IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Miguel Núñez • 4 mayo, 2016
El salmista declaró: «Tengo más discernimiento que todos mis maestros, porque tus testimonios son mi meditación» (Sal. 119:99). No lo decía con arrogancia, sino para afirmar algo fundamental: la Palabra de Dios supera toda sabiduría humana. Quien medita continuamente en los testimonios del Señor adquiere una capacidad de discernimiento que va más allá de la instrucción meramente académica. Ese es el punto de partida de esta reflexión.
En entregas anteriores de esta serie abordamos la definición del discernimiento espiritual, la manera de cultivarlo y el deleite que Dios tiene en quienes lo ejercen. En esta entrega final presentamos ocho errores que debemos evitar al discernir, errores que, vale advertirlo, son cometidos con frecuencia incluso por creyentes maduros. Muchas de estas ideas fueron conceptualizadas con la ayuda del libro de Tim Challies, The Discipline of Spiritual Discernment (La disciplina del discernimiento espiritual).
Primero: no condenes a una persona por haberse asociado con alguien de enseñanzas cuestionables. Cuando el pastor John Piper invitó a Rick Warren a su conferencia para pastores en 2010, muchos lo condenaron de inmediato. Sin embargo, la asociación momentánea con alguien de teología cuestionable no invalida la trayectoria ni la doctrina de quien extiende la invitación. El profeta Samuel mantuvo una relación cercana con el rey Saúl, lo aconsejó a pesar de sus desaciertos y llegó incluso a llorar por él (1 Sam. 15:35-36), sin que eso comprometiera su integridad profética. Antes de emitir un veredicto, conviene conocer la intención de la asociación y esperar los resultados.
Algo similar ocurre cuando alguien cita a un autor con enseñanzas cuestionables: la cita puede ser veraz y de rico contenido aunque su fuente sea imperfecta. Como recordó Francis Schaeffer: toda verdad es verdad de Dios.
Segundo: no apruebes a alguien únicamente por su asociación con una persona de buena reputación. El mismo ejemplo aplica en sentido inverso: que Piper haya invitado a Warren no convierte automáticamente en loable todo el pensamiento de este último. La madurez espiritual consiste precisamente en separar una cosa de la otra, sin hacer juicios en bloque basados exclusivamente en asociaciones.
Tercero: no todas las doctrinas tienen el mismo peso. Degradar una doctrina de primer orden —como la resurrección de Cristo— al plano de lo opinable conduce al liberalismo. A la inversa, elevar una doctrina de tercer orden —como el momento exacto del rapto de la iglesia— al nivel de artículo fundamental de la fe conduce al legalismo. Hermanos profundamente ortodoxos han sostenido posiciones distintas en materia escatológica a lo largo de la historia, y eso no ha comprometido su fidelidad al evangelio. Priscila y Aquila corrigieron a Apolos —descrito como «hombre elocuente y poderoso en las Escrituras» (Hch. 18:24)— sin despreciarlo ni rechazarlo: «lo llevaron aparte y le explicaron con mayor exactitud el camino de Dios» (Hch. 18:26). Todos necesitamos seguir creciendo en entendimiento doctrinal.
Cuarto: no seas simplista. Las cosas rara vez son tan sencillas como parecen a primera vista. Antes de arribar a una conclusión, estudia el caso con detenimiento, considera toda la evidencia disponible y solo entonces emite tu juicio.
Quinto: cuídate del orgullo. El orgullo no admite otras opiniones, no reconoce el error, no acepta corrección ni información adicional. Una vez pronunciado un veredicto, el orgullo se niega a revisarlo. Guardarse del orgullo no es una virtud secundaria: es condición indispensable para el ejercicio honesto del discernimiento espiritual.
Sexto: no comprometas la verdad por amor al otro. Este es un error especialmente frecuente. La verdad no puede ceder ante el afecto que sentimos por un amigo, un hijo o un cónyuge. Sin embargo, tampoco debemos divorciar la verdad del amor. Cristo nunca lo hizo: expresó la verdad siempre revestida de amor y gracia, y expresó el amor siempre anclado en la verdad. Fue así como vivió, y así fue a la cruz.
La verdad no puede ser comprometida por mucho amor que podamos tener hacia el otro. Sin embargo, no debemos divorciar la verdad del amor: Cristo vivió expresando su amor continuamente, nunca divorciado de la verdad.
Séptimo: no emitas un veredicto antes de escuchar toda la historia. Somos altamente influenciables, y eso nos lleva a juzgar precipitadamente. Que algo sea verdad no implica que sea toda la verdad. La primera versión de un relato refleja la percepción de quien la narra, inevitablemente filtrada por sus emociones, heridas y personalidad. Escucha todas las partes, reúne todos los hechos y luego forma tu criterio.
Octavo: la ausencia de versículos que aprueben o prohíban algo no implica libertad absoluta para hacerlo. La Biblia no menciona la fertilización in vitro, pero eso no significa que carezca de principios con los cuales evaluarla. La Escritura no es un manual técnico del siglo XXI; es una revelación que funciona como brújula. Junto con la morada del Espíritu Santo en el creyente, nos conduce a conclusiones concretas incluso en territorios que el texto no aborda de forma explícita.
Discernir el bien del mal, y separar la verdad del error, es una tarea que Dios ha encomendado a sus hijos. No es opcional ni periférica: es necesaria para honrar a Dios y para evitar consecuencias que pueden acompañarnos durante mucho tiempo. Todo comienza con el estudio minucioso de la Palabra. Sin ese estudio, y sin la obra del Espíritu Santo en nosotros, nada podemos hacer con integridad. Que el Señor nos conceda la sabiduría de meditar en sus testimonios día tras día, para que nuestro discernimiento sea cada vez más certero y más semejante al suyo.
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