IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Akshar Dave🌻 en Unsplash
Miguel Núñez • 23 noviembre, 2015
El Salmo 19 describe la Palabra de Dios con una precisión asombrosa: «La ley del SEÑOR es perfecta, que restaura el alma; el testimonio del SEÑOR es seguro, que hace sabio al sencillo. Los preceptos del SEÑOR son rectos, que alegran el corazón; el mandamiento del SEÑOR es puro, que alumbra los ojos» (Sal. 19:7-8). Este retrato no es poesía vacía; es una declaración sobre el poder transformador de la revelación divina. Cuando esa revelación gobierna la mente y la voluntad del ser humano, produce sabiduría, integridad y orden. Cuando se descarta, el caos moral no tarda en aparecer.
Vivimos en un momento cultural en el que los medios de comunicación —y con ellos, buena parte de la educación informal de nuestros hijos— operan desde presupuestos éticos radicalmente distintos a los bíblicos. Esto no es una queja nostálgica, sino una realidad que exige que los creyentes comprendan cuáles son los sistemas éticos en pugna, y por qué únicamente la ética revelada por Dios puede sostenerse de manera coherente.
Cuando se ausenta un fundamento moral absoluto, otros sistemas ocupan ese espacio. La ética cultural sostiene que lo moralmente correcto lo determina la opinión popular de cada región o época. La globalización ha amplificado esta forma de pensar; sin embargo, llevada a sus consecuencias lógicas, resulta insostenible. ¿Qué decir del pueblo alemán que masacró a seis millones de judíos durante el Holocausto, acciones que la cultura popular del momento justificaba? ¿Qué decir de las prácticas caníbales de tribus antiguas y contemporáneas? Ninguna cultura puede erigirse como árbitro de la moralidad universal.
La ética situacional propone que lo moral en cada circunstancia es la acción «más amorosa». El problema es que cada persona define «lo más amoroso» de manera diferente. Con ese criterio, muchos abortos han sido defendidos como un acto de amor, argumentando que es mejor eliminar una vida que permitirle nacer a sufrir. La subjetividad del criterio lo hace, en última instancia, inútil como estándar moral.
La ética conductual, por su parte, niega la existencia de lo moral en sí mismo y reduce toda conducta humana a genes y ambiente. Si esto fuera verdad, ningún comportamiento podría ser juzgado como bueno o malo, y la convivencia social se volvería imposible. Por último, la ética utilitarista —el fin justifica los medios— prioriza lo que resulta útil sobre lo que es justo. Este principio puede usarse tanto para defender la pornografía como para justificar el exterminio de un pueblo, dependiendo de quién calcule la «utilidad».
Frente a este panorama, la sabiduría de Dios revelada en la Escritura ofrece el único sistema ético capaz de regular la conducta humana con coherencia y autoridad. Dios es el Creador del cielo, de la tierra y de la raza humana, y es el único absolutamente justo y completamente sabio. Por tanto, el ser humano debe someterse a Sus directrices, sabiendo que a Él tendrá que rendir cuentas de todas sus acciones.
Al constituir la nación hebrea, Dios le entregó una constitución de diez leyes desde las cuales se articularían todas las demás ordenanzas. Los primeros tres mandamientos regulan la relación del hombre con Dios: el reconocimiento de un único Dios y la prohibición de usar Su nombre en vano. Cuando ese temor a Dios desaparece, el ser humano no deja de adorar; simplemente redirige su adoración hacia otros objetos: el éxito, la belleza, el poder, el dinero, la sexualidad. Esos son los mismos «dioses» que los medios de comunicación promueven sin cesar, y que cualquiera de nosotros puede terminar adorando si no somete su entendimiento a la cosmovisión bíblica (cfr. Rom. 1).
Uno de esos diez mandamientos ordenaba a los hijos honrar a sus padres. Este decreto tiene un peso que va mucho más allá de lo que percibimos a simple vista: quien no es capaz de honrar a quienes le dieron la vida y proveyeron para su desarrollo, difícilmente respetará ninguna otra autoridad. La pregunta es inevitable: ¿cuánto más saludable sería nuestra sociedad si este principio fuera enseñado de manera sistemática, en lugar de ser ridiculizado en series y películas donde los niños aparecen siempre como más sabios que sus padres, y donde la desobediencia no trae consecuencia alguna?
La razón por la que nuestras sociedades andan tan mal es porque nuestras familias andan peor.
Dios está interesado en regular la formación del núcleo familiar porque, a fin de cuentas, una sociedad no es más que un conjunto de familias. Los medios de comunicación, en lugar de contribuir a formar la conciencia de los individuos —que es su responsabilidad—, han terminado deformando esa conciencia de manera sistemática. El balance final, al evaluar el impacto de los medios masivos de comunicación, no es positivo: es altamente perjudicial.
Existe esperanza. Los Diez Mandamientos dados por Dios en el Antiguo Testamento, y el Sermón del Monte predicado por Cristo en el Nuevo Testamento, representan los dos sistemas éticos de mayor valor que la humanidad haya conocido. Son complementarios entre sí, y juntos ofrecen un marco moral capaz de estabilizar tanto la familia como la sociedad. No son letra muerta de otro tiempo; son la sabiduría del Creador hablando con autoridad plena al presente. La iglesia y los hogares cristianos tienen la responsabilidad —y el privilegio— de enseñarlos con convicción, como la única alternativa real al caos moral de nuestros días.
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