Integridad y Sabiduria
Fe para perseverar
Fe para perseverar

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Vida cristiana

Fe para perseverar

Sandra J. Viau Majluta 17 marzo, 2020

La palabra perseverar puede provocar cansancio solo con escucharla. Implica esfuerzo sostenido, resistencia ante lo difícil, insistencia cuando los resultados no llegan. Y, sin embargo, las Escrituras la presentan no como una virtud admirable entre muchas, sino como una marca inconfundible de la fe genuina. La perseverancia en la vida piadosa y el creer la verdad son frutos inevitables de una conversión real (Jn. 8:31). Por eso Dios no nos invita a perseverar: nos lo ordena. «No sean perezosos; más bien, imiten a quienes por su fe y paciencia heredan las promesas» (Heb. 6:12).

Lo que transforma ese mandato de carga en motivación es saber que no se nos pide algo que Dios mismo no haya modelado. El mismo Jesús perseveró durante su tiempo en la tierra, y esa es la senda a la que somos llamados: «Que el Señor los lleve a amar como Dios ama, y a perseverar como Cristo perseveró» (2 Ts. 3:5).

La fe: el sostén de todo lo demás

El primer y más fundamental llamado es perseverar en la fe, porque ella es el cimiento sobre el que descansa todo lo demás. Hebreos 11:1 la define con precisión: «Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.» Dos palabras concentran su significado: certeza y convicción. La certeza es la seguridad de que Dios actuará conforme a lo que ha prometido; es solo cuestión de tiempo para que lo veamos. La convicción, por su parte, es la fuerza interna que sostiene al creyente incluso cuando el obrar de Dios no resulta visible en ese momento.

Esa fe descansa sobre dos verdades que Hebreos 11:6 declara indispensables: «Y sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que es remunerador de los que le buscan.» La primera verdad es que Dios existe: es real, gobierna toda cosa y nada sucede en la vida del creyente sin que Él lo haya permitido. La segunda es que Dios es remunerador: es bueno, siempre, y conoce el final de una historia que todavía no ha terminado. Como lo expresó el pastor Luis Méndez: «La fe verdadera nos ayuda a interpretar las circunstancias de nuestras vidas, no por como nos sentimos en el momento o por como lucen las circunstancias, sino por quien Dios es.»

Cómo cultivar una fe que no cede

Conocer qué es la fe resulta insuficiente si no se sabe cómo cultivarla. El fundamento clave es la Palabra de Dios. «Así que la fe viene por el oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Ro. 10:17). Conocer la Escritura, estudiarla, escudriñarla, aplicarla y permanecer en ella es lo primero y lo principal para perseverar. «Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz, éste será bienaventurado en lo que hace» (Stg. 1:25).

A esto se suman las demás disciplinas espirituales: la oración privada y comunitaria, la adoración, la comunión con los hermanos, la Cena del Señor, el ayuno. No como actos aislados que se asumen en momentos de crisis, sino como medios de gracia integrados de manera natural y constante en el caminar con Cristo.

Cuanto más constantes seamos en las disciplinas espirituales, más veremos a Dios obrar en nosotros y a través de nosotros, lo que nos permitirá seguir creyendo, confiando y perseverando.

Perseverar en la fe también otorga victoria sobre la tentación y estabilidad en medio de las pruebas. Es el escudo que apaga los ataques del enemigo: «En todo, tomando el escudo de la fe con el que podréis apagar todos los dardos encendidos del maligno» (Ef. 6:16). El apóstol Pablo lo encarna con claridad: naufragios, cárceles, castigos físicos y peligros constantes no lo detuvieron (2 Co. 11:23-28), porque tenía un objetivo claro: glorificar a Dios y llevar el evangelio a todo el que pudiera alcanzar. Vale la pena preguntarse: ¿cuál es el objetivo que orienta nuestra propia perseverancia hoy?

La fe que crece en medio del dolor

La experiencia personal confirma lo que la teología declara. Creer desde la infancia no garantiza una fe madura. Es relativamente sencillo perseverar cuando las oraciones reciben las respuestas esperadas. Pero cuando Dios responde conforme a su plan y no al nuestro —cuando la sanidad no llega, cuando el conflicto no se resuelve como se pedía, cuando los sueños se cumplen de una forma distinta a la imaginada— la fe puede tambalearse, y la aridez espiritual puede instalarse con sigilo.

Es precisamente en esos momentos cuando Dios, en su amor y cuidado infinitos, usa las pruebas para revelar lo engañoso del corazón humano y la fragilidad de una fe poco arraigada en su Palabra. Esa es también la puerta hacia un caminar más dulce y profundo: uno en el que es posible perseverar incluso en situaciones dolorosas, algunas mucho más largas de lo que uno se creyó capaz de resistir. La fe crece, la certeza de que Dios es bueno se afianza, y sus dones —aunque lleguen envueltos en un papel distinto al esperado— se reconocen como tales. «Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe; como está escrito: MAS EL JUSTO POR LA FE VIVIRÁ» (Ro. 1:17).

Sandra J. Viau Majluta

Sandra J. Viau Majluta

Sandra J. Viau Majluta es sierva escogida desde la eternidad y salva por gracia desde su infancia. Consejera y psicóloga familiar, dedicada a ser instrumento de Dios para restaurar mujeres heridas. Miembro de la IBI por más de veinte años. Madre de dos jóvenes.

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