IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El apóstol Pablo, al escribir a los corintios, afirma que existe una hermosa diversidad de dones, ministerios y operaciones, todos provenientes del mismo Espíritu, el mismo Señor y el mismo Dios (1 Co. 12:4–6). Entre esos dones se encuentra uno que resulta especialmente necesario en tiempos de confusión doctrinal: el discernimiento de espíritus. Comprender qué es este don, cómo se ejerce y cómo se desarrolla es indispensable para todo creyente que desee servir con fidelidad a la iglesia de Cristo.
Para entenderlo bien, conviene partir de las palabras mismas que lo describen.
En el Nuevo Testamento, la palabra «poder» se traduce de dos términos griegos con significados distintos. Dynamis alude a la capacidad moral o física, la fuerza en sí misma, mientras que exousia denota la autoridad delegada, el derecho o privilegio concedido por otro. Cuando Jesús prometió: «recibirán poder» (Hch. 1:8), empleó dynamis, indicando que sus discípulos recibirían una capacidad que no poseían por sí mismos, sino que vendría del Espíritu Santo. Así, todo don espiritual implica una fuerza que Dios mismo imparte, no un logro personal del creyente.
El discernimiento, por su parte, es la capacidad de elegir con acierto entre opciones que, a primera vista, pueden parecer igualmente válidas. Requiere reflexión profunda y análisis cuidadoso. Cuando ambos conceptos se combinan en el don del discernimiento de espíritus, el resultado es una facultad sobrenatural para detectar si una persona habla por el Espíritu Santo o de parte de Satanás. Fue precisamente este poder el que capacitó al apóstol Pedro para denunciar a Simón el mago como alguien «envenenado por la amargura y sujeto a la iniquidad» (Hch. 8:20–23). En otras palabras, quien recibe este don puede distinguir entre el justo y el perverso, entre quien realmente sirve a Dios y quien, afirmando servirle, sirve en realidad a sus propios intereses (Mal. 3:18).
Un principio fundamental que Pablo establece en 1 Corintios 12 es que el Espíritu se manifiesta en cada creyente impartiéndole algún don. No hay miembro del cuerpo de Cristo que quede excluido: todos tienen una función que cumplir. Dios es quien capacita a cada uno a través del Espíritu Santo, y lo hace «para el bien de todos» (1 Co. 12:7). Esto significa que ningún don espiritual, incluido el discernimiento, tiene como propósito la exhibición personal ni la gratificación propia. Su finalidad es servir al cuerpo, protegerlo del error y contribuir a su crecimiento en la verdad.
Esta claridad es determinante. Quien ejerce el don del discernimiento de espíritus no lo hace para demostrar superioridad espiritual, sino para guardar a la comunidad de creyentes de impostores y de doctrinas que buscan desviarla. Es un ministerio de protección y amor, ejercido con humildad y sujeto siempre a la Palabra de Dios.
El punto central es que debemos estar apercibidos de que los dones no son para nuestra propia exhibición ni para nuestra propia gratificación, sino para ayudar a otros.
Reconocer el don es solo el comienzo. Ejercerlo con eficacia exige madurez espiritual, y esa madurez se construye con tiempo, disciplina y una dieta sostenida de la Palabra de Dios. El autor de Hebreos lo expresa con claridad: «el alimento sólido es para los adultos, los cuales por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal» (He. 5:14). Tres elementos son indispensables para este crecimiento: tiempo dedicado al estudio, conocimiento creciente de las Escrituras y experiencia concreta en el uso de la Palabra para distinguir entre el bien y el mal.
Sin esta formación firme, extensa y profunda, los sentidos espirituales permanecen inmaduros, y el creyente queda expuesto a ser, como advierte Pablo, «llevado a la deriva por todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error» (Ef. 4:14). El Espíritu Santo ayuda a agudizar el discernimiento, pero lo hace a través del creyente que se disciplina en la Palabra, no al margen de ella.
El don del discernimiento de espíritus no es un privilegio para pocos ni una marca de élite espiritual. Es parte de la generosa provisión que Dios ha hecho para su iglesia, distribuida según su soberana voluntad. Cada creyente tiene algo que aportar al cuerpo; cada don cumple una función necesaria. Quienes han recibido el poder de discernir espíritus tienen la responsabilidad de cultivarlo con seriedad, ejercerlo con amor y orientarlo siempre hacia la edificación de la comunidad. La diversidad de dones no genera competencia; revela la sabiduría de un Dios que cuida a su pueblo proveyéndole todo lo que necesita para mantenerse firme en la verdad.
María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.
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