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La influencia de los medios de comunicación
La influencia de los medios de comunicación

Foto de RDNE Stock project en Pexels

Cultura, sociedad y ética

La influencia de los medios de comunicación

Miguel Núñez 10 noviembre, 2015

El profeta Isaías pronunció estas palabras con una claridad que resuena hoy con inusitada fuerza: «¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!» (Is. 5:20). El «ay» de este texto no es simplemente una exclamación poética; es la advertencia de consecuencias inevitables para quienes pierdan la capacidad de distinguir el bien del mal. Ese día, lejos de ser una profecía distante, ha llegado.

Basta encender un televisor para confirmarlo. En un canal se defiende el derecho a la vida; en el siguiente, se presenta una película donde los asesinatos violentos sirven de entretenimiento, o se entrevista a alguien que aboga por el aborto de niños indefensos. Defendemos la vida en el discurso mientras celebramos su destrucción en la pantalla. Y lo que se celebra en la pantalla, tarde o temprano se vive en la práctica. El abanico de contenidos que transmiten los medios es tan amplio como contradictorio: va desde tragedias hasta entretenimiento puro, desde sermones hasta pornografía, desde la defensa de la vida hasta la violencia contra ella, desde esfuerzos comunitarios hasta vidas de profundo aislamiento.

La ética como punto de referencia perdido

La palabra ética proviene del griego ethos, que hace referencia a un lugar de estabilidad y permanencia: algo así como la casilla donde se ubica el caballo justo antes de que comience la carrera. La ética, entonces, está llamada a darnos estabilidad y a funcionar como punto de referencia para el comportamiento humano. Sin ese anclaje, la conducta se vuelve impredecible, volátil y, en última instancia, destructiva.

Los medios de comunicación, en sus diversas formas, tienen un valor fundamental para la sociedad. Se les atribuye la formación de culturas de masa, la generación de tendencias sociales, la configuración de actitudes políticas, la transmisión de valores y normas de consumo. Son, además, instrumentos publicitarios considerados imprescindibles para el desarrollo económico y comercial, y sirven para el intercambio de ideas y conocimientos entre culturas. Cuando son bien utilizados, contribuyen a formar una conciencia nacional sensible y justa. Sin embargo, cuando no lo son —y eso es precisamente lo que vemos hoy—, producen desinformación, manipulación y, en consecuencia, una deformación del carácter nacional y una erosión de las bases morales de la sociedad.

La conciencia adormecida por la cultura

Dios creó al ser humano con una conciencia que le sirviera de filtro para discernir la información recibida a través de los sentidos. El comportamiento ético depende, en gran medida, del buen funcionamiento de esa conciencia, la cual, según el apóstol Pablo, es capaz de defender o acusar al hombre según sus acciones sean buenas o malas (cf. Ro. 2:14-16). El problema es que la conciencia de nuestra generación ha sido progresivamente adormecida por la violencia y la inmoralidad.

A esto se suma un agravante de fondo: el proceso de pensamiento del individuo contemporáneo ha sido deformado por la adopción de una cosmovisión relativista, pragmática, utilitarista, humanista y secular. Esta cosmovisión ha llevado a la sociedad a creer que, en realidad, no hay nada bueno o malo en términos absolutos, sino que todo depende de las circunstancias del momento. El resultado es una cultura donde, de forma consciente o inconsciente, se opera bajo el supuesto de que el fin justifica los medios.

Esa misma cosmovisión lleva al hombre de hoy a considerar cualquier información transmitida, y cualquier vehículo que la transmita, como algo válido y aceptable. En ausencia de valores absolutos —como postula el pensamiento posmoderno—, no existe manera segura de juzgar qué es moral o inmoral, apropiado o inapropiado. Y dado que la perspectiva dominante es además pragmática, lo que importa es lo que funciona, lo que produce resultados. Así, se violentan principios éticos —o simplemente se ignoran— con tal de conseguir los resultados deseados. No preocupa si un comercial fomenta la avaricia o la vanidad; lo que importa es si vende.

Las imágenes que presenta la publicidad constituyen el síntoma de una sociedad absurda que gasta la mayor parte de sus esfuerzos, no en satisfacer las necesidades reales del ser humano, sino en crear otras necesidades ficticias que le alienan y esclavizan aún más.

Pensemos, por ejemplo, en la valla publicitaria con la imagen de una mujer de belleza extraordinaria. Lo que el espectador desprevenido no considera es que esa imagen corresponde a una modelo profesional, maquillada por expertos, fotografiada con técnica especializada y, finalmente, retocada digitalmente por profesionales. Sin embargo, adolescentes —y muchas veces también adultos— ven esa imagen y creen que representa una posibilidad real, ya sea como ideal propio o como estándar para elegir pareja. Es una imagen construida artificialmente que se instala en la mente como si fuera verdad.

Una generación que consume sin discernir

El ciudadano promedio, sentado frente a una pantalla con la conciencia adormecida, recibe estos estímulos visuales como si entraran directamente a la mente por un atajo, sin ser filtrados por una conciencia capaz de decodificarlos como buenos o malos, beneficiosos o dañinos. No hay procesamiento crítico; solo absorción. Y eso resulta devastador, tanto para la sociedad en su conjunto como para cada persona en particular.

El «ay» de Isaías no era un lamento resignado, sino una advertencia urgente. La pérdida de la capacidad de distinguir el bien del mal no es un asunto menor de preferencias culturales: es una crisis moral con consecuencias profundas y duraderas. Reconocer ese peligro, y recuperar el ejercicio de una conciencia formada por la Palabra de Dios, es una de las tareas más urgentes que enfrenta el cristiano en el mundo contemporáneo.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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