IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Arian Malek Khosravi en Pexels
Miguel Núñez • 24 agosto, 2015
A lo largo de los años en el ministerio pastoral, es posible recibir cartas que describen vidas profundamente marcadas por la homosexualidad. No son relatos de triunfo fácil, sino de corazones que, desde temprana edad, fueron enredados por experiencias que con el tiempo se convirtieron en una prisión de la que parecía imposible escapar. Sin embargo, tanto la Palabra de Dios como el testimonio de hombres y mujeres que han experimentado cambio genuino dejan en claro que existe un camino de salida.
La Biblia no guarda silencio sobre este tema. Desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo, la Escritura habla con claridad acerca de la práctica homosexual, su gravedad delante de Dios y, al mismo tiempo, la esperanza transformadora que el evangelio ofrece a quienes se encuentran atrapados en ella.
El Antiguo Testamento establece con firmeza la perspectiva de Dios sobre esta práctica. Levítico 18:22 declara: «No te acostarás con varón como los que se acuestan con mujer; es una abominación» (Lv. 18:22). Y Levítico 20:13 añade: «Si alguno se acuesta con varón como los que se acuestan con mujer, los dos han cometido abominación; ciertamente han de morir. Su culpa de sangre sea sobre ellos» (Lv. 20:13). Estos textos no solo prohíben la práctica, sino que revelan cuán gravosa es ante los ojos de Dios, hasta el punto de llamarla abominación.
Para comprender por qué Dios la juzga con tal severidad, es necesario regresar al relato de la creación. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, y creó junto a él una compañera del sexo opuesto, con condiciones físicas y emocionales complementarias, diseñadas con un propósito específico. Cuando alguien elige practicar la homosexualidad, ocurren al menos tres cosas: rechaza a la persona del sexo opuesto que Dios creó como su complemento, rechaza el diseño divino para el disfrute dentro del matrimonio, y busca satisfacción en órganos que no fueron creados para ese fin. En síntesis, es una inversión deliberada del orden establecido por el Creador.
El Nuevo Testamento continúa esta enseñanza con igual claridad. El apóstol Pablo, en Romanos 1, describe las consecuencias de que la humanidad decida negar a Dios y erigirse como capitana de su propio destino: «Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes; porque sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra la naturaleza; y de la misma manera también los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lujuria unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos el castigo correspondiente a su extravío» (Ro. 1:26-27). Este pasaje no describe simplemente un problema social, sino el juicio de Dios sobre una humanidad que eligió libremente apartar su mirada de Él. El hombre puede escoger su pecado, pero es Dios quien determina sus consecuencias. Y ese pecado, que en sus inicios parece dulce y placentero, exige al final un precio mucho más alto de lo que cualquiera estuvo dispuesto a pagar.
La homosexualidad es un pecado grave, pero no constituye el pecado imperdonable. Este es el punto donde la verdad bíblica se convierte en buena noticia. El apóstol Pablo lo afirma con una claridad que no deja lugar a dudas: «¿O no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se dejen engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. Y esto eran algunos de ustedes; pero fueron lavados, pero fueron santificados, pero fueron justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Co. 6:9-11).
Lo más notable de este pasaje no es la lista de pecados, sino la frase que sigue: «Y esto eran algunos de ustedes». En la iglesia de Corinto había creyentes que habían practicado la homosexualidad —y otros pecados igualmente graves— y que habían sido transformados por la gracia de Dios. Habían sido lavados, santificados y justificados. Hoy en día existe el testimonio de miles de personas que han salido de esa práctica, lo cual confirma que el poder del evangelio no ha disminuido.
El hombre puede elegir su pecado, pero es Dios quien elige sus consecuencias.
Algunos podrían considerar insensible citar pasajes que afirman que los que practican la homosexualidad «no heredarán el reino de Dios». Sin embargo, lo mismo es cierto de todo ser humano que no se arrepiente de su pecado y no tiene a Cristo como Señor y Salvador. La diferencia no está en el tipo de pecado, sino en la respuesta al evangelio.
El error más frecuente en la aproximación a esta realidad no ha sido el exceso de verdad, sino la ausencia de gracia. Muchas personas —e incluso la iglesia— se han acercado al homosexual con un dedo acusador en lugar de con una mano extendida. Cristo vino lleno de gracia y de verdad (Jn. 1:14), y aun así fue crucificado. Esa tensión no nos exime de la responsabilidad de hablar con claridad, pero sí nos recuerda cómo debemos hacerlo. A las personas no les importa cuánto sabemos hasta que no saben cuánto nos importan. Nuestro rol no es condenar, sino señalar el camino que conduce de la esclavitud a la verdadera libertad en Cristo.
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