IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de August de Richelieu en Pexels
Miguel Núñez • 16 noviembre, 2015
Durante décadas, la transmisión de valores de una generación a la siguiente fue una responsabilidad ejercida principalmente por los padres y el núcleo familiar. Los adultos manejaban qué información llegaba a los niños, cuándo llegaba y en qué medida, ajustándola a la edad y madurez de cada uno. Ese filtro natural, aunque imperfecto, protegía la inocencia infantil y permitía una formación progresiva del carácter. Sin embargo, ese modelo ha sido desplazado de manera radical. Hoy, los niños y jóvenes absorben los valores de la cultura popular a través de los medios de comunicación masiva, sin que los padres puedan controlar ni secuenciar ese flujo de información.
Las consecuencias no son abstractas ni teóricas. Son estadísticas documentadas que revelan una realidad alarmante.
William Bennett, quien se desempeñó como Secretario de Educación de los Estados Unidos, documentó en 1993 los cambios ocurridos en ese país entre 1960 y 1990, es decir, en apenas treinta años. Los números son contundentes: un aumento del 966 % en la cohabitación, del 523 % en nacimientos fuera del matrimonio, del 370 % en crímenes violentos, del 215 % en familias monoparentales, del 210 % en suicidios adolescentes y del 130 % en la tasa de divorcio.
No es difícil identificar qué tipo de contenidos han ocupado las pantallas durante ese mismo período. Las mismas tendencias que reflejan esas estadísticas —la promiscuidad, la violencia, la ruptura familiar, la desesperanza— son las que aparecen normalizadas, e incluso celebradas, en películas, novelas y comedias de consumo masivo. La exposición a esas escenas no es ocasional ni superficial. Según datos publicados en 2004 por el Diario de la Asociación Nacional de Medios Digitales y Artes, una persona promedio se expone hasta quince horas diarias a los medios masivos de comunicación, cifra explicada en parte por la capacidad de las nuevas generaciones de realizar múltiples tareas simultáneamente: ver televisión mientras se navega por internet o se usa el teléfono inteligente. Se estima que cuando un joven de hoy alcance los sesenta años, habrá pasado entre ocho y diez años de su vida frente a la televisión, sin contar ningún otro medio. El dato resulta aún más revelador cuando se considera que en el mundo hay más hogares con televisor que con plomería interior.
El problema no es solo la cantidad de exposición, sino la calidad del mensaje transmitido. Un acto de violencia en pantalla raramente muestra sus consecuencias reales: el dolor humano, las cicatrices emocionales, el tiempo que toma sanar una herida profunda. Se presenta la acción, pero se oculta el costo. Se siembra sin que se vean los frutos amargos de la cosecha.
El gran periodista inglés Malcolm Muggeridge lo expresó con una lucidez que no ha perdido vigencia:
Así fue como el hombre occidental decidió abolirse a sí mismo, creando su propia vulnerabilidad a consecuencia de su propia fuerza; su propia impotencia a consecuencia de su erotomanía. Sonando él mismo la trompeta que derribaría los muros de su propia ciudad.
Lo que Muggeridge describía es precisamente esto: a diferencia de las civilizaciones antiguas destruidas por invasores externos, la civilización occidental tiene la peculiaridad de estar formando a sus propios destructores desde dentro de sus propias instituciones. No es una amenaza que viene de afuera; es una erosión que avanza desde adentro, alimentada por las mismas estructuras que deberían sostener a la sociedad. Las bases morales no están siendo atacadas por un enemigo visible, sino socavadas por las decisiones cotidianas de quienes consumen y producen cultura.
La advertencia de Gálatas 6:7 no es retórica: «No os dejéis engañar; de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará». Las estadísticas de Bennett, las palabras de Muggeridge y la realidad que vemos en nuestras propias sociedades son la cosecha de décadas de siembra irresponsable. No es posible exponer a generaciones enteras a contenidos que normalizan la violencia, la ruptura del matrimonio y la negación de toda autoridad moral, y esperar al mismo tiempo una sociedad íntegra, estable y sana.
El reconocimiento de este problema es el primer paso necesario. Pretender que los medios de comunicación no tienen influencia formativa, o que esa influencia es neutral, equivale a tapar el sol con un dedo. Las evidencias están frente a todos. La pregunta que queda pendiente —y que se abordará en el siguiente artículo— es qué respuesta ofrece la cosmovisión bíblica ante este diagnóstico. Porque si hay una siembra destructiva, también puede haber una siembra redentora.
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