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Gracias Dios por la familia
Gracias Dios por la familia

Foto de Patricia Bozan en Pexels

Familia y relaciones

Gracias Dios por la familia

Sandra J. Viau Majluta 8 marzo, 2022

Pocas realidades humanas revelan tanto la sabiduría de Dios como la familia. Desde el principio, al crear al hombre, Dios mismo declaró que no era bueno que este estuviera solo, y como respuesta proveyó una esposa; juntos iniciaron la primera familia (Gn. 2:18; 4:1–2). Lo que comenzó como un acto de gracia creacional se convirtió, con el tiempo, en el núcleo más íntimo dentro del plan redentor de Dios: fue precisamente una familia la que recibió, cuidó y formó a nuestro Salvador durante los años de su desarrollo, hasta que llegó el momento de cumplir su misión en la tierra (Mt. 1:18–25).

Que Dios eligiera la familia como el escenario de la encarnación no es un detalle menor. Habla del valor que Él mismo le otorga. Ya desde el Antiguo Testamento, pertenecer a un linaje o tribu determinada era algo que dotaba de significado profundo la vida de cada individuo. La familia, en la perspectiva bíblica, no es un accidente social: es una provisión intencional de Dios para que cada persona pueda vincularse, construir relaciones sólidas y recibir soporte constante —no solo en lo material, sino también en lo emocional y espiritual.

La familia: mucho más que un vínculo de sangre

Una definición sencilla describe la familia como el grupo formado por una pareja unida por lazos legales o religiosos, que convive y tiene un proyecto de vida en común, junto a sus hijos cuando los tienen. También abarca el conjunto de ascendientes, descendientes y demás personas relacionadas por parentesco de sangre o legal.

De esta definición conviene destacar dos verdades importantes. Primera: un hombre y una mujer que se unen en matrimonio ya constituyen una familia, independientemente de si tienen hijos. Segunda: la consanguinidad no es el único vínculo que hace familia, lo cual subraya el valor inmenso de la adopción como expresión legítima y hermosa de lo que significa pertenecer.

La familia es, además, el primer espacio donde aprendemos a sentir, a conducirnos, a asumir valores y creencias. Es a través de ella que comenzamos a conocer e interactuar con el mundo que nos rodea. Cada familia es única y encierra sus propias particularidades, por lo que compararlas entre sí no es sabio. Lo que sí podemos y debemos hacer es cultivar un corazón agradecido por la propia, con todas sus virtudes y defectos. Como cristianos, tenemos la certeza de que Dios lo controla todo (Sal. 139:16; 103:19), y que el haber llegado a este mundo a través de la familia que nos tocó —o de haber sido criados en una familia adoptiva— forma parte de su plan soberano, con propósitos y bendiciones que muchas veces trascienden nuestra comprensión.

Si en algún momento has cuestionado tu valía por el tipo de familia en la que naciste, por la forma en que llegaste a ella o por el trato que recibiste, hoy hay una verdad que merece ser abrazada con firmeza: Dios te pensó y te creó con amor. No existen casualidades en el cómo, el cuándo, el dónde ni en las personas a través de quienes llegaste a este mundo.

Gratitud en medio de la imperfección familiar

Somos conscientes de que, de este lado de la gloria, las imperfecciones propias del pecado abundan. No existe sobre la tierra ninguna familia perfecta. Es muy probable que quien lea este artículo esté luchando con alguna insatisfacción en su familia de origen o en la que ha formado por elección. Quizás la realidad diaria está marcada por dinámicas distorsionadas: el abandono de un padre, un padrastro abusivo, el anhelo no cumplido de tener hijos o el dolor de haberlos perdido. Algunos crecieron con muchas carencias por ser parte de una familia muy numerosa; otros se sintieron solos por haber sido hijos únicos. Las realidades e insatisfacciones pueden ser infinitas.

Sin embargo, si somos intencionales en ejercitar la gratitud, Dios nos ayudará, porque el llamado es a estar agradecidos en todo, aunque no necesariamente por todo: «Den gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús» (1 Ts. 5:18). Tener esta disposición no necesariamente cambiará el panorama exterior, pero sí transformará el corazón.

Tener esta disposición no necesariamente cambiará el panorama, pero sí cambiará el corazón.

Una invitación a agradecer con intención

La gratitud no es un sentimiento que simplemente ocurre; es una decisión que se toma. De acuerdo con la realidad personal de cada uno, hay razones concretas para dar gracias a Dios:

  • Por la familia de origen: padres, hermanos, tíos, abuelos, primos.
  • Por la familia de elección: cónyuge, hijos, suegros, cuñados.
  • Por los padres adoptivos que permitieron nacer a un hijo «en sus corazones», y por la familia que acogió y amó sin prejuicios.
  • Por la familia de la fe: aquellos que han afirmado nuestro sentido de pertenencia, llamándonos hermanos, pastoreándonos como padres espirituales o mentoreándonos como madres en la fe.

Si así lo sientes, aprovecha este mensaje como motivación para acercarte a esos parientes que han sido parte de tu vida y agradecerles —con palabras o con algún gesto— su amor, su presencia, su compañía, su consejo y su desvelo. A veces damos por sentado que los demás saben lo que sentimos por ellos, sin imaginar el valor y el efecto que la gratitud puede tener en su vida.

Puedes hacerlo con las palabras del apóstol Pablo: «Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de ustedes. Pido siempre con gozo en cada una de mis oraciones por todos ustedes…» (Fil. 1:3). Esa es la clase de gratitud que transforma tanto a quien la expresa como a quien la recibe.

Sandra J. Viau Majluta

Sandra J. Viau Majluta

Sandra J. Viau Majluta es sierva escogida desde la eternidad y salva por gracia desde su infancia. Consejera y psicóloga familiar, dedicada a ser instrumento de Dios para restaurar mujeres heridas. Miembro de la IBI por más de veinte años. Madre de dos jóvenes.

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