IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Dos mil años después de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, llama la atención que siga siendo necesario volver a definir el evangelio. Libros y conferencias continúan abordando el tema, muchas de ellas dirigidas al liderazgo de la iglesia. La respuesta a este fenómeno no es difícil de encontrar: en la medida en que las generaciones se han centrado cada vez más en el hombre, en esa misma medida han ido perdiendo de vista que el evangelio no trata del hombre en primer lugar, sino de la obra de Dios en la persona de Jesús, la cual trae beneficio a la humanidad de manera derivada.
El apóstol Pablo establece con precisión lo central del evangelio en 1 Corintios 15:1-4: «Ahora les hago saber, hermanos, el evangelio que les prediqué, el cual también recibieron, en el cual también están firmes, por el cual también son salvos, si retienen la palabra que les prediqué, a no ser que hayan creído en vano. Porque yo les transmití en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras». Dos eventos constituyen el corazón del evangelio: la cruz y la resurrección de Cristo. Estos dos grandes hechos actúan como los pilares que sostienen todo el mensaje. La palabra «evangelio», en su sentido original griego, comunica buenas noticias que producen gozo y evocan victoria. Cabe entonces preguntar: ¿de qué manera la muerte del Hijo de Dios resulta en buenas noticias para nosotros?
Antes de la venida de Cristo, la gran mayoría del pueblo hebreo entendía que la salvación se obtenía mediante el cumplimiento de las obras de la ley. Durante siglos, el judío había intentado, infructuosamente, guardar esa ley con la esperanza de ver su alma apaciguada y su culpa removida, sin poder lograrlo. Esa era, precisamente, la mala noticia: millones de personas a lo largo de cientos de años buscando complacer a Dios por sus propias fuerzas y sin conseguirlo.
Romanos 3:21-24 ilumina cómo el mensaje de Cristo transforma esa realidad: «Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas; justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen. Porque no hay distinción, por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por Su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús». La palabra «ahora» es decisiva: algo distinto ha ocurrido con la venida de Cristo. La justicia —ese estatus de haber sido declarado justo ante Dios— no proviene de la ley, sino de la persona de Jesucristo. Para entrar al reino de los cielos, Dios exige una santidad perfecta y absoluta que el hombre jamás podría obtener por sus propios esfuerzos, pues aun sus mejores obras son como trapos de inmundicia (Is. 64:6).
La buena noticia del evangelio es precisamente esta: esa justicia perfecta es ahora alcanzable, no a través del esfuerzo humano ni de las obras de la ley, sino a través de la fe puesta en Jesucristo. El evangelio ofrece una esperanza que no descansa en nuestra conducta ni en nuestro obrar, sino en la obra de Dios mismo en la persona de su Hijo. Jesús tomó nuestros pecados y nos dio su santidad perfecta, lo que nos permite entrar a la presencia de Dios.
La resurrección de Cristo es el amén del Padre al sacrificio perfecto que su Hijo llevó a cabo en la cruz. Sin ella, la cruz pierde todo su sentido, valor y significado. Pablo lo afirma con contundencia en 1 Corintios 15:17-19: «Y si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es falsa; todavía están en sus pecados. Entonces también los que han dormido en Cristo han perecido. Si hemos esperado en Cristo solo para esta vida, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima». La resurrección no es un anexo al evangelio: es su sello definitivo y nuestro grito de victoria.
En la cruz, cuando Cristo pronunció la palabra tetelestai —«consumado es»— estaba declarando que su obra redentora había quedado cumplida a cabalidad, sin que nada quedara pendiente. Los poderes de las tinieblas fueron desarmados (Col. 2:14-15). Y cuando amaneció aquel domingo de resurrección, el Padre respondió desde los cielos con su inapelable amén.
La resurrección de Cristo es el amén del Padre al sacrificio perfecto que Cristo llevó a cabo tres días antes, y es lo que sella toda la obra redentora de nuestro Señor; la resurrección es nuestro grito de victoria.
Pablo es cuidadoso en señalar que el evangelio que transmitió a otros es exactamente el mismo que él recibió —por revelación directa del Señor (Gá. 1:11-12)—. Este dato tiene implicaciones profundas para cada generación de creyentes: así como Pablo fue fiel en pasar a sus oyentes la verdad recibida, del mismo modo todos los que hemos recibido este mensaje tenemos la responsabilidad de transmitirlo sin alterarlo, sin quitarle ni añadirle nada.
El evangelio es único. Fue el mismo ayer y debe ser el mismo hoy, mañana y dentro de mil años. De hecho, el libro de Apocalipsis lo llama «el evangelio eterno» (Ap. 14:6), porque no es un mensaje destinado a cambiar ni en el tiempo presente ni cuando entremos en gloria. Es el anuncio de que Dios Padre entregó a su Hijo, quien derramó su sangre para el perdón eterno de nuestros pecados, satisfaciendo de una vez y para siempre la justicia perfecta de Dios, aplacando su ira contra el pecador y poniendo fin a la enemistad entre Dios y el hombre. Dios imputó nuestros pecados a su Hijo y acreditó a nuestra cuenta la santidad de Cristo, asegurando así nuestro veredicto de «no culpable» ante el Padre, junto con todas las promesas que lo acompañan: vida eterna y la herencia de su reino.
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