IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El tema de los dones espirituales ocupa un lugar central en la teología paulina y suscita tanto entusiasmo como controversia en la iglesia contemporánea. Comprender bien su naturaleza, su origen y su finalidad es indispensable para que el cuerpo de Cristo funcione de manera ordenada y fructífera. La Escritura nos ofrece una enseñanza clara y coherente al respecto, y vale la pena examinarla con cuidado.
La doctrina de los dones del Espíritu Santo es casi exclusivamente paulina. El único otro autor del Nuevo Testamento que los aborda es Pedro, en (1 Pe. 4:10). Las principales listas de dones aparecen en (1 Co. 12:8–10; 12:28–30; Ro. 12:6–8; Ef. 4:11), y ninguna de ellas es exhaustiva por sí sola, lo que sugiere que juntas ofrecen un panorama amplio, aunque no necesariamente completo.
La primera pregunta que corresponde hacerse es: ¿quién da los dones? La respuesta de las Escrituras es precisa. Al leer (1 Co. 12) y (Ef. 4) queda claro que los dones son distribuidos por el Espíritu Santo, aunque se reciben en nombre y por autoridad de Jesucristo. Es una obra trinitaria: el Espíritu actúa como el agente distribuidor, pero los dones provienen de Cristo y responden a los propósitos del Padre.
Conviene también distinguir entre dones espirituales y talentos naturales. Los talentos llegan a nosotros por medio de la herencia biológica —a través de los genes y la familia—, y pueden desarrollarse al servicio de cualquier persona, creyente o no. Los dones espirituales, en cambio, son concedidos por Dios independientemente de los padres, no como resultado de la herencia sino como expresión de su gracia soberana en el momento de la conversión o después. Aunque la Escritura no establece con precisión cuándo se reciben, sí es categórica en cuanto a que son dados primordialmente para beneficio de la iglesia, el cuerpo de Cristo (1 Co. 12; 14; Ef. 4).
Otro aspecto fundamental es que los dones no se distribuyen en función del grado de santificación del creyente, sino conforme al llamado que Dios le ha hecho. El ejemplo más elocuente es la iglesia de Corinto: una comunidad marcada por divisiones, inmoralidad sexual, desórdenes en la Cena del Señor y una serie de pecados graves descritos en (1 Co. 3; 5; 11). Sin embargo, era también la iglesia donde los dones espirituales abundaban con mayor evidencia. Esto deja en claro que los dones son instrumentos de servicio, no premios a la virtud.
La Escritura es igualmente clara en cuanto a quiénes reciben los dones. Pedro escribe: «Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndoos los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 Pe. 4:10). La expresión «cada uno» indica que todo creyente recibe al menos un don. Pablo refuerza esta idea al escribir: «cada cual ha recibido de Dios su propio don, uno de esta manera y otro de aquélla» (1 Co. 7:7). Al mismo tiempo, (1 Co. 12:29–30) deja igualmente claro que ningún creyente posee todos los dones: «¿Acaso son todos apóstoles? ¿Acaso son todos profetas? ¿Acaso son todos maestros?». La respuesta es evidente.
En cuanto a la soberanía en la distribución, (1 Co. 12:11) es definitivo: «Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, distribuyendo individualmente a cada uno según la voluntad de Él». Es el Espíritu quien decide. Por eso, más que pedirle a Dios el don que uno desea, la actitud más sabia es pedirle el don necesario para cumplir el propósito para el cual Él nos salvó y llamó.
Ahora bien, recibir un don no garantiza su uso fiel. Pablo exhortó a Timoteo: «No descuides el don espiritual que está en ti» (1 Ti. 4:14), y más adelante: «te recuerdo que avives el fuego del don de Dios que hay en ti» (2 Ti. 1:6). Estas palabras sugieren que Timoteo atravesaba un momento de descuido o tibieza en el ejercicio de su don, y que la negligencia espiritual es un peligro real para todo creyente.
Debiéramos no necesariamente pedirle a Dios que nos dé el don que queremos, sino pedirle que nos dé el don necesario para llevar a cabo el propósito para el cual Él nos salvó.
El fin de todo don espiritual queda definido con claridad en (Ef. 4:11–13): Dios dio a algunos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, «a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo». Este texto es programático: los dones no existen para el beneficio personal ni para la exhibición individual, sino para llevar a la iglesia entera a la madurez en Cristo.
Pablo lo ilustra de manera concreta en su tratamiento del don de lenguas: «en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para instruir también a otros, antes que diez mil palabras en lenguas» (1 Co. 14:19). La edificación de los demás es el criterio que debe gobernar el ejercicio de cualquier don. Por eso (1 Co. 12:7) afirma que «a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común». Todo don bien ejercido apunta hacia afuera, no hacia adentro; sirve al cuerpo, no engrandece al individuo. Entender esto transforma la manera en que cada creyente asume su lugar en la iglesia: no como receptor pasivo, sino como administrador fiel de la gracia multiforme de Dios.
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