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Nuestras emociones bajo el control de Cristo
Nuestras emociones bajo el control de Cristo

Foto de Los Muertos Crew en Pexels

Emociones y alma

Nuestras emociones bajo el control de Cristo

Patricia Namnún 28 septiembre, 2021

Las emociones son parte de nuestro día a día. No hay un momento en que no estemos experimentando alguna; es más, a veces pareciera que vivimos en una montaña rusa. En un instante podemos estar alegres por una buena noticia y, al poco tiempo, sentirnos frustrados por la desobediencia de un hijo o por esa persona cercana que parece no cambiar. Algunas temporadas de la vida están marcadas por una profunda alegría, mientras que otras parecen envueltas en una nube oscura de tristeza y desesperanza.

Aunque a veces no lo parezca, nuestras emociones son un regalo. Son parte de haber sido creados a la imagen de Dios, y están íntimamente enraizadas en aquello que valoramos. Cuando nos encontramos con algo que consideramos bueno, experimentamos felicidad y satisfacción. Cuando nos encontramos con algo que consideramos malo, experimentamos dolor o enojo. La propia vida de Jesús nos lo muestra: lo vemos volcar las mesas del templo ante la deshonra de la casa de Su Padre (Mt. 21:12-13), y también lo vemos llorar ante la tumba de Lázaro, aun sabiendo que lo resucitaría (Jn. 11:35). Cada emoción que Cristo experimentó fue completamente santa, pues en Él no había pecado alguno.

Las emociones heridas por el pecado

No sucede lo mismo con nosotros. Si bien nuestras emociones son parte de lo que nos hace portadores de la imagen de Dios, la realidad de Génesis 3 no puede ignorarse. Tras la caída, todo nuestro ser quedó afectado, y eso incluye nuestras emociones. El pecado ha distorsionado nuestra perspectiva y lo que valoramos; y si nuestra manera de ver las cosas se ve corrompida, nuestras emociones lo serán también.

En ocasiones no logramos ver nuestros sufrimientos como Dios los ve, y terminamos frustrados en medio de ellos. Somos egocéntricos por naturaleza y nos enojamos cuando algo o alguien interrumpe nuestros planes. Incluso en medio de lo que sabemos que no agrada a Dios, experimentamos placer y deleite. Por eso podemos afirmar con claridad: nuestras emociones, que brotan de un corazón pecador, no fueron diseñadas para gobernarnos.

Diseñadas para ser guiadas, no para guiar

Nuestros corazones —y por tanto nuestras emociones— no fueron diseñados para ser seguidos, sino para ser guiados. En ningún momento la Biblia nos instruye a seguir nuestro corazón; por el contrario, nos habla con franqueza de su condición. «Más engañoso que todo es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá?» (Jer. 17:9). Y Jesús mismo advierte: «Porque del corazón provienen malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y calumnias» (Mt. 15:19).

Nadie nos engaña más de lo que lo hace nuestro propio corazón. Nuestros corazones no pueden guiarnos ni salvarse a sí mismos; necesitan ser salvados. Por eso, cuando Jesús consoló a Sus discípulos, no les dijo: «Crean en sus corazones, crean en sus emociones». Sus palabras fueron: «No se turbe su corazón; crean en Dios, crean también en Mí» (Jn. 14:1). En lugar de dejarnos llevar por emociones afectadas por el pecado, necesitamos guiarlas hacia Jesús y rendirlas a Su control.

La respuesta para el control de nuestras emociones es que el amor de Cristo sea lo que nos controle.

Pasos prácticos para rendir nuestras emociones a Cristo

Si nuestras emociones no deben guiarnos, sino ser guiadas, ¿qué hacemos cuando el enojo quiere apoderarse de nosotros, o cuando la tristeza nos inunda sin razón aparente? La Escritura ofrece una dirección clara.

Aprende a filtrar tus emociones. Como creyentes, necesitamos evaluar nuestras vidas a la luz de la Palabra, que es sólida, objetiva e inmutable (Sal. 119:130). Aprendamos a preguntarnos: «Esto es lo que siento, pero ¿qué dice Dios al respecto?». Cuando hayamos pecado, corramos a Él con confianza, sabiendo que en Jesús encontramos gracia y ayuda oportuna (He. 4:16).

Busca que tu mente sea renovada. Las meras normas externas no tienen poder contra los apetitos de la carne (Col. 2:23). Si nuestras emociones están enraizadas en lo que consideramos valioso, necesitamos correr a la fuente que renueva nuestra mente (Ro. 12:2) y alinea nuestro corazón con el de Dios. Es a través de las Escrituras que crecemos en el conocimiento de Cristo y podemos responder, en el poder del Espíritu, con obediencia y fe.

Vive tu fe. La fe no es un sentimiento ni una emoción. Es creer que Dios hará lo que ha dicho y que es digno de ser obedecido (He. 11:6). Cuando el temor o la ansiedad nos invadan, recordemos que en Cristo todas las promesas de Dios son seguras (2 Co. 1:20). Corramos a Aquel que prometió no abandonarnos (Mt. 28:20), que no echa fuera a nadie que se acerque a Él (Jn. 6:37), y que fue capaz de entregarse por amor hasta el final (Jn. 13:1).

Apóyate en la familia de la fe. La idea de que podemos solos, sin que nadie nos ayude a ver nuestros puntos ciegos o a llevar nuestras cargas, no es bíblica. Seamos intencionales en tener personas de confianza a quienes acudir cuando nuestras emociones estén desbordadas. Necesitamos que otros nos ayuden a no ensimismarnos y nos recuerden la verdad cuando la hemos perdido de vista (He. 3:13).

Correr a Jesús, que sí puede

Si alguien prometiera que la solución es simplemente tomar el control de nuestras emociones, estaría mintiendo, porque ese es justamente el problema. Ante el enojo pecaminoso, la ansiedad o el temor, solemos tomar las riendas por nuestra propia cuenta, actuamos en nuestra propia fuerza y terminamos en el mismo lugar de antes, o peor.

La verdadera respuesta es que el amor de Cristo sea lo que nos controle (2 Co. 5:14). Necesitamos soltar las riendas y correr a Aquel que tiene el poder para llevarlas. Necesitamos conocerle profundamente, para que nuestro amor por Él crezca y nuestras mentes sean renovadas, de modo que lo que consideremos importante esté cada vez más alineado con Su voluntad.

Necesitamos correr a Jesús y reconocer que nosotros no podemos, pero Él sí puede. Correr a Él, quien nos sostiene cuando sentimos que nos hacemos pedazos, quien como Buen Pastor nos guía y calma cuando estamos desesperados. Correr a Aquel que, por la agonía sufrida en la cruz, hoy nos ofrece Su paz (Is. 53:5).

Patricia Namnún

Patricia Namnún

Patricia Namnún es coordinadora de iniciativas femeninas en Coalición por el Evangelio, desde donde escribe, contacta autoras y gestiona contenidos para mujeres. Diaconisa de la IBI y servidora en los ministerios de matrimonios y mujeres. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y con certificado del Seminary Wives Institute (SBTS). Casada con Jairo desde 2008, madre de Ezequiel, Isaac y María Ester.

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