IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El debate sobre el estilo musical en la adoración cristiana lleva años generando tensiones en las iglesias. Unos defienden con convicción la música tradicional —himnos, órgano, solemnidad litúrgica—; otros abogan por expresiones contemporáneas más dinámicas. Ambas partes suelen presentar su postura como la única verdaderamente honrosa para Dios. Pero ¿es realmente el estilo musical la pregunta central?
La respuesta de Jesús a la mujer samaritana abre una perspectiva iluminadora. Cuando ella le preguntó cuál era el lugar correcto para adorar —si Jerusalén o Samaria—, Jesús respondió que «se acerca la hora, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn. 4:23). Ningún lugar físico tenía la primacía; lo que importaba era la calidad de la adoración misma. De manera análoga, si se pregunta qué estilo musical prefiere Dios, la respuesta apuntaría en la misma dirección: lo que Dios busca son adoradores que se acerquen a Él en Espíritu y en verdad, y el estilo musical sería algo secundario.
Afirmar que el estilo es secundario no equivale a decir que es irrelevante. La condición fundamental es que la música empleada permita guardar la reverencia debida a Dios. Y aquí es necesario desmantelar un malentendido frecuente: la reverencia no está ligada intrínsecamente al piano o al órgano. De ser así, los salmos que exhortan a alabar a Dios con toda clase de instrumentos resultarían irreverentes. Los Salmos 148 al 150 convocan a la alabanza con trompetas, arpas, liras, panderos, cuerdas, flautas y címbalos, sin restricción de timbre ni de género musical. La reverencia no depende del instrumento, sino de la actitud del corazón y del cuidado con que se ofrece la adoración.
Dicho esto, existe una distinción necesaria que no puede pasarse por alto. En toda cultura hay ritmos musicales que cargam una connotación de sensualidad y pecado. Esos ritmos, por su asociación cultural consolidada, deberían ser evitados en el contexto del culto. No se trata de un juicio estético arbitrario, sino de reconocer que la música comunica significados dentro de un contexto cultural específico, y que ciertos sonidos evocan realidades incompatibles con la adoración al Dios santo. La iglesia no puede ignorar ese peso simbólico cuando decide cómo adorar.
Existe un principio más profundo que subyace a todo este debate: lo que se ofrece a Dios debe tener algo de extraordinario, porque Él mismo es extraordinario. A lo largo de toda la historia de la redención, Dios ha querido distinguir lo ordinario del mundo de lo excepcional que corresponde a su persona. Cuando el pueblo de Dios ofrece una música que apenas se distingue de lo que el mundo considera pecaminoso, contribuye a borrar esa distinción y a ver a Dios de manera menos especial.
La tentación constante de la iglesia contemporánea es observar lo que el mundo produce y limitarse a copiar sus modelos. Pero la Escritura ofrece un patrón diferente. Cuando Dios ordenó la construcción del tabernáculo, llenó de su Espíritu a los artífices para que produjeran diseños, bordados y obras de una belleza que no era imitación de lo que los pueblos vecinos hacían, sino creación genuina impulsada por la presencia de Dios (Ex. 31:1-5). Ese mismo principio debería orientar la música de la iglesia hoy.
La iglesia debería estar produciendo algo genuino que sea diferente a lo que el mundo compone y que debiera corresponder a la llenura de Su Espíritu.
La iglesia no está llamada a producir una versión cristiana de todo lo que el mundo genera. Está llamada a crear algo propio, nacido de la comunión con el Espíritu Santo, que refleje la grandeza y la santidad del Dios al que se dirige.
El debate entre música tradicional y contemporánea, cuando se aborda correctamente, no debe terminar en una guerra de preferencias, sino en una convocatoria a una adoración más auténtica. El criterio no es el estilo, sino la reverencia; no es el instrumento, sino el corazón; no es la imitación del mundo, sino la inspiración del Espíritu. La iglesia haría bien en orar pidiendo que Dios la capacite para producir una música que lo honre verdaderamente, que sea distinta del mundo no por artificio religioso, sino por la genuina llenura del Espíritu Santo que la habita. Porque los verdaderos adoradores —ayer, hoy y siempre— adoran al Padre en Espíritu y en verdad.
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