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Jesús, como ser humano único y prodigioso.
Jesús, como ser humano único y prodigioso.

Foto de Becca Correia en Pexels

Teología y doctrina

Jesús, como ser humano único y prodigioso.

Maria del Carmen Tavarez 26 febrero, 2023

En una sola frase, el apóstol Pablo condensa el corazón del evangelio: «E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Él fue manifestado en la carne, Vindicado en el Espíritu. Contemplado por ángeles, Proclamado entre las naciones, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria» (1 Ti. 3:16). Con estas seis afirmaciones concisas, Pablo le explica a su discípulo Timoteo en qué consiste el «ministerio de la piedad»: la encarnación del Hijo de Dios, su misión redentora y su gloriosa exaltación. Todo ello como fundamento de la conducta que debe caracterizar a la iglesia, columna y baluarte de la verdad.

Este misterio no es una especulación filosófica ni una doctrina abstracta. Es el Cristo personal —Dios mismo revelado al mundo—, una realidad que está «más allá de toda duda», como lo indica el propio Pablo. Su propósito es producir fruto de piedad genuina en quienes lo reciben por fe. De hecho, la estructura poética del versículo sugiere que el apóstol citaba un antiguo himno o confesión de fe, lo que nos habla de cuán temprano y profundamente la iglesia primitiva arraigó su adoración en la persona de Jesucristo.

Jesús: plenamente Dios, plenamente humano

El «misterio de la piedad» comienza con una afirmación que desafía toda comprensión humana: la Palabra eterna se hizo carne. Jesús, quien desde el principio estaba con el Padre y por medio de quien todas las cosas fueron hechas (Jn. 1:1-4), entró en la historia como un ser humano real. Nació en una familia humilde, creció sujeto a sus padres, aprendió, tuvo hambre, sintió cansancio y fue tentado —aunque sin pecar— (Lc. 2:41-52). Su propia familia no lo comprendía ni creía en él (Jn. 7:3-5). Sus amigos más cercanos se quedaron dormidos cuando más los necesitaba. Fue traicionado, abandonado y negado por aquellos a quienes él mismo llamó «amigos» (Jn. 15:15).

Esta realidad es teológicamente significativa y pastoralmente consoladora a la vez. Jesús conoce desde adentro la fragilidad humana: entiende las expectativas rotas, los sueños frustrados, las luchas y los conflictos de vivir en un mundo hostil. Por eso mismo, la respuesta que el evangelio exige no es mera admiración intelectual, sino alineamiento de la voluntad con la de Cristo. Como afirma Pedro: «Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu» (1 P. 3:18). Nuestra vida entera debe ser reflejo de ese amor sacrificial.

El plan soberano de Dios en la cruz

La oposición contra Jesús no fue espontánea ni accidental. Los líderes religiosos de diversas corrientes se unieron en su rechazo a sus enseñanzas y, finalmente, tramaron su muerte. Contaron para ello con la traición de Judas Iscariote, aunque Jesús sabía desde el principio quién lo entregaría (Jn. 6:64, 70). El proceso fue ilegal desde sus cimientos: fue juzgado sin garantías, enviado ante Pilato —único con autoridad para ordenar la ejecución—, remitido a Herodes, quien se burló de él, y devuelto al procurador romano. Pilato reconoció su inocencia y buscó liberarlo, pero cedió ante la presión del pueblo. Se lavó las manos como gesto simbólico de desacuerdo y, aun así, lo entregó para ser crucificado tras azotarlo (Mt. 27:1-2, 11-26).

Sin embargo, detrás de toda esa injusticia humana operaba la soberanía divina. El discurso de Pedro en Pentecostés lo declara con claridad: «pero Dios sabía lo que iba a suceder y su plan predeterminado se llevó a cabo cuando Jesús fue traicionado» (Hch. 2:23, NTV). Desde la eternidad, Dios dispuso que Cristo muriera como sacrificio expiatorio (2 Ti. 1:9). Las manos de los inicuos crucificaron a Jesús (Hch. 4:27), y aun así todo ocurrió dentro del determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios. Incluso el Proverbios lo enuncia con asombrosa claridad: «Todas las cosas hechas [por el Señor] tienen su propio fin, hasta el impío, para el día del mal» (Pr. 16:4).

Dios es bueno, nunca es injusto al tratar con Su pueblo. Como creador soberano, tiene el derecho de actuar de acuerdo con Su voluntad, ya sea en el ejercicio de Su compasión o en el ejercicio de Su ira.

Fijar los ojos en Cristo, el centro de todo

La grandeza del misterio de la piedad no termina en la cruz. Termina —o mejor dicho, se abre— en la resurrección y la ascensión: Cristo «recibido arriba en gloria» (1 Ti. 3:16). Ese es el horizonte hacia el cual apunta toda la historia de la redención. Dios el Padre es absolutamente soberano: bueno en su compasión (Ro. 9:14-16) y justo en su ira. Nada escapa a su gobierno. Esta certeza no es paralizante; es liberadora.

Por eso, el llamado que emerge de esta realidad es práctico y urgente: fijar los ojos en Jesús cada día. Dios el Padre nos mira a cada uno de sus hijos a través de su Hijo. Conocer el misterio de la piedad no es un fin intelectual en sí mismo, sino el punto de partida para una vida transformada, que refleje al mundo que Jesucristo es verdaderamente único —nuestro estándar, nuestro Salvador, nuestro Señor.

Maria del Carmen Tavarez

Maria del Carmen Tavarez

María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.

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