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Jesús, con su carácter manso y humilde, humilla a los que le humillaban
Jesús, con su carácter manso y humilde, humilla a los que le humillaban

Foto de Bayram Yalçın en Pexels

Vida cristiana

Jesús, con su carácter manso y humilde, humilla a los que le humillaban

Maria del Carmen Tavarez 8 febrero, 2023

«Entonces el sumo sacerdote, levantándose en medio, preguntó a Jesús, diciendo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti? Mas él callaba, y nada respondía» (Mr. 14:60–61).

El juicio al que fue sometido Jesús violaba las leyes judías en múltiples aspectos: se buscaron testigos falsos para acusarlo, y según lo establecido en Deuteronomio 19:16–19, los propios sacerdotes eran responsables de castigar ese tipo de testimonio fraudulento. Todo el proceso era, desde su origen, una estratagema premeditada. La decisión sobre el destino de Jesús ya estaba tomada mucho antes de su arresto. En ese contexto de absoluta injusticia, el Señor respondió con un silencio que resultó más poderoso que cualquier argumento.

Jesús es el paradigma de la humildad. Siendo Dios de gloria, se humilló asumiendo naturaleza humana y, en cada paso de su ministerio, ofreció el ejemplo más puro de mansedumbre. Ante quienes lo humillaban, ese silencio no era debilidad: era un aguijón que hería la conciencia de sus opresores. Aun atado, abofeteado y escupido, el Señor estaba en control. Sus captores, a pesar de su arrogancia, sentían el peso de ese silencio como algo que no podían refutar.

El silencio del inocente: integridad ante la injusticia

Caifás no podía comprender cómo Jesús permanecía callado sin defenderse. Cada acusación falsa caía al vacío; ningún testigo lograba construir un caso sólido. Si Jesús hubiese respondido a esas acusaciones, habría dado la impresión de que el proceso era legítimo y que el tribunal tenía autoridad para juzgarlo. Su silencio, por el contrario, desnudaba la farsa.

En ese silencio deliberado, Cristo nos dejó dos lecciones fundamentales: una de paciencia, al soportar calumnias y falsas acusaciones sin quejarse ni rebelarse; y una de prudencia, al negarse a conferirle validez a un proceso que era, en esencia, ilegal e ilegítimo.

La paciencia no es una virtud que se adquiere en la comodidad. Es uno de los frutos del Espíritu Santo, y se forma precisamente en la adversidad. Implica tolerar circunstancias molestas, ofensivas o dolorosas con fortaleza interior, sin caer en la queja ni en la rebelión. Para el creyente, el camino hacia esa fortaleza pasa inevitablemente por fijar la mirada en Cristo. Él, siendo igual a Dios, «no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se vació a sí mismo tomando forma de siervo» (Fil. 2:6–7), y lo hizo voluntariamente, por amor. Frente a cualquier adversidad, la Palabra nos llama a transformar nuestra manera de pensar: «Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente» (Ro. 12:2). Esta renovación es la que hace posible responder con calma allí donde la carne solo querría defenderse.

Prudencia y dominio propio: virtudes forjadas en el sufrimiento

La prudencia es la virtud que permite discernir lo que es correcto y actuar en consecuencia. Jesús sabía perfectamente que los juicios eran ilegales. Su silencio no era ignorancia ni resignación: era discernimiento en acción. Quienes lo juzgaban sabían, en lo profundo de su conciencia, que Él conocía sus maquinaciones, y eso los desestabilizaba. Su prepotencia y abuso crecían en proporción directa a su inseguridad.

El mismo Señor instruyó a sus discípulos a ser prudentes: «Sean astutos como las serpientes e inocentes como las palomas» (Mt. 10:16). El discernimiento es un don del Espíritu (1 Co. 12:10), y los creyentes son llamados a ejercerlo. Ser prudentes en Cristo (1 Co. 4:10) significa adecuar nuestra conducta a la sabiduría que viene de lo alto, especialmente en aquellos momentos en que la presión nos empuja a reaccionar de forma impulsiva.

A esto se añade la necesidad del dominio propio. Cuando llegan los momentos difíciles —la humillación, la traición, la calumnia—, el creyente necesita saber quién es su Abogado defensor y su Juez. La pregunta no debería ser «¿por qué me sucede esto a mí?», sino más bien: «¿qué está obrando Dios en medio de esto?». Porque la Escritura es clara: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito» (Ro. 8:28). Dios puede transformar o no las circunstancias externas, pero el resultado final, para quienes le pertenecen, está garantizado.

Jesús, siendo sin pecado, recibió humillaciones horribles y no se quejó; lo hizo por mí.

Mirar la cruz cuando la carne quiere hablar

Todas las circunstancias difíciles que atravesamos tienen un propósito, aunque en el momento no lo comprendamos. Dios las usa para moldear el carácter de sus hijos hasta hacerlos semejantes a Cristo. El Siervo sufriente de Isaías 53 es la imagen más clara de esto: «Él fue sin pecado y, sin embargo, vino a ser el sustituto de los pecadores», trayendo luz y salvación a quienes no lo merecían.

Hay algo revelador en el silencio: quien guarda la boca ante un improperio, a menudo deja al ofensor completamente desarmado. El mundo nos dice que debemos defendernos, reivindicarnos y dar respuesta. Pero la Palabra nos llama a bajar la cabeza con humildad, confiando en que Dios peleará nuestra batalla. «…porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes» (1 P. 5:5).

Mirar la cruz no es resignarse pasivamente al maltrato; es recordar que hay Alguien que ya cargó con la peor injusticia posible, y que lo hizo por nosotros. En esa certeza descansa la paz que nos permite callar, cuando callar es lo más sabio y lo más santo.

Maria del Carmen Tavarez

Maria del Carmen Tavarez

María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.

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