IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Amy Farías en Pexels
Maria del Carmen Tavarez • 15 agosto, 2023
La bondad es una de las virtudes más subestimadas de nuestro tiempo. En el pensamiento popular, ser bueno equivale a ser agradable, complaciente o simplemente llevarse bien con los demás. Bajo esa mirada reducida, la bondad se convierte en algo puramente mundano. Sin embargo, la Biblia presenta un retrato completamente diferente: «Muchos hombres proclaman cada uno su propia bondad, pero hombre de verdad, ¿quién lo hallará?» (Prov. 20:6). La verdadera bondad no nace del carácter humano; nace del carácter de Dios.
Las Escrituras revelan que la bondad es sobrenatural. Es un rasgo esencial de quien es Dios, y en ella Él refleja Su compasión, misericordia y piedad hacia todos los que buscan refugio en Él. Comprender esta bondad no es un ejercicio meramente académico; es una ancla para el alma en los días de angustia.
El profeta Nahúm lo declara con precisión: «Bueno es el Señor, una fortaleza en el día de la angustia, y conoce a los que en Él se refugian» (Nah. 1:7). Este versículo aparece en un contexto de advertencia severa. El capítulo anterior describe la ira de Dios sobre quienes se le oponen, pero en el versículo 7 el tono cambia radicalmente: la misma justicia que condena al impío es la que protege al que confía. Dios es, al mismo tiempo, bondadoso y severo (Rom. 11:22). Y su severidad no es arbitraria ni cruel: la «copa» de su ira se retiene para dar tiempo y oportunidad al arrepentimiento (Rom. 2:4; 2 Ped. 3:9). Quien llega a Él con corazón contrito, no es rechazado (Juan 6:37).
En el creyente, esta bondad no es una actitud cultivada con esfuerzo propio, sino fruto del Espíritu Santo (Gál. 5:22). Se expresa como una orientación generosa del corazón hacia el prójimo, incluso cuando este no la merece. Es el reflejo del amor con que Dios mismo nos amó: nadie es digno de ese amor incomprensible que lo llevó a entregar a Su Hijo unigénito para pagar el precio de nuestra iniquidad (Juan 3:16). Por eso el mandato es claro: «Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo» (Ef. 4:32).
Así como Nahúm 1:7 anticipaba la vindicación de Judá frente a sus opresores, hoy Dios ofrece ese mismo refugio a quienes atraviesan dificultades. Su bondad no es una promesa abstracta; se vuelve concreta a través de Su Palabra. Por ella conocemos que provee al necesitado y cubre nuestras necesidades (Sal. 68:10; Fil. 4:19); que nos guarda y protege (Sal. 31:19; 34:7); y que en los momentos más oscuros podemos traer a memoria su inmensa bondad y proclamarla (Sal. 145:7). Con razón el profeta exclama: «¡Cuánta es su bondad, y cuánta su hermosura!» (Zac. 9:17).
Meditar en la Palabra de Dios transforma la perspectiva. Cuando el peso de la angustia amenaza con nublar la fe, detenerse ante las promesas escriturales cambia el panorama. El mismo Señor que viste los campos con flores en combinaciones que ningún diseñador podría imaginar, y que alimenta a las aves del cielo (Mt. 6:26, 28-29), es quien cuida a Sus hijos. El afán no añade un solo minuto a la vida (Mt. 6:27), pero confiar en Aquel que cumple siempre Sus promesas disipa las nubes y deja ver la luz de Cristo a través del Espíritu Santo que habita en el creyente.
Su Palabra está en un presente continuo, así que Dios siempre nos está diciendo, hablándonos; por esta razón debemos consumir, aprender, meditar, atesorar, hablar Su Palabra: ella es la brújula, el timón que nos guía.
Confiar en la bondad de Dios no es ingenuidad ni pasividad: es una decisión intencional. Jesús mismo lo instruyó con claridad: «Pero busquen primero Su reino y Su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por tanto, no se preocupen por el día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo» (Mt. 6:33-34). Y añade la Palabra que no debemos afanarnos por nada, sino llevar nuestras preocupaciones ante el trono de la gracia (Fil. 4:6-7; Heb. 4:16).
Dios es bueno. Ofrece refugio en la angustia y cuida fielmente a quienes confían en Él. Tiene el poder de salvar de cualquier cautiverio y de detener, conforme a Su soberanía, todo ataque del enemigo. El fruto de caminar en Su luz «consiste en toda bondad, justicia y verdad» (Ef. 5:9), y las sobreabundantes riquezas de Su gracia se revelan en Cristo Jesús a quienes le creen (Ef. 2:7). Creamos, pues, en las buenas nuevas de salvación: «El Dios de paz aplastará pronto a Satanás debajo de los pies de ustedes» (Rom. 16:20). Esa es la seguridad que Dios nos da a través de Su Palabra.
María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.
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