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Un nuevo año sin temor
Un nuevo año sin temor

Foto de Lucia Macedo en Unsplash

Mujer e identidad

Un nuevo año sin temor

Maria del Carmen Tavarez 9 enero, 2024

El mundo en que vivimos está marcado por la incertidumbre. Las crisis económicas, la inestabilidad social y los peligros cotidianos generan en muchas personas una sensación permanente de amenaza. El creyente no está exento de sentir esa presión. Sin embargo, la Escritura nos llama a algo radicalmente diferente: una vida anclada en la fidelidad de Dios, donde el temor cede terreno ante la confianza en sus promesas eternas.

El texto de Hebreos 13:5-6 resume con precisión este llamado: «Sea el carácter de ustedes sin avaricia, contentos con lo que tienen, porque Él mismo ha dicho: "Nunca te dejaré ni te desampararé", de manera que decimos confiadamente: "El Señor es el que me ayuda; no temeré. ¿Qué podrá hacerme el hombre?"». En estas palabras se unen dos realidades que, a primera vista, pueden parecer distantes: el contentamiento material y la valentía espiritual. Pero en la economía de Dios, ambas brotan de la misma raíz: la certeza de su presencia.

El temor humano y el temor santo

La palabra «temor», según la Real Academia Española, designa una pasión del ánimo que impulsa a huir de aquello que se considera dañoso o peligroso. Es también una presunción de sospecha ante un daño futuro. En ese sentido, el temor humano es con frecuencia una emoción artificial: una respuesta ante peligros imaginarios o situaciones que aún no han ocurrido. Tememos perder el empleo, quedarnos sin recursos, ser víctimas de la violencia, o simplemente quedarnos solos. Ese temor, aunque real en su intensidad, rara vez corresponde a una amenaza concreta e inmediata.

El temor del creyente, en cambio, tiene una naturaleza completamente distinta. Se trata del temor santo: el respeto y la reverencia debidos a Dios como Creador y Señor de todo lo que existe. Este temor no paraliza, sino que orienta. Actúa como un salvaguarda contra el pecado y sus consecuencias, y mantiene al creyente en comunión con Dios. Son dos realidades que no deben confundirse: el temor que paraliza y esclaviza, y el temor que libera y protege.

El pasaje de Hebreos 13 vincula el temor ansioso con la avaricia, y no es casualidad. El amor al dinero —el deseo vehemente por la seguridad material que solo Dios puede otorgar— rompe la comunión con Él y obstaculiza el crecimiento espiritual. Cuando buscamos en las riquezas la estabilidad que únicamente encontramos en el Señor, el temor inevitablemente se asienta en el corazón. Las mayores riquezas que podemos poseer residen en Aquel que ha prometido: «Nunca te dejaré ni te desampararé». Nuestro Señor Jesucristo es fiel a sus promesas, y esa fidelidad es el fundamento de todo contentamiento genuino.

La Palabra de Dios como respuesta al temor

Es posible que muchos reconozcan en su propia experiencia lo que describe este texto: en medio de un mundo tumultuoso, el temor asalta sin previo aviso. El temor por la salvación de los seres queridos, por la seguridad financiera, por el futuro de la familia. Son preocupaciones reales, y sería deshonesto negarlas. Sin embargo, es precisamente en esos momentos de agobio cuando la Palabra de Dios se manifiesta como sustento vivo y eficaz.

Las Escrituras traen a la mente y al corazón palabras como las del profeta Isaías: «No digan ustedes: "Es conspiración", a todo lo que este pueblo llama conspiración, ni teman lo que ellos temen, ni se aterroricen. Al Señor de los ejércitos es a quien ustedes deben tener por santo. Sea Él su temor, y sea Él su terror» (Is. 8:12-13). Es una declaración poderosa que reorienta la mirada: no hacia las amenazas del entorno, sino hacia la majestad del Señor de los ejércitos.

No es un dato menor que, según varios estudiosos de las Escrituras, la expresión «no temas» aparezca aproximadamente 365 veces a lo largo de la Biblia. Cuán bien nos conoce el Señor. Él conoce la vulnerabilidad de nuestro corazón —«engañoso es el corazón más que todas las cosas» (Jer. 17:9)—, y en su misericordia nos ha provisto de una Palabra que renueva la confianza cada día del año.

La avaricia y mis temores financieros, u otros de cualquier índole, son superados por la seguridad fundada en la constante presencia del Señor y en las promesas que nos ha hecho sobre la satisfacción de nuestras necesidades diarias.

El futuro está en manos de Dios

Decidir vivir sin temor no es un acto de ingenuidad ni de negación ante la realidad. Es una resolución espiritual fundamentada en la soberanía de Dios. Él mira todo el panorama; ve el fin desde el principio. El futuro que a nosotros nos parece incierto y amenazante está completamente contenido en sus manos todopoderosas. Por eso, el apóstol Pablo puede exhortarnos: «Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Fil. 4:6-7).

La invitación es concreta: decidir, con la ayuda de Dios, vivir anclados en sus promesas en lugar de ser arrastrados por el torrente del temor. Porque la misma Palabra que nos revela nuestra fragilidad nos recuerda también quién camina a nuestro lado. Y ante esa certeza, el creyente puede declarar con plena confianza: «El Señor es el que me ayuda; no temeré».

Maria del Carmen Tavarez

Maria del Carmen Tavarez

María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.

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