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Fuimos creados para la gloria de Dios
Fuimos creados para la gloria de Dios

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Teología y doctrina

Fuimos creados para la gloria de Dios

Miguel Núñez 19 octubre, 2022

Es tentador pensar que agradar a Dios se reduce a cumplir con ciertas prácticas espirituales: leer la Biblia cada mañana, asistir a la iglesia, participar en un grupo pequeño, orar con regularidad. Sin embargo, el apóstol Pablo traza un cuadro mucho más amplio: «Ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Co. 10:31). El alcance de este mandato es total. No hay área de la vida que quede fuera de su jurisdicción.

Esto exige una pregunta honesta: ¿realmente pensamos en cómo glorificar a Dios en todas las áreas de nuestra vida, o solo en las más visibles? La respuesta a esa pregunta revela mucho sobre la madurez de nuestra fe y la coherencia de nuestra devoción.

La mente como centro de operaciones

Vivir para la gloria de Dios comienza antes de cualquier acción: comienza en la mente. Los pensamientos y las intenciones son los que motivan lo que hacemos, y por eso Pablo exhorta: «Todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad» (Fil. 4:8). La mente funciona como la torre de control de un aeropuerto: autoriza o cierra el paso a todo lo que eventualmente se convierte en realidad.

El primer elemento que Pablo menciona es «todo lo que es verdadero». No es un detalle menor: sin conocer la verdad y vivir conforme a ella, es imposible glorificar a Dios. Cualquier desviación de la verdad lo deshonra. El problema es que nuestra inclinación natural nos lleva hacia lo que nos parece bien o, peor aún, hacia lo que nos produce placer, independientemente del daño que eso pueda causar a otros.

Aquí entra en juego una verdad que debe gobernar nuestra conciencia: el Espíritu de Dios mora en cada creyente. Por tanto, si hay algo que no haríamos delante de Cristo en persona, tampoco deberíamos hacerlo ante quien tomó Su lugar tras Su ascensión al cielo. La presencia del Espíritu Santo no es un detalle teológico abstracto; es una realidad que debe reformar nuestra manera de pensar y actuar en lo cotidiano.

El pecado y lo «lícito» que no edifica

Uno de los errores más comunes entre los creyentes es definir el pecado únicamente como aquello que está explícitamente prohibido. Pero la Escritura apunta a una comprensión más profunda: el pecado es todo lo que no glorifica a Dios. Dicho de otro modo, vivir para Su gloria no consiste solo en evitar lo malo, sino en orientar activamente cada aspecto de la existencia hacia Sus propósitos y hacia el reflejo de Su carácter ante un mundo que no le conoce (1 P. 2:9).

Esto incluye incluso las cosas que son lícitas. Pablo lo dice con claridad: «Todo es lícito, pero no todo es de provecho. Todo es lícito, pero no todo edifica» (1 Co. 10:23). Es perfectamente posible, por ejemplo, dedicar tantas horas a un pasatiempo legítimo que ese hábito interfiera con el estudio de la Palabra y la comunión con Dios. La actividad en sí no es pecaminosa, pero el uso desproporcionado del tiempo la convierte en un obstáculo para la gloria de Dios, y eso sí lo es.

Con frecuencia los creyentes dividen su vida en compartimentos: en algunos sectores buscan agradar a Dios, mientras que en otros hacen lo que mejor les parece, apelando a su libertad cristiana. Esta fragmentación es precisamente lo que impide una vida coherente y plenamente satisfactoria. Cada vez que se hace algo que no glorifica a Dios —por benign que parezca— se está intercambiando el gozo verdadero y duradero que viene de abrazar el mundo venidero por una satisfacción que es, en el mejor de los casos, meramente temporal.

Vivir para la gloria de Dios no es solo evitar el pecado; más bien, el pecado es todo lo que no glorifica a Dios.

El propósito que transforma la vida entera

El propósito de vida no es el éxito, ni la realización profesional, ni siquiera hacer el bien en sentido general. El propósito es aquello para lo cual fuimos creados: eso que da sentido a nuestra existencia y sin lo cual la vida carece de orientación verdadera. Un médico tiene la responsabilidad de atender pacientes, pero esa responsabilidad no es su propósito último. Si lo fuera, el día en que ya no pudiera ejercer, su vida perdería todo sentido.

Fuimos creados para la gloria de Dios. Ese es el propósito. Y abrazar ese propósito no es una carga adicional que pesa sobre la vida cristiana; es, al contrario, lo que le da coherencia, profundidad y gozo real. Si viviéramos de esta manera de forma genuina y consistente —con la intención de agradar a Dios en todo lo que hacemos— no solo pecaríamos menos, sino que viviríamos con una satisfacción que ningún sustituto temporal puede ofrecer.

La pregunta que vale la pena hacerse cada día no es simplemente «¿es esto pecado?», sino «¿esto glorifica a Dios?». Esa pregunta, hecha con sinceridad y respondida con valentía, tiene el poder de transformar la manera en que se vive.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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