IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
«¡No teman, porque les traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo!» (Lc. 2:10). Con esas palabras, un ángel irrumpió en la rutina nocturna de unos pastores y transformó para siempre el significado de esa noche. Lo que ellos experimentaron no fue un simple anuncio: fue el punto de quiebre de la historia, el instante en que la esperanza tomó forma humana y fue acostada en un pesebre.
A medida que se acerca la Navidad, vale la pena hacer una pausa y preguntarnos con honestidad qué es lo que realmente motiva nuestra celebración. Es fácil —demasiado fácil— dejarse absorber por la decoración, los regalos y los planes del año nuevo, y llegar al 25 de diciembre con el corazón tan ocupado que no haya quedado espacio para el verdadero protagonista de esta fecha.
Los pastores que aquella noche cuidaban sus rebaños cargaban sobre sus espaldas el peso de una realidad difícil. Vivían bajo la opresión del Imperio Romano, sometidos a tributos e impuestos que agravaban su situación. A su alrededor abundaban los enfermos, los necesitados, los que andaban —como describe la propia Escritura— como ovejas sin pastor. Y, sobre todo eso, llevaban el peso más profundo de todos: el pecado que los mantenía alejados de Dios, sin nadie lo suficientemente justo para representarlos y pagar por su deuda.
No es de extrañar, entonces, que sintieran «gran temor» cuando la gloria del Señor los rodeó de resplandor (Lc. 2:9). Probablemente estaban acostumbrados a las malas noticias. Por eso, el anuncio del ángel fue tan radical: en medio de todo ese peso, les llegó la noticia de que había nacido un Salvador. Un rayo de luz, de esperanza y de expectación tuvo que haber llenado sus corazones en ese instante.
Esa misma tensión entre el peso de la realidad y la irrupción de la esperanza es la que describe Jesús al leer el libro de Isaías en la sinagoga: «El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año favorable del Señor» (Lc. 4:18-19). Jesús no vino a ofrecer un mensaje de consuelo superficial. Vino a hacer lo que ningún sistema político, ninguna reforma social y ningún esfuerzo humano podía lograr: romper las cadenas del pecado y devolver la vida a quienes estaban espiritualmente muertos.
El pueblo de Dios en tiempos de Jesús tenía oídos, pero no oía; ojos, pero no veía. Sus corazones estaban tan endurecidos que no podían reconocer la esperanza que tenían delante. Y esa misma ceguera puede instalarse en nosotros si no somos intencionales.
¿Es posible celebrar la Navidad completamente ciegos a su significado? Lamentablemente, sí. Podemos adornar la casa, intercambiar regalos, reunirnos con la familia y aun así pasar por alto el centro de todo: el hermoso regalo de esperanza que significa el nacimiento de Cristo, aquel que vino a darnos vida nueva, a liberarnos de la esclavitud del pecado y a regalarnos vida eterna.
Esta realidad se vuelve aún más urgente en tiempos difíciles. Muchos creyentes han expresado que en medio de la adversidad y la incertidumbre no sienten ánimo para celebrar. Sin embargo, son precisamente quienes han creído en Cristo quienes tienen más razones para hacerlo. La Navidad no celebra que todo está bien en el mundo; celebra que hay esperanza en medio de un mundo que no está bien. Celebra que Cristo vino, que salvó, y que un día regresará triunfante a restaurar todo lo que el pecado destruyó.
Nosotros, los que hemos creído en Cristo, deberíamos ser los que tuviéramos más ánimo para celebrar la Navidad, porque celebramos que hay esperanza.
La Navidad no es solo una fecha en el calendario; es una declaración de fe. Cada elemento de esta celebración puede recordarnos que Cristo nuestro Salvador vive y reina, que su nacimiento no fue el principio de una historia que quedó inconclusa, sino el primer acto de la redención más grande que el mundo haya conocido.
Por eso, la respuesta correcta ante las buenas nuevas no es solo recibirlas en silencio, sino contagiar a otros con ese gozo y esa esperanza. Que quienes nos rodean —creyentes o no— vean en nuestra celebración algo diferente: no la euforia vacía de la temporada, sino la alegría profunda y arraigada de quienes saben que tienen un Salvador. Celébralo, proclámalo y regocíjate. Que todos conozcan a este hermoso Salvador que vino a traer libertad a los cautivos y a los oprimidos. Feliz Navidad.
Angélica Rivera de Peña es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana y sirve junto a su esposo, el pastor Joel Peña, en el ministerio de Vida Joven. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y posee un certificado en ministerio del Southern Baptist Theological Seminary a través del Seminary Wives Institute. También forma parte del equipo del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con Joel, y juntos tienen dos hijos: Samuel y Abigail.
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