Integridad y Sabiduria
La fidelidad a Dios en las tentaciones
La fidelidad a Dios en las tentaciones

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Vida cristiana

La fidelidad a Dios en las tentaciones

Sandra Morales Castillo 29 junio, 2021

Hay temas que humillan antes de edificar. Escribir sobre fidelidad a Dios siendo conscientes de nuestra propia falibilidad es uno de ellos. Y, sin embargo, precisamente ahí radica el alivio del evangelio: nuestro pasado, nuestros fallos diarios y nuestra debilidad reposan en un Dios misericordioso que no es como nosotros, cuya fidelidad se renueva cada mañana y cuyas promesas permanecen inmutables e infalibles. Él es fiel, no porque lo seamos nosotros, sino porque esa es su naturaleza.

Para adentrarnos en el tema con precisión, conviene definir los términos. Tentación es la atracción diaria hacia aquello que resulta pecaminoso y va en contra de los designios de Dios. Fidelidad, por su parte, es la firmeza y constancia para obedecer con voluntad y agrado los mandamientos de Dios en el proceder diario; y también, desde el lado divino, la lealtad de Dios mismo a las promesas que ha proclamado. Con estas definiciones sobre la mesa, acercamos el oído a la Palabra: «Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga. No les ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres. Fiel es Dios, que no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que pueden soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que puedan resistirla» (1 Co. 10:12-13).

La trampa de creerse invencible

La seguridad del caminar cristiano no descansa en la cantidad de veces que se asiste a la iglesia, en los ministerios a los que se pertenece, en los dones que se poseen ni en el grado teológico que se ostenta. Todo ello son medios de gracia valiosos para ejercitar la obediencia, pero la Biblia nos llama a la autoevaluación constante, precisamente porque cuando nos apoyamos en esos logros para sentirnos fuertes y entramos deliberadamente al terreno de la tentación confiando en salir airosos, el riesgo de caída es máximo.

Además, nadie enfrenta circunstancias absolutamente únicas. La gracia común de Dios alcanza a toda la humanidad: el sol sale para todos, los medios de sustento también. De la misma manera, las tentaciones son comunes a todos los seres humanos. No existe ese territorio donde solo uno ha estado, esa circunstancia que nadie más ha atravesado. A veces se intenta justificar una caída argumentando que la situación propia fue especialmente difícil, pero la Palabra es clara y directa: «No les ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres» (1 Co. 10:13).

La salida siempre está ahí

Dios conoce nuestra falibilidad y nuestra limitación. Por eso, en su amor y misericordia, establece un límite a cada situación de debilidad. Y no solo levanta ese muro de contención, sino que además señala la puerta de salida. El Espíritu Santo siempre mostrará el mejor paso a dar: esa pausa para pensar con claridad y decir no, ese impulso para huir, ese momento para ordenar las palabras antes de emitirlas. Todo ello acerca al creyente a la fidelidad y lo aleja del escenario que, en última instancia, lo herirá y destruirá, tal como el enemigo de nuestras almas lo planea.

Vale la pena ampliar la lista de tentaciones más allá de las más evidentes. Junto a los pecados que se consideran ruidosos —como los de naturaleza sexual—, hay otros que merecen igual atención: las mentiras para quedar bien, la ira exhibida en casa o en la calle, el descuido de las responsabilidades del hogar, el orgullo mostrado en el trabajo, el exhibicionismo de una vida aparentemente perfecta ante los demás, las murmuraciones, el abandono de la oración y el estudio de las Escrituras, los excesos o descuidos en el cuidado del cuerpo, y la negación de la fe para mantener el estatus social. La lista es larga, y cada conciencia puede añadir lo que el Señor traiga a su memoria.

Los ejemplos bíblicos ilustran con nitidez las consecuencias de cada elección. David entró al terreno de la tentación: miró a una mujer que no era suya y, habiendo abandonado su deber en la guerra, tomó una decisión que pareció pequeña y terminó en muerte, vergüenza y destrucción. José, en cambio, huyó del terreno: aunque la mujer de Potifar lo presionaba día tras día, él resistió y huyó, incluso dejando su ropa en manos de ella. Esa decisión le costó la cárcel, pero el Señor estaba con él, y la obediencia de José fue el instrumento para preservar a todo un pueblo. Pedro dio rienda suelta a su ira y cortó la oreja de un soldado; Jesús guardó silencio ante la calumnia más grande de la historia, y ese silencio obediente abrió la puerta de la libertad para toda la humanidad.

La fidelidad a Dios ante las tentaciones diarias es una decisión consciente, agarrados de la mano del Espíritu para discernir el momento y accionar en pos de la obediencia en vez de nuestro propio deseo.

Somos falibles, pero Dios es fiel primero

Somos débiles y falibles; eso no está en discusión. Sin embargo, el enemigo no puede usar esa realidad como excusa válida. La carta a los Corintios lo declara con precisión: Dios es fiel, limita la tentación a un punto soportable e ilumina siempre una salida para obedecer. La decisión de ser fiel tiene consecuencias que trascienden al que decide: beneficia al hogar, a la comunidad, a la iglesia, a generaciones enteras. Por eso, en vez de mentir, vale la pena quedar mal. En vez de mostrar ira, vale callar y esperar. En vez de exhibir una vida aparentemente perfecta, vale obrar en secreto. En vez de murmurar, vale edificar. Él fue fiel primero. Esa es la razón y la fuerza para serlo también.

Sandra Morales Castillo

Sandra Morales Castillo

Sandra Morales Castillo es sierva de Cristo por gracia desde los doce años. Esposa de Janly Colón, madre de Odette y Felipe. Miembro de la IBI. Pediatra endocrinóloga, certificada en Estudios Teológicos por la Academia Ministerial de la Gracia (Santiago, RD).

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