IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Hay nombres que no son solo etiquetas: son ventanas al alma de quien los lleva. En el caso de Jesús, cada nombre y título que las Escrituras le atribuyen nos invita a conocerlo más profundamente y, en esa medida, a amarlo y a confiar en él con mayor convicción. En un artículo anterior exploramos algunos de esos nombres; en este continuamos el recorrido por tres más: Admirable Consejero, Yo Soy y Amén. Cada uno de ellos ilumina una dimensión de quién es Cristo y de lo que significa tenerlo como Señor en la vida cotidiana.
En medio de días de oscuridad, Isaías profetizó la venida del Mesías como portador de luz y esperanza. Entre los nombres que el profeta le asignó se encuentra uno singular: «Admirable Consejero» (Is. 9:6). No es un detalle menor: en la Biblia, el término «admirable» aparece vinculado exclusivamente a Dios, jamás al ser humano. Este Mesías prometido sería el consejero por excelencia, aquel como el que no hay otro.
¿Pero qué lo hace admirable? En primer lugar, su conocimiento perfecto. Él conoce nuestros pensamientos, nuestras motivaciones y nuestros deseos más profundos, incluso aquellos que nosotros mismos no sabemos discernir. Nuestros corazones están al descubierto delante de él; no hay nada que podamos ocultarle. Por eso su consejo no es aproximado ni tentativo: Jesús conoce la respuesta correcta, la decisión adecuada y lo que cada vida necesita en cualquier momento y circunstancia. Tiene la palabra oportuna, el toque apropiado y un obrar sin fallo alguno. No hay nadie tan paciente como él, tan lleno de amor ni con una compasión que se le compare. En los momentos de necesidad, acudir a él no es un recurso de último instancia: es el privilegio de quienes le pertenecen.
Cuando Dios encomendó a Moisés liderar al pueblo de Israel, este le preguntó qué nombre debía dar a quienes lo cuestionaran. La respuesta fue categórica: «YO SOY EL QUE SOY» (Éx. 3:13-14). Él es el que es: aquel que no cambia, que no fue creado, que sostiene todo lo que existe. Nada le sorprende; nada es inesperado para él. Es el mismo ayer, hoy y siempre.
Siglos después, en una acalorada controversia con los líderes religiosos de su tiempo, Jesús pronunció palabras que sacudieron a sus oyentes: «En verdad les digo, que antes que Abraham naciera, Yo soy» (Jn. 8:58). Al decirlo, no estaba haciendo una afirmación biográfica cualquiera: estaba declarando ser Yahweh, el Gran Yo Soy que se había revelado a Moisés. En consecuencia, todo lo que es verdad para Dios es verdad para Jesús. El Dios que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto vino también a liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado. A través de Cristo, el Gran Yo Soy —que antes parecía distante— se ha acercado a nosotros.
Y esa cercanía se traduce en provisión concreta: para el alma sedienta, él es el agua de vida; para el corazón cansado, él trae descanso; para el hambre espiritual, él es el pan de vida; para la esclavitud del pecado, él es la libertad. Nuestro Yo Soy completa todo aquello que nos falta.
A través de Jesús, Dios, el gran Yo Soy al que no se podía tener acceso, se ha acercado a nosotros.
El libro de Apocalipsis recoge cartas dirigidas a siete iglesias. La última, destinada a Laodicea, fue enviada a la congregación en peores condiciones espirituales. Jesús inicia su mensaje con una declaración solemne de su identidad: «El Amén, el Testigo fiel y verdadero» (Ap. 3:14). La palabra «amén» es la transcripción de un término hebreo que significa firme, verdadero o fiel. Al aplicársela a sí mismo, Jesús afirma que es confiable; que es la confirmación de Dios, el «sí» a todas las promesas divinas (2 Co. 1:20).
Sus palabras son dignas de confianza. Sus promesas son verdaderas. Por eso, escuchar y obedecer lo que él ha revelado en las Escrituras no es una opción entre otras: es la respuesta natural de quien ha comprendido quién habla. Él prometió que nunca abandonaría a los suyos. Prometió descanso para las almas cansadas. Prometió que un día regresaría y haría nuevas todas las cosas. Y en cada una de esas promesas, Jesús es el Amén: la garantía viva de que serán cumplidas. No importa en qué momento de la vida se encuentre el lector; Cristo es el Amén de cada promesa de Dios para él. Aquel que murió para salvarnos, que vive por siempre y que un día volverá.
Estudiar los nombres de Jesús no es un ejercicio académico: es un camino de transformación. Admirable Consejero, Yo Soy, Amén: cada título es una invitación a depositar en él la confianza que ningún ser humano ni ninguna circunstancia puede sostener. Cuanto más lo conocemos, más lo amamos; y cuanto más lo amamos, más firme se vuelve nuestra fe. Que estos nombres no queden solo en la memoria, sino que moldeen la manera en que nos acercamos a él cada día.
Patricia Namnún es coordinadora de iniciativas femeninas en Coalición por el Evangelio, desde donde escribe, contacta autoras y gestiona contenidos para mujeres. Diaconisa de la IBI y servidora en los ministerios de matrimonios y mujeres. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y con certificado del Seminary Wives Institute (SBTS). Casada con Jairo desde 2008, madre de Ezequiel, Isaac y María Ester.
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