IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Todos somos controladores. En distintos grados y de diversas maneras, todos luchamos con el pecado de querer controlar. Queremos que los demás actúen a nuestro ritmo. No delegamos porque «no podemos confiar en nadie». Nos enojamos cuando nuestros hijos no se comportan como esperamos. Queremos tener la última palabra y somos altamente sensibles ante lo que otros dicen o hacen.
Pero el deseo de control no se detiene en las relaciones. También luchamos por controlar nuestras circunstancias: manipulamos los eventos para que resulten según lo planeado y nos llenamos de ansiedad cuando las cosas no salen como esperábamos. Al final, queremos nuestras decisiones, nuestro reino, nuestro poder, nuestras maneras, nuestra gloria, y terminamos olvidando que el trono ya está ocupado por el único que puede ocuparlo: nuestro Señor Jesucristo.
Hace muchos años se popularizó la imagen del iceberg para ilustrar que lo que vemos a simple vista es apenas la punta, mientras que la mayor parte permanece oculta bajo el agua. Las evidencias del pecado de control funcionan de la misma manera: son solo la superficie. Hay algo mucho más profundo que necesita nuestra atención. Ese pecado revela lo que realmente pensamos sobre Dios y lo que pensamos sobre nosotros mismos.
Dios es soberano. No hay una sola fibra de nuestra existencia que Él no controle. Dios ordena nuestras vidas de la mejor manera posible, y no hay circunstancia alguna que esté fuera de su completo control, autoridad y bondad. La Biblia lo afirma sin rodeos: «Yo sé que Tú puedes hacer todas las cosas, y que ninguno de Tus propósitos puede ser frustrado» (Job 42:2). R. C. Sproul lo expresó con igual contundencia: «Si existiera una sola molécula en el universo que anduviera perdida, fuera del control de Dios, entonces no tendríamos ninguna garantía de que alguna de las promesas de Dios vaya a ser cumplida».
No hay límite alguno en lo que Dios gobierna. Él hace lo que le place y su control está lleno de sabiduría y fiel compasión. Por eso, cuando luchamos por tomar el control, lo que estamos revelando no es simplemente un mal hábito, sino incredulidad. El problema no es que no sepamos que Dios es soberano; el problema es que no creemos que Él tenga el poder de actuar, que sea lo suficientemente sabio, o que su obrar en nuestras vidas esté realmente lleno de bondad (Sal. 145:9). El pecado de control evidencia una imagen reducida de Dios en nuestras mentes y corazones.
De la mano de lo que este pecado revela sobre Dios viene lo que muestra sobre lo que creemos de nosotros mismos. El pecado de control revela un corazón arrogante. Queremos controlar a los demás porque pensamos que sabemos más. Queremos controlar nuestras circunstancias porque creemos que nuestra visión de cómo debe ser nuestra vida es la mejor. Y el simple hecho de intentar controlar evidencia una idea errónea: que tenemos la autoridad o el poder para obrar como si fuéramos Dios.
Al igual que Eva en Génesis 3, cuando cedemos a la tentación del control, estamos cediendo al deseo de ser como Dios en sentidos en los que solo Él puede serlo. La Escritura es clara al respecto: «Tuya es, oh SEÑOR, la grandeza y el poder y la gloria y la victoria y la majestad, en verdad, todo lo que hay en los cielos y en la tierra; Tuyo es el dominio, oh SEÑOR, y te exaltas como soberano sobre todo» (1 Crón. 29:11). El mayor ídolo que el pecado de control pone al descubierto es el yo mismo.
Nuestro pecado de control revela el mayor ídolo de mi corazón: YO.
Frente a esta realidad, hay tres cosas que el creyente necesita hacer:
Primero, humillarse. Dado que el pecado de control revela la arrogancia del corazón, el punto de partida es la humillación delante de Dios en arrepentimiento, reconociendo que Él es Dios y nosotros no. El trono ya está ocupado por el único que puede hacer lo que le place: «Nuestro Dios está en los cielos; Él hace lo que le place» (Sal. 115:3).
Segundo, descansar. En lugar de luchar por tener el control, el llamado es a descansar en Aquel que está lleno de sabiduría y cuya compasión está sobre todas sus obras. Jesús mismo dijo: «Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas» (Mat. 11:29). Descansar en Él requiere un corazón humilde que reconozca quién es Dios y quiénes somos delante de Él.
Tercero, recordar. Dejar de lado el pecado de control también exige memoria intencional. En medio de las circunstancias difíciles en las que buscamos tomar el control, hay que recordarle al alma que la obra de Cristo en la cruz fue la solución para nuestro mayor problema (Rom. 5:8) y que su resurrección es nuestra garantía. Jesús está vivo y reina. Un Dios que ha vencido a la muerte es digno de nuestra confianza. Cuando la tentación del control asoma, hay que hablarle al alma y recordarle quién es nuestro Dios y cuán fiel ha sido.
La búsqueda del control es una carrera que termina dejándonos vacíos y ansiosos. Tratar de tener el control es como correr tras el viento, porque hay un solo soberano y su nombre es Jesús. Que el Señor nos ayude a vivir con vidas rendidas, y que en lugar de luchar por el control, sea el amor de Cristo lo que nos gobierne.
Patricia Namnún es coordinadora de iniciativas femeninas en Coalición por el Evangelio, desde donde escribe, contacta autoras y gestiona contenidos para mujeres. Diaconisa de la IBI y servidora en los ministerios de matrimonios y mujeres. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y con certificado del Seminary Wives Institute (SBTS). Casada con Jairo desde 2008, madre de Ezequiel, Isaac y María Ester.
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