IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Es tentador concluir que Latinoamérica ya ha sido evangelizada. Después de todo, misioneros de diversas tradiciones han hecho presencia en la región por más de ciento cincuenta años, y desde los años sesenta se ha visto un movimiento significativo de plantación de iglesias. Sin embargo, el efecto de «sal y luz» de la iglesia sobre la región ha sido, en el mejor de los casos, muy mínimo. Esto nos obliga a formular una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cuál es el evangelio que Latinoamérica ha escuchado? La situación se ha agravado en años recientes por la profunda penetración del evangelio de la prosperidad en nuestra región.
Es cierto que América Latina ha escuchado hablar del pecado y de la necesidad de arrepentimiento, de una eternidad en el cielo o en el infierno según el juicio final, y de la Biblia como el libro inspirado por Dios. Sin embargo, conocer estos elementos no equivale a conocer el evangelio del que habló Pablo: «Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, les anunciara un evangelio contrario al que les hemos anunciado, sea anatema» (Gál. 1:8). Una versión del evangelio no es el evangelio. Hablar acerca del evangelio no es el evangelio. Mencionar las promesas del evangelio no es el evangelio. Solo el evangelio es poder de Dios para salvación; todo lo demás es el poder del pecado para condenación.
Año tras año, América Latina es estadísticamente más evangélica. Algunos países reportan entre un treinta y un cuarenta por ciento de población evangélica, cifra que ha ascendido desde un cinco o diez por ciento en décadas recientes. Sin embargo, cada año esta misma región es más corrupta, más violenta y más sensual. Los números de crecimiento eclesiástico no se corresponden con una transformación moral visible.
Los ejemplos históricos son elocuentes. En 1982, Guatemala tuvo su primer dictador «evangélico», el general Efraín Ríos Montt, quien tomó el poder mediante un golpe de estado mientras predicaba cada domingo sobre la importancia de la moralidad. Entre 1990 y 1991, veintidós congresistas evangélicos asumieron funciones en Guatemala junto con Jorge Serrano Elías, el primer protestante elegido presidente, quien posteriormente disolvió el Congreso y la Corte Suprema de manera inconstitucional. En Perú, diecisiete congresistas evangélicos respaldaron a Alberto Fujimori, cuya candidatura fue movilizada en gran parte por iglesias evangélicas; Fujimori fue condenado a veinticinco años de prisión en 2009. En Brasil, treinta y tres evangélicos fueron elegidos al Congreso junto con Fernando Collor de Mello, quien fue acusado de corrupción en 1992. Si bien la larga historia de la Iglesia Católica en América Latina no es ejemplar, la historia reciente de la iglesia evangélica en la región tampoco resulta atractiva.
Al examinar los últimos quinientos años de historia, resulta notable cómo la Reforma Protestante pasó prácticamente por alto a Latinoamérica, mientras que la Ilustración sí dejó su huella en la región. Tan temprano como en 1556, Juan Calvino envió desde Ginebra un grupo de catorce pastores y estudiantes de teología a Brasil. La expedición no tuvo fruto: uno de los pastores reportó que algunos de sus propios compañeros se habían unido al libertinaje de los nativos. Poco después, el protestantismo fue prohibido en aquella colonia francesa. España y Portugal, que controlaban la mayor parte del continente, hicieron grandes esfuerzos para mantener el protestantismo fuera de las tierras recién descubiertas, y la Santa Inquisición —establecida en enero de 1569 y activa hasta 1820— ejerció su influencia con terror a través de tres centros en México, Colombia y Perú durante cerca de doscientos cincuenta años.
La fe protestante llegó a América Latina en varias olas entre los años 1800 y la década de 1960. La primera ola consistió en protestantes inmigrantes que, en su mayoría, formaron iglesias para sí mismos sin interés en evangelizar a quienes los rodeaban. La segunda ola, durante la segunda mitad del siglo XIX, fue impulsada por misioneros motivados por los avivamientos en Europa y Estados Unidos, quienes trabajaron principalmente con personas de escasos recursos. La tercera ola llegó con el movimiento fundamentalista, que se apartó de la cultura general y tuvo un impacto limitado. Para 1891, los misioneros habían establecido en América Latina 298 escuelas primarias, 51 instituciones de educación superior, 9 hospitales o dispensarios y 16 imprentas —una infraestructura considerable—, pero los historiadores de la Iglesia latinoamericana concluyen que, a pesar de todos estos esfuerzos, las agencias misioneras fallaron en su función principal: evangelizar y convertir al pueblo de América Latina.
Solo el evangelio es el evangelio, y solo el evangelio es poder de Dios para salvación. Todo lo demás es el poder del pecado para condenación.
Para 1950, ningún país latinoamericano superaba el cinco por ciento de población protestante, y en muchos lugares no alcanzaba el dos. Para 2002, la Cooperación Misionera Iberoamericana (COMIBAN) registraba 6.455 misioneros, 134 agencias misioneras, 177 iniciativas eclesiásticas y 30 centros de entrenamiento misionero en la región. Y sin embargo, América Latina sigue siendo entre un setenta y un noventa por ciento católica, según el área. Estos números, por sí solos, explican por qué la región debe ser reevangelizada. La misionera presbiteriana Melinda Rankin, al visitar México a mediados del siglo XIX, expresó que «un cristianismo genuino nunca ha penetrado estas oscuras regiones». Lamentablemente, lo mismo puede decirse de gran parte de América Latina todavía hoy. No basta con más presencia institucional, más escuelas o más estadísticas de membresía. Lo que Latinoamérica necesita, con urgencia, es el evangelio completo, fiel y sin concesiones —el único que tiene poder para transformar vidas y naciones.
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