lo afirma el apóstol Pablo: Dios «puede hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos» (Ef. 3:20).
Frente a esta generosidad del Buen Pastor, el texto contrasta la figura del ladrón. Los impostores religiosos que desvían al rebaño no traen vida; traen muerte espiritual. Son, en palabras del texto, asesinos de almas. Por eso la identificación correcta del pastor verdadero no es un asunto secundario: de ella depende que el creyente reciba alimento genuino o quede expuesto al robo y la destrucción.
Cristo, en cambio, vino a poner vida donde había muerte. El pueblo de Dios, disperso y sin esperanza, se asemejaba al valle de huesos secos de la visión del profeta Ezequiel (Ez. 37); y fue precisamente a ese valle donde el Señor descendió para infundir aliento de vida. Mediante su muerte y resurrección, Jesús abrió una nueva dimensión de existencia: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17). Y el precio de esa restauración fue incalculable: «Ustedes saben que no fueron redimidos de su vana manera de vivir heredada de sus padres con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha: la sangre de Cristo» (1 P. 1:18-19).
Una de las expresiones más concretas de esta vida abundante es el descanso. Dios mismo descansó al séptimo día (Gn. 2:2), instituyó el reposo como precepto en la Ley (Lv. 23:3; Dt. 5:14) y durante su ministerio terrenal mandó a sus discípulos a lugares tranquilos para que recuperaran fuerzas: «Vengan, apártense de los demás a un lugar solitario y descansen un poco» (Mr. 6:31). El descanso no es pereza ni ausencia de propósito; es obediencia, es intimidad con Dios, es el espacio donde el espíritu, el cuerpo y el ser entero se renuevan verdaderamente.
La autora de este artículo lo vivió en carne propia. En cierta ocasión, Dios le concedió un período de descanso que ella, sin reconocerlo, llenó de actividad y afán. Fue en la madrugada, a través de las palabras de Hebreos 4, cuando el Señor la confrontó: «Por tanto, temamos, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en Su reposo, alguno de ustedes parezca no haberlo alcanzado. Porque en verdad, a nosotros se nos ha anunciado las buenas nuevas, como también a ellos. Pero la palabra que ellos oyeron no les aprovechó por no ir acompañada por la fe en los que la oyeron» (He. 4:1-2). Y más adelante: «Por tanto, esforcémonos por entrar en ese reposo, no sea que alguien caiga siguiendo el mismo ejemplo de desobediencia» (He. 4:11).
El texto es claro: no entrar en el reposo que Dios ofrece es una forma de desobediencia. Es rechazar una gracia que el Padre ha preparado con cuidado para sus hijos.
No entrar en el reposo que Dios ofrece es desobediencia; es rechazar una gracia que el Padre ha preparado con cuidado para sus hijos.
Cristo es siempre algo más y algo mejor. La fe en Él como Mesías e Hijo de Dios es el único camino para ser librado del pecado y de la muerte, para recibir vida eterna, y para encontrar la fuente genuina del conocimiento de Dios y la seguridad espiritual que el alma necesita. Ese reposo que el mundo no puede dar ni quitar comienza en el momento en que el creyente confía plenamente en el Buen Pastor que dio su vida por el rebaño. El tiempo libre que Dios concede no es un vacío que llenar con actividades; es una invitación a la intimidad con Él, donde el alma encuentra lo que verdaderamente busca: descanso, plenitud y la vida abundante que solo Cristo puede dar.
María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.
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