IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La palabra «dones espirituales» proviene del término griego jarismata, derivado de jarizesthai —«mostrar favor» o «dar libremente»— cuya raíz es jaris, que significa gracia. Esta etimología no es un dato secundario: revela desde el principio que los dones no se ganan ni se merecen. Son expresión pura de la generosidad de Dios hacia su pueblo.
La doctrina de los dones espirituales es casi exclusivamente paulina. El único otro autor bíblico que la aborda es Pedro, en su primera carta: «Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndoos los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 Pe. 4:10). Cuatro listas principales —en 1 Corintios 12:8–10, 1 Corintios 12:28–30, Romanos 12:6–8 y Efesios 4:11— describen estos dones, aunque ninguna de ellas es exhaustiva por sí sola.
¿Quién entrega los dones espirituales? La respuesta bíblica es trinitaria: son dados a través del Espíritu Santo, pero se reciben en nombre y por autoridad de Jesucristo. Pablo lo expresa con claridad en 1 Corintios 12:11: «Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, distribuyendo individualmente a cada uno según Su voluntad». No es el creyente quien elige su don; es el Espíritu quien lo asigna soberanamente, conforme al propósito para el cual Dios llamó a cada persona.
Conviene también distinguir entre los dones espirituales y los talentos naturales. Estos últimos son dados por Dios, pero llegan a través de la herencia biológica —los padres, los genes— y pueden desarrollarse al servicio de cualquier persona, creyente o no. Los dones espirituales, en cambio, son otorgados independientemente de la familia de origen; no son herencia sino gracia, recibida en el momento de la conversión o después. Su destinatario específico es la iglesia, el cuerpo de Cristo.
¿Quiénes reciben estos dones? Todo creyente. Pablo lo confirma en 1 Corintios 7:7: «cada cual ha recibido de Dios su propio don, uno de esta manera y otro de aquélla». Nadie queda excluido, pero tampoco nadie lo posee todo. Las preguntas retóricas de 1 Corintios 12:29–30 —«¿Acaso son todos apóstoles? ¿Acaso son todos profetas? ¿Acaso son todos maestros?»— dejan clara la respuesta: ningún creyente concentra todos los dones. La diversidad no es un defecto del diseño; es parte esencial de él.
El propósito de los dones espirituales no es la realización personal ni la demostración de espiritualidad. Pablo lo articula con precisión en 1 Corintios 12:7: «a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común». Y lo desarrolla en Efesios 4:11–13: los dones son dados «a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo». La meta es la madurez colectiva, no el protagonismo individual.
Este principio explica la advertencia de Pablo sobre el hablar en lenguas en 1 Corintios 14:19: «en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para instruir también a otros, antes que diez mil palabras en lenguas». La preocupación del apóstol no es suprimir el don, sino orientarlo: lo que no edifica al cuerpo no cumple su función.
Los dones tampoco son otorgados en proporción a la santidad alcanzada. El mejor ejemplo es la iglesia de Corinto: una comunidad con divisiones, inmoralidad sexual, desorden en la Cena del Señor y conflictos internos —y, al mismo tiempo, la iglesia donde más abundaban los dones espirituales. Esto deja claro que los dones son instrumentos de gracia soberana, no recompensas al mérito espiritual.
Los dones no me son dados por mi grado de santidad, sino que Dios nos equipa conforme al llamado que Él nos haya hecho, para que podamos realizar el propósito para el cual nos creó y nos llamó.
Recibir un don implica responsabilidad. Pablo exhortó a Timoteo con urgencia: «No descuides el don espiritual que está en ti» (1 Ti. 4:14), y más tarde: «te recuerdo que avives el fuego del don de Dios que hay en ti» (2 Ti. 1:6). Aparentemente, Timoteo estaba en riesgo de abandonar o dejar enfriar el ejercicio de su don. La imagen del fuego que se apaga por falta de atención es elocuente: un don espiritual no ejercido pierde su efecto en el cuerpo.
La aplicación práctica de esta verdad transforma la manera en que el creyente debe acercarse a Dios en oración. Más que pedir el don que se desea, corresponde pedir el don necesario para cumplir el propósito al que Dios ha llamado. La pregunta no es «¿qué don quiero?», sino «¿para qué me ha llamado Dios y de qué me ha equipado para lograrlo?».
Los dones espirituales, correctamente comprendidos, no son fuente de orgullo ni de división, sino de servicio. Son la gracia de Dios hecha habilidad concreta, puesta al servicio de su iglesia, para que cada miembro crezca, cada cuerpo local sea edificado y Cristo sea glorificado en medio de su pueblo.
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