IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Angélica Rivera de Peña • 12 mayo, 2020
La pandemia ha sacudido al mundo de maneras que pocos habrían imaginado: enfermedades, pérdidas de empleo, duelos sin despedidas, y una incertidumbre económica que parece no tener fondo. En medio de todo esto, hay una realidad que los creyentes no podemos ignorar: Dios, en Su soberanía, está llamando nuestra atención de una forma especial. Este no es tiempo de relajarnos ni de tomarlo como unas vacaciones forzadas; es un momento singular en la historia de la humanidad para buscar a Dios con ahínco y diligencia.
La pregunta que debemos hacernos es si nuestra búsqueda de Dios se parece a la del salmista: «Oh Dios, Tú eres mi Dios; te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de Ti, mi carne te anhela en tierra seca y árida donde no hay agua» (Sal. 63:1). La verdad es que muchos creyentes hemos sentido pereza a la hora de practicar las disciplinas espirituales, y eso revela que no amamos ni anhelamos a Dios tanto como Él merece. La pandemia nos convoca al arrepentimiento y a iniciar un nuevo caminar con Él.
Las disciplinas espirituales son medios de gracia que Dios ha establecido para que lo conozcamos, maduremos en la fe, lo amemos y nos deleitemos en Él. Entre ellas se encuentran la oración, la lectura y meditación de las Escrituras, la adoración y el ayuno. Cuando forman parte regular de nuestra vida, el resultado es una manera de vivir que agrada a Dios.
Sin embargo, es fundamental tenerlas en perspectiva correcta. El error más común es practicarlas como un fin en sí mismas, o peor aún, como una herramienta para obtener bendiciones de Dios. Él no es un amuleto mágico ni el genio de la lámpara que concede deseos. Lo buscamos porque es nuestro Creador y merece de nosotros obediencia y adoración. Una prueba honesta para evaluar nuestras motivaciones es preguntarnos: ¿seguiría buscando a Dios y amándolo aun si Él permitiera que la enfermedad llegara a mi hogar y perdiera a alguien querido? La respuesta a esa pregunta revela mucho acerca del estado de nuestro corazón.
Es igualmente importante entender que las disciplinas espirituales no nos hacen ganar méritos delante de Dios. Su función es centrar nuestra vida en Cristo, quien es el único que produce el cambio genuino en nosotros.
La lectura y meditación de la Biblia es la vía más fiel para tener comunión con Dios, porque en su Palabra Él se revela a sí mismo y nos comunica lo que desea de nosotros. El problema no suele ser la falta de tiempo, sino la tendencia a compartimentar la vida: consideramos el devocional como un momento sagrado y el resto del día como algo secular. La meta, en cambio, es ver todo el día como sagrado, porque Dios está con nosotros en cada tarea. Meditar en Su Palabra mientras limpiamos la casa, cocinamos o descansamos es una práctica posible y transformadora. «Sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche» (Sal. 1:2). La invitación no es solo leer y estudiar la Palabra, sino amarla, de modo que el anhelo de obedecerla surja de manera natural.
La oración es hablar con Dios e incluye acción de gracias, adoración, peticiones y confesión de pecados. En tiempos de pandemia, hay mucho por lo que orar: por los gobernantes y autoridades, para que Dios les dé sabiduría; por el perdón de nuestros pecados; para que el nombre de Dios sea exaltado; para que la imagen de Cristo sea formada en nosotros; y para que salgamos de esta crisis siendo personas diferentes. Pero la clave no es usar la oración para imponer nuestra voluntad ante Dios, sino para alinear nuestro corazón con la suya.
La adoración es nuestra respuesta, interna y externa, a lo que Dios es y a lo que ha hecho. En este tiempo, la adoración debe estar anclada en el carácter y los atributos de Dios, no en las circunstancias. Él sigue siendo Santo, Justo, Fiel y Sabio, aun cuando no comprendamos lo que ocurre a nuestro alrededor. La adoración no se reduce a cantar himnos; es el estilo de vida de un corazón que se humilla ante Dios, rindiendo voluntad, deseos y planes a la autoridad del Dios que reina, orquesta y gobierna.
El ayuno es una disciplina especialmente pertinente en este contexto. Se puede ayunar de comida, pero también de las redes sociales y el consumo constante de noticias, para usar ese tiempo en meditar en las verdades de Dios y Su reino. Estamos viviendo tiempos de crisis y dificultad que exigen afinar los sentidos espirituales. La salud espiritual debe cuidarse con aún más diligencia que la física.
Son tiempos donde debemos cuidar nuestra salud espiritual aún mucho más que la física, y de buscar no sólo tiempos con Dios, sino de vivir en comunión con Dios.
La pandemia no es una pausa en la vida cristiana; es una oportunidad urgente para dejar de vivir de manera superficial y comenzar a buscar a Dios con toda el alma. Las disciplinas espirituales no son una lista de deberes religiosos, sino caminos de gracia hacia una comunión profunda y genuina con el Creador. El llamado es claro: no se trata simplemente de tener momentos con Dios, sino de vivir en comunión constante con Él, en cada hora del día, en cada tarea, en cada pensamiento. Si esta crisis nos lleva a ese lugar, habrá valido cada momento difícil que hemos atravesado.
Angélica Rivera de Peña es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana y sirve junto a su esposo, el pastor Joel Peña, en el ministerio de Vida Joven. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y posee un certificado en ministerio del Southern Baptist Theological Seminary a través del Seminary Wives Institute. También forma parte del equipo del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con Joel, y juntos tienen dos hijos: Samuel y Abigail.
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